Blogomaquia

Todo gratis, por qué no

Tenemos unaforma, un tanto irreflexiva, de asumir tareas aparentemente inocentes, pero que repercuten, sin embargo, en la destrucción de puestos de trabajo. Y no me refiero al hecho, relativamente reciente, de que entidades bancarias e industrias del sector periodístico se hayan convertido en fieros competidos de librerías y tiendas del hogar al regalar, con tal de captar clientes, libros, coleccionables y demás utensilios domésticos (televisiones vajillas, cafeteras, cuberterías…). Me refiero también al modo silencioso en que desaparecen, apenas sin dejar rastro, puestos laborales desde el momento en que aceptamos realizar la parte alícuota de la actividad.

¿Y qué sentido tiene que haya empleados si entre todos cabe hacer su trabajo? ¿Precisamos acaso de personas que apunten datos de los contadores de gas y agua si cada vecino escribe, en un pispás, su cifra de gasto sobre un estadillo? Por otra parte, ¿resultan de verdad necesarios los operadores de las cajas registradoras de supermercados y grandes superficies cuando el consumidor, él mismo, factura y paga su compra? Otro tanto sucede en gasolineras, cines y demás negocios de masas.

En otros tiempos, de ahí los movimientos luditas, el esfuerzo de las personas era sustituido por el brío de las máquinas. En nuestro tiempo no es solo la tecnología la que suplanta y muchas veces mejora las condiciones de trabajo. También es la propia ciudadanía quien, aunque sea en actos cuantitativamente fugaces, suma una cascada en absoluto anecdótica de comportamientos que conducen al despido y, peor, al carácter superfluo de ciertos empleados, pues incluso en el absurdo hasta admitimos la tarea de empaquetar nuestros regalos de compra.

El mito del buen consumidor

Estos trabajos sin remunerar son moneda en alza que, hay que reconocerlo, generan una brutal competencia desleal. Y pese a que vengan justificados, en unos casos, por las urgencias del propio consumidor y, en otros, por los test de abaratamiento de costes, abaratamiento que repercute, dicen, en la salud monetaria del parroquiano, resulta que este tipo de juegos anda lejos de ser limpio. Y honorable. ¡Con tanta implicación de la ciudadanía en tareas ajenas se produce un goteo continuado de pérdida de riqueza!

Hemos pasado del mito del buen salvaje al mito del buen proletario. Y del mito del buen proletario al mito del buen consumidor

Así hemos pasado del mito del buen salvaje al mito del buen proletario. Y del mito del buen proletario al mito del buen consumidor. Es decir, hemos arribado a un nuevo mundo con una filosofía peculiar basada en el gratis et amore. Y, en esta carrera absurda y alocada por lograr géneros de costo casi “cero”, el esfuerzo laboral (tanto de los trabajadores que se vuelven potencialmente prescindibles, como del nuestro propio cuando los sustituimos de manera usual) es ninguneado e infravalorado.

Otra cara de la moneda

La afluencia de mercancías y productos “gangas” ha revolucionado, inclusive ha fracturado en Occidente el campo de las relaciones de trabajo, de modo que las plusvalías se obtienen, en primer lugar, con productos mal elaborados y, por ende, obsolescentes. (A menos tiempo invertido, a menos calidad, menos gasto.) En segundo término, también por la vía de reducir las partidas dinerarias que (no) se destinan a sufragar los gastos sociales de los trabajadores. Y, por supuesto, con el desplome del precio de los salarios laborales. Lo cual provoca, como indica Juan Laborda, grandes bolsas de pobreza.

No extraña que la otra cara de la moneda de la filosofía del gratis et amore quede reflejada en esas prisas por adquirir productos de valor prácticamente cero. “Quiero un teléfono última generación sin cargo”, “no compraré ese disco de música, me lo agenciaré gratis”, “jamás leo periódicos de pago”, oigo a menudo.

Puede ocurrir que, igual que vivimos bajo el signo perezoso del horóscopo “Logse” y plan “Bolonia”, la obsesión del barato-barato sea al final la variable que mide el desprecio que sentimos por el trabajo

En definitiva, no es que seamos algo esquiroles y piratas a la vez, es que apreciamos en poco el trabajo. Incluido el trabajo ajeno. ¿Cómo explicar estas inercias? Puede que el trabajo no esté muy de moda en los inicios de este milenio. Es más, puede ocurrir que, igual que vivimos bajo el signo perezoso del horóscopo “Logse” y plan “Bolonia”, la obsesión del barato-barato sea al final la variable que mide el desprecio que sentimos por el trabajo. Ahora bien, si la caza de esa ansiada instantaneidad que exige escaso o ningún desembolso genera la ilusión "señorial" de que los recursos materiales y humanos, tras usar y tirar, son infinitos, lo cual, amén de salvajemente antiecológico, es un auténtico suicidio cultural, en una relación directamente proporcional el trabajo de no pagar por el trabajo ajeno constituye, nos guste o no, el trabajo de arruinar trabajos.

Y ahí estamos, en esta Babel, desde hace tiempo. Quizás por eso, lo observó de forma muy atinada el filósofo español Gustavo Bueno, en 2003 el presidente comunista de la República Popular China, Jiang Zamin, ya situaba, cuánta paradoja, el futuro de Europa en el interior de un gran parque “temático y museístico”, frente a EE UU, “reserva científica y tecnológica”, y China como “gran fábrica de la humanidad”, sentenció Jiang Zamin. Total, nada.


Fotografía: Chensiyuan. Panorámica de la ciudad de Guangzhou al anochecer.


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