Blogomaquia

Un imbécil en su mesa

Los exabruptos están demasiado presentes en el ámbito político. Quizá ello se deba a que la política es el arte de la guerra sublimado por la vía del lenguaje, o, quién sabe, puede que las ráfagas de insultos simplemente obedezcan al hecho de que la ironía, el desprecio y, claro está, los mordiscos verbales más hirientes han formado parte de la vida humana desde tiempos inmemoriales, pues inclusive la civilizada “risa” no oculta en su origen el gesto intimidatorio, agresivo y, en suma, nada amigable de enseñar los dientes. 

Detalles curiosos

Nos quedan bastante lejos las invectivas formidables, aunque despiadadas, del poeta latino Catulo (c. 86 a.C.-40 d.C.), en cuyos epigramas, fogosos y apasionados, se atrevió a llamar nada menos que al mismísimo Julio César “putón”, “bujarrón” y otras lindezas subidas de tono. Sí, entre filósofos, novelistas, historiadores y científicos se conocen riñas que han acabado en incendios personales, pero Catulos Catulos ha habido a lo largo de la Historia muy pocos. Por el contrario, abundan hasta el infinito los insultos genéricos. 

EdmundBurke reconocía que el acto de renunciar a la condición humana conllevaba el estigma de “ser tratados como bestias”. KarlKraus, desde su insondable pesimismo, sostenía que la estupidez humana era un acontecimiento “con el que no hay terremoto que pueda medirse”. Y para MarshallMcLuhan las señales de indignación moral no constituían más que “la típica estrategia con que el idiota se dota de dignidad”. 

Leído este florilegio, veo que nos han llamado “bestias”, “estúpidos”, incluso “idiotas”, según en qué situaciones. Yo, le anticipo, prefiero el término “imbécil”. Me gusta mucho más. ¿El porqué? La voz “imbécil” resulta ajustada a la hora de describir los síntomas de ingobernabilidad, de descomposición democrática, de corrupción en que se halla instalada la mayoría de la clase política de este y otros países.

“Imbécil”

La RAE aplica esta palabra a los sujetos que no van sobrados de luces. Sin negar el valor de esta afirmación que tanto predicamento tiene dentro del lenguaje coloquial, yo elijo no obstante otra definición y me centro en la etimología de “imbécil” que alude con claridad meridiana a quien carece de “baculum”. Y este instrumento, el “baculum” o bastón, no es sino la herramienta imprescindible que sostiene y da coherencia a nuestros razonamientos. 

Por tanto, imbéciles son aquellas personas que, en sus actos o por decisión particular, han resuelto acomodarse al ambiente, en medio de la tonta riqueza, eso sí, tras menguar previamente los cabos de su inteligencia. Y despreciar la razón o baculum.Dicho de otra manera: cuando alguien encuentra un Jaguar en su garaje -como si todos los días cayera del cielo tal clase de adminículo-no pregunta a su cónyuge sobre el motivo de la adquisición de ese coche. Es más, cuando determinados políticos reciben sobres con dinero, se ponen, manda la circunstancia, a mirar para poniente. Y sin evacuar denuncia alguna contra esta u otras irregularidades. 

Y no solo eso. Cuando no pocos comprueban que sus haciendas proceden de la quiebra de las cajas de ahorro, que es igual que decir que sus fortunas proceden del empobrecimiento de millones de ciudadanos, zas… se suben el sueldo por solidaridad a su ruinosa y estresante gestión. Que descubren, por otro lado, que el patrimonio de un “no cualesquiera” está guardado de modo ilegal en Suiza, no se espante Vd. al oír a los imputados aseverar desconocer la causa por la que la entidad helvética posee su peculio y datos fiscales. 

Ítem más. Cuando miembros del Ministerio de Hacienda tratan de borrar los rastros de responsabilidad jurídica de alguien archidistinguido y adoptan un rol extravagantemente freudiano… van y argumentan que la firma de decenas de facturas falsas derivó de un acto de (¿real?) “inconsciencia”. Ergo, se concluye, estamos ante gestores “innobles” y asimismo ante representantes políticos “innobles”, o sea, ante individuos e individuas que, encima, nos tratan de imbéciles porque, lo explicaba Henry Monnier al inicio de su obra La religión de los imbéciles(1861), “la bestia humana empequeñece todo, incluso aquello que cree respetar”. 

“El sistema era así. Todos hemos pecado” (30-XII-1994)

En las sociedades preestatales, los miembros de la familia “biológica” son quienes ocupan puestos de decisión. Otro tanto sucede dentro de los Estados intervenidos por dictaduras, al haber una minoría que transfiere el control monopolista de la política a los representantes de su familia “ideológica”. En contraste a estos escenarios “cerrados”, en los Estados democráticos, el sistema de accesibilidad a los cargos ha regalado la ficción “liberal” de que apenas existe corporativismo. Nada más falso, pues la conquista “legal”, por votación, del poder siempre entraña el control de los propios candidatos nominados, amén del sobrecontrol de cualquier zona de influencia, en cuyos compartimentos, opacos, se mueven camarillas, grupos y adherentes. Y esto es y será incambiable. Lo que explica por qué también en las democracias abundan casos de corrupción, hasta el límite de confesar aquel histórico político Bettino Craxi, ahogándose en las denuncias de corrupción, que “el sistema era así. [Que] todos hemos pecado”.

En esta piel de toro, los políticos de la Transición aceptaron por brújula diluir la feroz oligarquía franquista multiplicando en número exponencial el tamaño de las autoridades regionales. No se contó, aprobada la Constitución, con que esas nuevas oligarquías iban a ser, a su vez, tremendamente poderosas. Tampoco se procuró asociar la búsqueda de la descentralización con la apertura democrática de los canales de participación, con la eficiencia de la administración y... con la calidad de la libertad ciudadana. El milagro de la democracia española, tan aplaudida dentro y fuera de sus fronteras, residió (y reside)  en esas redes burocráticas “exclusivistas” que pese a sus incalculables errores, y a pesar del asco, desconfianza y enorme pobreza moral y económica que generan, sobreviven gracias al demérito de integrar en sus filas a mansos y dúctiles sirvientes de librea.

Un imbécil en su bolsillo

De nuestros impuestos, es decir, de nuestro bolsillo lleva comiendo, durante decenios, un enorme ejército de personas que con tal de defender a los suyos, y sin reparar en el bien general, caen en el pozo de la odiosa servidumbre canina. Por supuesto, no me refiero solo a las mecánicas de sumisión obligada que idiotizan a partidos políticos e incontables organizaciones metapolíticas, y bajo cuyo perímetro alado reposan, cómo no, las élites sindicales y periodísticas. Me refiero a la paradoja de vivir malos tiempos debido al largo desgobierno de los gobiernos (autonómicos y no autonómicos) que, por despotismo antiilustrado, no aspiran a ser verdaderamente democráticos porque, además, la mentira, alimento idóneo para mentes sin “baculum”, legitima el nivel de corrupción de los espacios “privado” y “público”. 

En fin, este es el espacio calderoniano de nuestras desgracias, aunque el asunto, al que enjundia no le falta, se repite desde antaño. El filósofo Platón, en el libro II de su diálogo República (s. IV a. C.), justificó de forma nada decorosa que “es a los magistrados y no a ningún otro a quienes corresponde mentir engañando al enemigo o al ciudadano por el bien de la República”. ¡Será eso entonces!


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