Blogomaquia

La ficción de las ideologías

No sé si por su oficio o por su experiencia biográfica el caso es que Samuel Langhorne Clemens solía decir que “la única diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción sea creíble”. Esta opinión tiene su miga, su gracia, pues con este juicio de valor el escritor estadounidense Langhorne Clemens, alias Mark Twain, adscribía al ser humano escasísimas habilidades para discriminar entre el sueño o la imaginación y la realidad, sus hechos y consecuencias. De lo que deduzco que no hay peor ficción que quedarse en los fueros de la ficción y peor nostalgia que añorar lo que nunca existió. Y esto viene a cuento cuando vemos por la geografía española a grupos “progreSí” que andan de manifestación en manifestación a favor de la educación pública mientras callan, al mismo tiempo, los umbrales de lumpenenseñanza que, hasta hace tres meses, promovía y con gran éxito la marca “made in PSOE” en las aulas.

¿Quejándose entonces por el frío que se pasa en las aulas pero no por las burrocracias y hambrunas de conocimiento que llevan durante veintiún años empobreciendo social e intelectualmente a generaciones enteras de alumnas y alumnos de La Pública? Sin duda, por supuesto, claro que sí, ya que la causa de la reivindicación ideológica radica ahora en el tema de la calefacción y no en el hecho banal de que la enseñanza haya sido convertida en un orfanato en donde los que menos poder adquisitivo tienen  devienen por ley “huérfanos” que reciben una enseñanza de mínimos, igual que en otros tiempos a los pobres y niños abandonados se les daba “bodrio”, o sea, ese caldito hecho con sobras de sopa, mendrugos y algún que otro indicio de verdura.

Nubes de caramelo

Parece que no hay cosa mejor que ser refractario a la evidencia y comportarse como hacen esos necios (políticos, agitadores, charlatanes, pedagogos y profesores) ideologizados que dejan atar su mente a nubes de caramelo y a fuerza de contemplar sus ideas olvidan la vida. Sin embargo,  ante este cinismo patológico o  ante esas muestras gigantescas de delirio y ficción, el filósofo Jean-François Revel posiblemente hubiese sacado a colación lo que ya apuntó en sus Memorias (1997): que “el ingenio que gastan los humanos, desde el origen de los tiempos, para inventar o rehabilitar argumentos a favor de errores es mucho mayor que el dedicado a buscar y demostrar verdades”.

Si consagramos todas nuestras fuerzas a enredarnos en la confusión del error, el asunto es grave, muy grave, porque ¿cómo escapar de la parálisis de los sueños? El pensador David Hume era pesimista al respecto. En suInvestigación sobre el entendimiento humano (1748), este escocés señalaba en términos generales que aunque en un momento dado seamos capaces de captar otras evidencias, pronto tendemos a olvidarlas para “volver a nuestra primera opinión”.

Nos convenza o no la explicación –a mi entender muy atinada- de D. Hume, resulta sano, mentalmente muy sano atreverse a romper con el embrujo de las ideologías con el fin de no ser esclavos de las mismas y tampoco de quienes las inventan. De lo contrario, tendrá razón el célebre político, abogado, escritor, científico y filósofo Francis Bacon que decía: “quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no se atreve a pensar es un cobarde”.


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