Blogomaquia

Las locuras de Teresa de Jesús

"¿No habéis oído que es peor ladrón el que está dentro de casa?", llegó a escribir Teresa de Jesús en sus Confesiones (14, 1). La frase desempolva una verdad del tamaño de un templo cuando el verdadero enemigo, ese que saquea lo que no es suyo, está a nuestro lado aprovechando el afecto que por ingenuidad o, quizá, irresponsabilidad le profesamos. Y es que en estas siegas en que prosperan sinvergüenzas, y los ideales sobre el bien y del mal parecen haber abandonado este mundo, el recuerdo de una mujer cabal, portentosa y, sobre todo, éticamente coherente sirve si no de recuerdo, sí de inspiración.

Se llamaba Teresa de Cepeda y Ahumada. Nacía un 28 de marzo del año de 1515 en la ciudad de Ávila. La experiencia de infinitud y universalidad que siempre acompañó a esta castellana procedía de la ventana, grandísima, del valle Amblés por la que cada mañana solía mirar para atrapar con sus dedos el horizonte. Y, como si el cielo la abrigara e incluso tuteara, la cercanía de la lejanía penetró en sus entrañas encendiendo en ella y, desde niña, el fuego de la inquietud, las hambres de perfección.

Sabedora de que no pertenecía a nadie, salvo a su señor Dios, buscó el afán de superación en la exclusión del lujo, en la negación de los excesos, en la innecesariedad de lo superfluo. Lo cual tiene su enjundia porque la carmelita Teresade Ahumada, luego llamada Madre Teresade Jesús, provenía de una familia de 12 hermanos, de posición y dinero, y hubo una época en que era, dice ella, "enemiguísima de ser monja", y dedicaba "mucho cuidado de manos y cabello, y olores y todas las vanidades que en esto podía tener".

El nacimiento de los especuladores

En los viajes de los busca fortunas a Sevilla, Flandes, Amberes y, por supuesto, a los vastos territorios de la América recién hallada..., la abulense observa cómo la fiebre del oro empieza a empañarlo todo. A lo largo del Quinientos se fragua la aparición del capitalismo en Europa,pero no dentro del Imperio de España, ya que de los inmigrantes españoles arrancará el modelo del especulador, que no se ensucia las manos en trabajar y carece de iniciativas.

A contracorriente, y desafiando la relajación de las normas morales, Teresa elige desoír las tentaciones, en alza, de pompa y boato. Y se encuentra ante sus propias narices con que un hermano suyo, venido de ultramar, no quiere ocuparse de las tierras bajo el argumento de que si en las Indias había sido señor, en España no iba a ser menos convirtiéndose en agricultor.

Ante el ansia desbocada por hacerse rico, el interés no radica, según esta doctora de la Iglesia, en multiplicar intereses terrenales a costa de inmoralidades y poniendo en riesgo la salud del alma. El objetivo vital, y profundamente cristiano, radica en alcanzar una vida moralmente “buena" sin eludir nunca el trabajo y el esfuerzo diarios, una vida que, además, concilie el bien y la justicia.

Manos a la obra

Teresa de Jesús, por el hecho de que diverge del materialismo imperante, propone para el ser humano, hombre o mujer, no importa cuna o precedencia, alimentarse de la pasión universal del amor. El imperativo de perfección, constituye, en su opinión, el medio de humanizarse, de explorar las vías infinitamente abiertas de mejora y superación moral.

Malquista por aspirar a reformar la Iglesia -¿ella es otro Martín Lutero?- y enemistada por no ocultar la ambición de eliminar las causas de podredumbre presentes en la cristiandad -"como veo las grandes necesidades de la Iglesia, éstas me afligen tanto que me parecen cosa de burla tener por otra cosa pena", escribía en Cuentas de conciencia (3, 7)-, la religiosa se impuso llevar a cabo una reforma, la de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, a partir de la humildad, la oración y el trabajo diario, obra misionera, la suya, dirigida no a los territorios amerindios, pero sí dentro de la propia España, obra en la que colaboró su "medio fraile", como ella llamaba al esmirriadillo y pequeñajo Juan de la Cruz, otro abulense que, igual que Teresa, traduce en escritura fina los tonos de una elevada espiritualidad mística.

Muchos fueron los desprecios y humillaciones que padeció esta insigne fémina que se peleaba con el mundo. De ella se predicaba que no era propiamente hembra, sino "mujer barbuda" debido a su viril y no subalterna conducta. Dotada de un arrojo extraordinario y de una fe en la individualidad inauditos, la lucha que tuvo que desplegar fue de titanes: "Para caer había muchos amigos que me ayudasen; para levantarme hallábame tan sola que ahora me espanto cómo no me estaba siempre caída, y alabo la misericordia de Dios que era sólo el que me daba la mano" (Libro de la Vida, 7, 22).

La fuerza que acompañaba a Teresa queda manifiesta en sus Cartas, casi 500, y en su trato con las figuras más importantes del XVI. Mantuvo la monja correspondencia con el emperador español Felipe II, relación con San Francisco de Borja, San Luis de Beltrán, San  Juan de la Cruz, San Pedro de Alcántara, San Francisco de Borja, Fray Luis de León, Fray Juan de Ávila, el Padre Suárez, Domingo Báñez, Vicente Barón, Juan Bautista Rubeo... Y con el Inquisidor General Quiroga, entre otros. Hasta había discutido con los jesuitas. Pero, Teresa de Jesúsrecurre en su autodefensa al principio de igualdad esgrimido por Pablo de Tarso en la Epístola a los gálatas (3:28): "Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús".

El peso de la censura

A Teresa le irrita que no le dejen trabajar, que le impidan ocuparse de sus labores cotidianas. Le enfada que le entorpezcan el ritmo de sus hazanas con la rueca y el hilo. Se queja la Santa de que le obligan a desnudar los recovecos de su alma a través de la carga, pesadísima, de la escritura. Su carácter, abierto y franco, culto y, al mismo tiempo, libre de adornos, producía recelos, en idéntica proporción a las sospechas que levantaban sus deseos de corregir la condición humana. En esa desconfianza colaboraba el que ella no fuera hombre, aunque asimismo coadyuvó la ascendencia hebrea de la familia de Teresa de Jesús, orígenes conversos que destaparía Américo Castro en Teresa la santa y otros ensayos (1929) y que explicarían por qué la Inquisición en pleno Renacimiento escudriña milímetro a milímetro cada una de las palabras teresianas, escasamente compatibles con el ánimo de la Contrarreforma y la burocratización de la religión.

Por miedo a la Inquisición y a instancias de Pedro Yanguas, Teresa de Jesús quemaría el original de sus Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares(c. 1566-1567). Sus libros fueron una especie de penitencia, impuesta por la autoridad de sus confesores que, entre expectantes y asombrados, necesitaban analizar las singularidades de esta cristiana tan atípica para, a su vez, comprender y diagnosticar si era conforme a las reglas de la fe la locura de Teresa por ser sincera e independiente cuando habla de Dios y detalla sus arrebatos, abrasadores, de amor divino.

Esta patrona de los escritores halla en el convento la libertad que, fuera de sus moradas, a duras penas consiguió. Murió la noche del 4 de octubre del annus Domini de 1582, el día en que la fecha de su óbito pasó a ser el 15 de octubre al ser sustituido el viejo calendario juliano por el calendario gregoriano. Jamás vio, en vida, publicada ninguna de sus obras que de manera póstuma encontrarían su primera edición española en 1588.

El actual papa Francisco ha decidido celebrar, a partir de este 15 de octubre, el Año Jubilar Teresiano con el fin de conmemorar el V Centenario del nacimiento de la inquieta y andariega Santa Teresa de Jesús. Lo cual es un buen motivo para vigorizar el mensaje de ayuda al prójimo, abrir las puertas del sacerdocio a las mujeres y, sobre todo, poner fin a conductas indignas de la Iglesia con sus prácticas pedófilas, negocios turbios. Y su querencia por los movimientos nacionalistas.


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