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El lector es más que un consumidor

Hace unos días se inauguró la Feria del Libro de Madrid, un evento de gran importancia. Y recalco la palabra "importancia" porque a los hijos de Gutenberg aún se nos permite ampliar, enriquecer el horizonte de nuestro pequeño paraje. Y todo a través de la lectura de 80.000 títulos, guarismo mágico que resume en total el número de obras que al año se editan en España. Pero, ¿se lee tanto en este país?

Tipos de lector: el lector ideal, el virtual, el picaflor...

En principio, lectores reales y potenciales somos todos. Otra cosa muy distinta es la forma de leer ya que, con independencia de cómo se presente un libro: en papel o en formato electrónico, existen, pienso, tantos tipos de lectura como posiblemente individuos hay. Ni que decir tiene que el ideal es el lector activo, curioso y competente, o sea, independiente y crítico que, por sus ganas de saber, busca en la lectura placer, entretenimiento y emoción, además de ser capaz de desdoblarse y analizar el texto y saborear la calidad del relato y detectar el nivel de esfuerzo del escrito, así como el grado de originalidad del mismo. Y es que el lector ideal retrata a la persona inteligente que entre las letras dibujadas encuentra paisajes, explícitos y no, que le sirven para (re) construir, (re) conocer, asimilar y entender el mundo en el que vive o, quizá, nunca ha vivido.

Luego está el no lector que se las da de lector.  En este grupo destaca el escudero, especie protegida que pulula por los pasillos de la Universidad y que se pasea con el brazo doblado y pegado al pecho, sujetando buen número de libros recién adquiridos, casi siempre "últimas novedades". El modo fiero y orgulloso con que los agarra no es signo de  sabiduría, pero sí fuente continua de prestigio social, toda vez que el susodicho se empeña en exhibir ante el público el dato de que conoce los recovecos del mundo editorial y de que le interesa, como al que más en el mundo, los textos que se publican desde modernísimas y alejadas atalayas culturales. Otra cosa es que, fuera de estos actos de narcisismo, en la intimidad llegue a leer esas obras que empuña aguerridamente cual escudo nobiliario y de las que alardea frente a los demás con solícita superioridad.

También, claro está, existe el lector aparente y no real, es decir, el lector virtual que, sin hacer aspavientos de cara a la galería, se las promete feliz y jubiloso en el festín goliardesco de los muchos títulos que adquiere, atesora y mantiene cerca de sí. Reunidos con cariño y enorme interés bibliófilo, en sus colecciones suelen aparecer inclusive ensayos de Filosofía que, a pesar de las novenas y plegarias destinadas a obtener el coraje necesario para leerlos, apenas los (h) ojea, sobre todo después de haberlos ordenado con estético ceremonial en el ataúd de sus estanterías.

Tampoco olvidemos al lector mirón o picaflorque, con la misma inconstancia con que abre un libro, lo relega y olvida. Poco valor tiene que en situaciones idénticas vuelva a caer en el bucle de este mismo ritual. Lo fundamental es que en su movimiento pendular husmea entre las letras de imprenta para, al final, ganado por la inconstancia o la fatiga, no terminar la lectura de ningún libro. Digámoslo también: este tipo de lector en ocasiones es confundido con el lector insaciable al que siempre le saben a poco sus lecturas y que, por sus muchas prisas, se dedica a leer entre líneas y saltarse páginas enteras y surcar diagonalmente párrafos y más párrafos con el deseo de avanzar como saltamontes entre la espesura de la narración y, así, buscar y rebuscar algo llamativo entre las frondas de tantos libros aireados. Naturalmente, por qué no comentarlo, dentro de esta categoría sobresalen los dulzaineros, o sea, aquéllos que siempre memorizan una frase de autor que te espetan a la cara en medio de cualquier conversación y sin que la melodía venga a cuento.

Para no ser injusta debo recordar a la persona perseverante que, antes incluso de iniciar la lectura de una obra  recomendada por el mundo-business del espectáculo literario, ya ha decidido que la leerá de rabo a cabo. Que no hay ritmo ni poética ni "na" en la secuencia de las palabras, que el contenido del libro es un bluf, no problem. El libro lo leerá porque está de moda y el autor o autora es un cometa que refulge no por sí, sino por el tirón mediático que ha conseguido. 

¡Ah!, y cómo no, hay quienes leen a la fuerza y suelen ir a rebufo de los acontecimientos porque en la nota del curso les va el futuro. Yo, les diré, pertenecía a ese grupo de personas ágrafas y perezosas, hasta que  gracias a mi profesor de Lengua, J. A. Pérez Bowie, mis ojos descubrieron Tiempo de silencio, una novela del escritor y psiquiatra español Luis Martín-Santos. Y desde entonces todo cambió para mí.

¿Moraleja?

El libro (que no existe si no es leído) proporciona experiencias y aventuras, a veces más excitantes que la vida misma. Y al enriquecernos, aumenta la necesidad de leer. Por eso, aunque compremos más libros de los que leamos, de vez en cuando es bueno enfrascarse en la lectura de esas obras que nos esperan y más cuando en el libro sólo manda el lector o, mejor, el libro habla y dice algo si somos capaces de darle vida. El lector, en consecuencia, es mucho más que un mero consumidor.


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