Blogomaquia

De las habas de Pitágoras a las del Roscón de Reyes

En los orígenes de nuestra civilización occidental descubrimos que el viejo Pitágoras (c. s. VI a. C.) se oponía a la ingesta del haba. ¿La razón? Este monje matemático creía que esta semilla personificaba el embrión humano y, por tanto, que su alimento era, por ser muestra de canibalismo, una afrenta contra la vida de las personas. Como sabemos, y por motivos muy distintos a los esgrimidos por la secta de los pitagóricos, las habas estarán presentes en platos, tartas y dulces, debido al predominio imparable de la tradición romana. Es más, por influencia de los romanos nuestro famoso Roscón de Reyes incorpora aún durante estas fiestas cristianas el fruto seco del haba, además de otras delicias culinarias. Lo cual demuestra que los cambios en fogones y cocinas suelen permanecer ligados a fuertes factores culturales. La prueba de ello es lo que sucedió en Wainatu.

Antes de la llegada de los europeos, y desde la inmensidad del Océano Pacífico, los habitantes de Wainatu practicaban el canibalismo. Pese a que la memoria de esta práctica se perdía entre las brumas del pasado, con la presencia de militares, religiosos y políticos, los aborígenes tuvieron que cambiar, no obstante, de hábitos nutritivos y postergar sine die la antropofagia. Sin embargo, a pesar del peso de la colonización, algo inquietante y extraño ocurría en Wainatu: de los estantes de las tiendas desaparecían envases de alimentación en cuya etiqueta aparecía retratado un niño sano y alegre. Y es que, al igual que nosotros compramos latas de sardinas o de espárragos orientados visualmente por la imagen de tales productos, de la misma forma los isleños de Wainatu siempre adquirían tarros de nutrición infantil guiados por la cara del resplandeciente niño.

Desde luego, en nuestra cultura jamás consideramos que un alimento decorado con una foto de bebé llegue a contener su carne. Y no pensamos de ese modo porque nuestras normas sociales niegan, rechazan y castigan sin equívocos ni miramientos la antropofagia. El principio de identidad (imagen de sardinas = sardinas, imagen de espárragos = espárragos, etc.,) nunca funciona consiguientemente en el momento en el que entramos en el terreno de lo censurable, en el entramado prohibido del “tabú”.

¿Y todo esto que demuestra? Pues que el ser humano, desde que es tal, ha necesitado representar sus ideas y valores a través de alimentos y cocciones o, lo que es igual, que siempre ha precisado valerse de imágenes para dar forma y sentido al mundo en el que vive. Así que desde las pinturas rupestres de Altamira hasta las imágenes virtuales en 3D, nosotros, los humanos somos hacedores de imágenes. Y por serlo jugamos con ellas y nos movemos con ellas. Es más, cocinamos y aderezamos imágenes hasta el límite, lo dice espléndidamente el escritor argentino Abel Posse, de que <<somos artificio desde que nos separamos del mono. No somos la historia de una naturalidad, sino la aventura (condenada seguramente) de una raza artificiosa. Hecha de sílex, fuego, rueda, avión, cohete espacial, bomba de hidrógeno>>. Y Roscón de Reyes, entre otras muchísimas cosas.


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