Blogomaquia

Sin elección

Da ganas de reír ante la fanfarria y la cantidad de tonterías que se inventan los candidatos, convertidos en período electoral en vendedores de humos. Unos, todo por ayudar a los parados, claro, quieren acabar con las fiestas de toros (Aitziber Ibaibarriaga: EH Bildu). Otros desean implantar, con tal de impulsar la prosperidad  vecinal, ferias demercaderías, canjeables por horas de trabajo y moneda catalana (Ada Colau: Podemos). Y si algunos exigen, en busca de un grandísimo mundo feliz, la independencia de, incluso, los pueblos que componen la Franja de Aragón (Oriol Junqueras: ERC), otros apoyan limpiar la ciudad, no se sabe muy bien si de corrupción o emigración (García Albiol: PP), y cuando no, en pos de la utopía matemática, establecer mapamundis domésticos con el número exacto de personas en cada dormitorio del hogar (Antonio Espinosa: Ciudadanos).

Esta enorme casquería de piñones fantasiosos es consecuencia, lo cree Colin Crouch, de esta Posdemocracia en la que vivimos

Esta enorme casquería de piñones fantasiosos es consecuencia, lo cree Colin Crouch, de esta Posdemocracia en la que vivimos. Yo más bien considero que los partidos democráticos, de izquierda y derecha, vacíos de ideario y, por tanto, de ideas, carecen de programas verdaderamente elaborados y…andan a golpe de imaginación y de rap luchando por convertir al votante en parroquiano de productos políticos y, así, esconder su gran ineptitud en el manejo y gobierno de la cosa pública. De ahí, la exuberancia de enunciados populistas que día sí, día también, lanzan al aire. Y mientras una aspirante al Estado autonómico,  Manuela Carmena, sale a la palestra afirmando que “la autoridad, en general, no le interesa nada”, Antonio M. Carmona ofrece combates navales, los líderes de Guanyar Alicante asocian su programa de campaña con el éxtasis del punto G, y el Frente Popular de Judea en Canarias resuelve ilegalizar hasta los calamares a la romana.

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Que los centros de poder se han convertido en cajas de resonancia del mercado electoral queda probado en el hecho de que los partidos políticos no se han resistido a transformarse en empresas abastecedoras de productos para votantes. Y con un consumismo de derechos y servicios ad infinitum, cultura política “de la satisfacción” la llamaba Galbraith, la hipertrofia de demandas está entrañando no pocos peligros. P. e.,que líderes y acólitos patrocinen toda clase de ideas   desde el menosprecio a los costes económicos que conlleva poner en marcha sus proyectos, y desde el desprecio a la pobreza que generan dichos proyectos sobre los miembros de la sociedad, en su práctica mayoría.

Sobre esta huida hacia adelante, sobre este descontrol ha reflexionado Roger Scruton. Este filósofo británico, en Los usos del pesimismo y el peligro de la falsa esperanza (2010), tilda a personas y élites políticas de “optimistas sin escrúpulos", por ser gente peligrosa y arrogante que cree tener la razón siempre de su parte, que no lidia por la idea de bien general, que se aferra a su solución “ideal” y no admite ni críticas ajenas ni acepta sus propios errores de cálculo.

Si dentro de la clase política pululan demasiados “engañadores”, en el electorado hay, mal que pese, no pocos embaucados que pujan por un dirigente ante la posibilidad de disfrutar de ventajas

Naturalmente, si dentro de la clase política pululan demasiados “engañadores”, en el electorado hay, mal que pese, no pocos embaucados que pujan por un dirigente ante la posibilidad de disfrutar (o continuar disfrutando) de ventajas. A esas personas que, en calidad de votantes, son seducidas con falacias y enredos, les digo que es posible que nos quedemos sin democracia al no ser capaces de resistir a los señuelos de quienes poseen o van a poseer el poder. Y es que  con tanto barullo y tanto desconcierto resulta que el mito del votante racional es sólo eso, una ficción que no se ajusta a la realidad, habida cuenta de que aquí y acullá existe un electorado cautivo que durante lustros ha elegido, los datos hablan, a coaliciones políticas corruptas.

La política de la insostenibilidad o de gasto infinito, esa nueva arcadia de nuestro tiempo, me hace recordar algo que fue escrito 2.500 años atrás. Con la lucidez que siempre le caracterizó, Aristófanes describía, muerta la inteligencia, los manejos electorales y revelaba: “solo hay que hacer lo de siempre. Confundirlo todo, como si se preparase un picadillo y hacérselo tragar a la gente a la fuerza, igual que se introduce la masa en la tripa de embutir. Luego se añade un poco de dulce, que es la palabrería de la cocina y así se hace la mezcla más grata al paladar. Lo demás de la sustancia demagógica ya lo tienes […] para la administración del Estado”.[1]

¿En dónde queda, con estas maniobras, el sentido común?, eso es otra historia que parece importar solo a unos cuantos.

Sin elección

Dicen que la democracia constituye el mecanismo que autoriza sucesivos cambios de poder. Dicen así mismo que las elecciones están pensadas no para favorecer y elegir al mejor, sino para someter a los gobernantes a un examen periódico que permita evacuar al que lo haga mal. Quizá por este motivo es por lo que estamos frente a unos comicios de infarto en los que, al menos en teoría, llega la hora de nuevas coaliciones al tiempo que cabe que desaparezca de la escena política el bipartidismo.

Las coaliciones, veteranas y emergentes, no tienen propuestas suficientemente nítidas sobre el bien general. Tampoco están por la labor de optimizar los mecanismos de vigilancia que la democracia lleva incorporados

No obstante, y después de observar cómo improvisan nuestros políticos, reparo en que numerosas coaliciones, veteranas y emergentes, no tienen propuestas suficientemente nítidas sobre el bien general. Tampoco veo que estén por la labor deoptimizar los mecanismos legales de vigilancia que la democracia lleva incorporados, o que muestren intención de instaurar el sistema de listas abiertas y… luchar porque los límites de nuestros representantes públicos sean jurídica y éticamente idénticos a los que se exige al común de la ciudadanía, y eso sin hablar de la necesidad de controlar el suicidio o descontrol financiero en que incurren nuestros nominados que, además, habitan en un estado de gracia, de excepcionalidad por disfrutar de fueros propios y exclusivos.

No dudo de que en este 24 de marzo todo, absolutamente todo puede pasar. Pero eso es muy poco, dado el escaso margen de elección. Y de solución a los problemas, inmensos, de déficit democrático que nos ahoga.

[1] Aristófanes (444 a. C.-385 a. C), Los jinetes, en Comedias, Ediciones Clásicas, Madrid, 2004, p. 127.


Imagen: Sacrificio a Baco (Massimo Stanzione, 1634)


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