Blogomaquia

El gran desafío del s. XXI

A partir de la victoria del parlamentarismo moderno la inmunidad de los miembros de la clase política quedó rebajada. Y con la llegada de los novi homini, o sea, de advenedizos y extraños que accedían a los puestos más altos del Estado, se tuvo la impresión de que la inviolabilidad de las antiguas élites nobiliarias parecía haber encontrado su fin natural. La expansión, en plena Edad Contemporánea, del modelo liberal democrático ha continuado tales inercias, aunque de modo negativo ha acrecentado la ficción de que todo individuo puede formar parte de la clase gobernante. Lo cual es absurdo, amén de matemáticamente imposible, pues ni siquiera con la nivelación igualitaria “obligatoria” en los países social-comunistas se ha conseguido eliminar la presencia de élites todopoderosas. Y es que en cualquier régimen político, sea cual sea su color o estructura, siempre sobreviven las élites. Y las hay y habrá asimismo en el futuro, dado que el número de cargos a ocupar dentro de la administración pública es, y no hay vuelta de hoja, inversamente proporcional al total de ciudadanos.

Dejando a un lado los ritos que atavían el Grial de la democracia parlamentaria de nuestros días, quiero recordar un dato que hace tiempo apuntó René Guénon. Este orientalista francés en La crisis del mundo moderno(1927) afirmaba que la verdadera élite y su existencia son radicalmente incompatibles con la concepción “igualitaria” de la democracia ya que, decía Guénon, si “un individuo cualquiera vale lo que cualquier otro porque son numéricamente iguales […], jamás pueden serlo más que numéricamente”. Esta perspectiva, poco tranquilizadora a mi entender, ¿favorece, pregunto, el hecho de que las élites (políticas y financieras) puedan sentirse distintas al común de los mortales hasta el extremo de creer que les es lícito moverse en los márgenes de la desobediencia sin respetar, por tanto, los preceptos igualitarios de la ley?

Contra la corrupción

En épocas de crisis, cuando vidas y bienes caen junto al Estado del Bienestar; cuando los recortes económicos que sufre la mayoría de la población -que no la persecución a los delincuentes de clase social alta- son patrón y norma; los gobernantes deben en su comportamiento ser ejemplares y ejemplarizantes. Y como los seres humanos somos lo que somos, y no hay otros, mal que nos pese, conviene aplicar la legislación también sobre quienes tienen poder, están cerca del poder y se benefician del poder, porque sin control no hay democracia y sin democracia se escudan y retornan los privilegios de impunidad. Y además el ejercicio del poder gubernamental en tales condiciones se vuelve tiránico y ciego, injusto y arbitrario.

El gran desafío del siglo XXI

Existe un proverbio chino en el que se cuenta que una rana dirigía sus ojos hacia arriba mientras pensaba que lo que observaba desde el fondo de su laguna era la inmensidad de todo el cielo. Pues bien, si desechamos el juego de exclusiones que provoca la partitocracia; si rechazamos el organigrama endogámico del poder (Baltar padre-Baltar hijo, Pujol padre-Pujol hijo, infanta Cristina y esposo, Pepiño Blanco y primo,etc.);si pretendemos escapar del colapso de legitimidad democrática en que vivimos y, de paso, no caer en brazos de odiosos radicalismos ideológicos; si no queremos, en fin, que la democracia quede convertida en una técnica de control de sociedades de masas; si el cielo, en definitiva, es más grande que lo que vemos; resulta necesario reivindicar un demos activo, con mecanismos para alcanzar una democracia realmente abierta y participativa.

Y puesto que ya el mismo Jenofonte (431-354 a. C.) escribía en sus Memorables (IV 6, 12) que “todo el mundo es elegible”, la pluralidad ciudadana no debe percibirse jamás como obstáculo y, menos aún, como riesgo frente a la estabilidad institucional. Antes al contrario, el gran desafío del siglo XXI, las demandas ciudadanas de democratización de la democracia, constituye un bien y, a la vez, una vía que permite la mejora de la res publica, igual que en el pasado la afluencia de los novi homini fue a todas luces un indiscutible avance democrático.


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