Blogomaquia

Los nacionalismos en el país de las maravillas (III)

Las noticias se agolpan y acumulan sin dar respiro. Entretanto, la calle, más viva que nunca, está llena de manifestantes: indignados, parados, sindicalistas que reclaman huelga general…, teniendo además de fondo el órdago independentista, propinado por esas poliarquías que polarizan la vida política al grito de "mi pasado es mi futuro" o "mi futuro es mi pasado".

La lógica borrosa del nacionalismo

El nacionalismo, como faro emplazado sobre las atalayas de la diversidad, insiste en proteger la orografía de sus tradiciones antiguas. Pero también en detener las manecillas del reloj de la Historia. Y aunque en este siglo XXI parezca un mito justiciero, el nacionalismo  contiene elementos reaccionarios, amén de peligrosos, pues románticamente no reivindica el mapamundi de la libertad de los individuos, sino que opta por el colectivismo de grupos y comunidades, y defiende, tales son sus delirios de unanimidad, de omnipotencia, los derechos de las Culturas, que no los derechos de hombres y mujeres.

Lejos del buen juicio de Edward Said, el cual solía repetir que "los derechos humanos no son objetos culturales o gramaticales y cuando se  violan son lo más real que podamos encontrar"; lejos de lo que decía este norteamericano de origen palestino; el nacionalismo, por definición, constituye una utopía basada en la "lógica borrosa". Dicho de otra manera. Quienes muestran apego por las esencias del nacionalismo suelen ataviar su fe política con predicados omnicomprensivos, esto es, con enunciados vagos que, por centrífugos, carecen prácticamente de límites y, debido al hecho de que van  asociados megalómanamente a soluciones de un perímetro tan indefinido como amplio, exhiben una retórica prometedora, prometeica inclusive. Pero, a la vez, imprecisa, difusa y, en consecuencia, alejada de los datos concretos de la experiencia.

Por eso, en argot nacionalista jamás se habla de estado de derecho, jamás se insiste en ampliar la libertad individual y, mucho menos aún, en solucionar los problemas reales que aquejan y ahogan a las personas que soportan verdaderos problemas. Con tinta de calamar los adalides del nacionalismo callan la mala gestión de su clase política local. E igualmente, con dolores de metafísica y anacrónicos falangismos ideológicos, silencian la pésima administración de la Res Pública autonómica llevada a cabo por políticos del lugar. De este modo, el reclamo independentista "causa el mismo efecto que el del  millonario francés Bernard Arnault, el dueño de Louis Vuitton, que cuando vio que iban a hacer una reforma fiscal que afectaba a sus intereses económicos, fue al Elíseo para que le hicieran una excepción fiscal. Vamos, para que le dieran un pacto fiscal. Como el Elíseo no se lo dio, entonces dijo que ya no quería ser francés, que se haría belga. La manifestación de Catalunya sonaba a eso", señala el filósofo Fernando Savater.

"Nos" somos el pueblo

Estando históricamente muy próxima aún la dictadura de Francisco Franco y conocidos los muchos vicios y abusos sin fin que generó el nacionalismo de este militar, no entendemos que algunos aireen hasta el éxtasis, hasta la enajenación, la bandera del nacionalismo. Con tal arrobamiento no reparan en el daño que han causado la endogamia y corrupción de nuestra clase política, artífice en muchos casos de la fuga de empresas. Sin embargo, y en lugar de hacer política, los cabecillas nacionalistas alientan el espejismo de la comunión mística, del "Nos" somos el pueblo.

Que hay padres y madres que quieren educar a sus hijos en otra lengua que no sea la autonómica, no podrán. El "Nos" somos el pueblo se lo prohibirá. Que sería deseable  rebajar el precio de los peajes de esa enorme telaraña de autopistas que vacía el bolsillo del ciudadano de a pie, el "Nos" somos el pueblo no lo permitirá, ya que hay que proteger los intereses económicos de la élite que, a su vez, controla en monopolio los grandes holdings financieros. Y no solo eso.  Que la tasa de paro va a rozar en 2013 los 6.000.000 disparándose el desempleo en Cataluña igual o peor que en otras comunidades, "Nos" somos el pueblo omitirá estos datos enojosos, pues lo trascendental es que "en Cataluña, no se ha producido un proceso así en los últimos 300 años", de búsqueda de la independencia, dixit Artur Mas.

Que hay muchas bocas nacionalistas (periodistas, intelectuales, profesores, sindicalistas…) que alimentar, incluidas aquéllas que viven de los ruinosísimos seis canales televisivos autonómicos, no hay problema, la pobreza se socializa, como siempre se ha venido haciendo entre los que menos tienen. Al fin y al cabo, éstos son parias procedentes de otras regiones de España y, como charnegos, manchan con sus extraños ruidos bucales la pureza de la santa lengua catalana. Por otra parte, y como se mantienen las oficinas en el extranjero de las soi-disantes embajadas catalanas, resulta que, para compensar los gastos de esa economía que será una de las más sanas del mundo a partir del día "D" independentista según pregonan algunos, pasarán las cosas que pasan ahora y que sufren estos dos ancianos catalanes, Sigfrido y Trinidad, y no son los únicos, a los que se les ha obligado a devolver a la Generalitat la pensión de 104 euros al mes pese a que viven en condiciones de pobreza. ¡Todo sea por el bien de la patria catalana, caramba!

Ítem más. Que los niños cuyos padres apenas llegan a final de mes deben pagar tres euros por el hecho de llevar el bocata al cole, "Nos" somos el pueblo inventamos este hermoso impuesto por el bien áureo de la colectividad. Al fin y al cabo, y como decía el protonacionalista Sièyes, "el poder viene de arriba, la confianza de abajo". Y si a los reclusos de las cárceles catalanas se les retira comida y si a la ciudadanía, sobre todo de menor poder adquisitivo, se le obliga a cofinanciar la sanidad pública, en estas y otras prácticas no existen riesgos de colusión o mal servicio a la comunidad, como tampoco existen cuando "Nos" somos el pueblo -¿¿¿pero de qué “pueblo” hablan???-  legaliza el fabuloso dispendio de aumentar en Cataluña nada menos que hasta junio de 2012 el número de empleados en 50.000, y con la que está cayendo.

Así que visto lo visto, podemos afirmar que a los caudillos nacionalistas (junto con los escapistas o independentistas de la realidad cotidiana) les ocurre lo que les sucedía a uno de los personajes de Los hermanos Karamázov (1880) de Fiódor Dostoyevski: "Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. [… Y] cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad".


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