Blogomaquia

La educación, ¿éxito o fracaso?

Leo la revista Magisterio de 2 noviembre de 2011 y no doy crédito a lo que leo. Y, de repente, recuerdo que el comediógrafo Aristófanes contaba que Sócrates, por el hecho de no prestar atención a las cosas de este mundo, vivía en las Nubes. Algo muy parecido se puede decir del Sr Gabilondo, Ministro de Educación, cuando acaba de afirmar que el sistema educativo español <<es un éxito>>. Y nos preguntamos: ¿un éxito para quién?, porque el principio pedagógico, convertido en Ley, de podar y podar, de rebajar y más rebajar los contenidos de la enseñanza no favorece a nadie y, menos aún, a los afectados, que son las chicas y chicos de 12 a 16 años que cursan la ESO.

Dicho lo cual, todos sabemos que en educación existen líneas sistemáticas diferentes y, a veces, muy variopintas. No obstante, y a pesar de la gran diversidad de metodologías existentes, éstas al final se cifran en dos: o se tala la montaña con el objetivo ilusorio de que el alumnado, sin realizar ningún esfuerzo, alcance una cima inexistente (España) o, por el contrario, se mantiene la montaña y se exige al discente que la suba, sin menospreciar nunca su trabajo y fuerza de voluntad (Finlandia).

Con la primera opción, la educación se convierte en un dispositivo de ingeniería social que tiende a maquillar los resultados académicos, incluso hasta niveles escandalosos, como ha ocurrido en la autonomía catalana recientemente. Defendiendo, sin embargo, la segunda opción, el objetivo principal reside en procurar que alumnas y alumnos se responsabilicen en el ámbito intelectual y trabajen desde la actitud de aprender y mejorar. Por supuesto, la utopía “Lo(gs)e” se ubica en el discurso del no esfuerzo, en la cultura de la ganga, del todo gratis. La prueba de ello es que los continuos informes PISA colocan a nuestros discentes en la órbita, altamente preocupante, de la inframediocridad. Y no olvidemos que las Pruebas de Evaluación Censal de Diagnóstico que anualmente se llevan a cabo a pie de aula, lejos de ir en otra dirección, redundan en lo mismo o, lo que es igual, apuntan a que los alumnos carecen de cultura general, les cuesta llegar a entender lo que leen, pierden la atención a partir de párrafos de cinco líneas de extensión y, lo que es peor, además de dar señales de analfabetismo funcional, adolecen de los recursos básicos necesarios para la resolución de problemas en Lengua y Matemáticas.

Mi abuela materna solía repetir el refrán de <<obras son amores y no buenas razones>>. En contra de este aforismo tan sensato, la élite socialista corre por otros derroteros y se complace, al modo socrático, en refugiarse en teorías y conceptos para, de paso, desde las alturas del poder, o sea, desde la atalaya de sus nubes, negar hechos, enterrar evidencias y crear simulacros geométricos.¿Así que es progresista que a los que menos tienen se les robe el derecho de disfrutar de una educación de calidad? Para José María Maravall, antiguo Ministro de Educación y alma mater de ese desastre educativo que, con resabios protestantes, se llamó “Reforma”, sí lo es, sí es progresista. De hecho, en su libro El control de los políticos (2003) no oculta que cuanto más bajo es el nivel de educación, mayores son las probabilidades de que un Gobierno socialista sea defendido.

Politizada la educación hasta niveles terribles, la enseñanza en España se mantiene a cualquier precio y corrompiendo todo lo que toca. Por cierto, entre sus efectos se encuentra el que una minoría <<está llamada a utilizar su talento [... mientras] los otros millones de personas deben ser privados de la posibilidad de emplear su cerebro>>. Así, en estos términos tan duros se expresaba Jean Waclaw Makhaiski en su desconocido ensayo El socialismo científico (1900). Sin duda, las declaraciones de este socialista polaco vienen muy a cuento, y más cuando desde la carta de navegación de la Lo(gs)e se perfila la nece(si)dad de convertir los centros de enseñanza en Esparta, o sea, en lugares en los que, como en esa antigua ciudad griega, no hay sitio para futuros poetas, artistas, arquitectos, futuras filósofas, escritoras, científicas… porque, entre otras cosas, se odia, persigue e infravalora el conocimiento.

Con un 28’4% de tasa de abandono escolar y aumentando, y un 46% de paro juvenil, identificar el éxito de un sistema educativo con la perdurabilidad de su modelo ideológico es, cuando menos, una aberración. Y, reconozcámoslo de una vez, quienes toman las decisiones destinadas a mantener y apoyar la ESO no son individuos incultos. Son personas y grupos cosmopolitas que llevan a sus hijos a centros educativos de calidad, al tiempo que para sus no-hijos amordazan la libertad de conocimiento y legalizan la promoción automática en la ESO y permiten al discente con todas las asignaturas suspendidas pasar a cursos superiores e, incluso, otorgan títulos de ESO a quienes no aprueban, y zanjan a la mitad el tramo de bachillerato, tras reducir el trabajo del profesorado a una sucesión infinita de esperpentos y defender que alumnas y alumnos pueden alcanzar todo tipo de destrezas sin haber adquirido conocimientos.

Ni que decir tiene que para construir una educación de calidad los políticos tienen que alejarse del canchal de las ideologías, ya que, de lo contrario, tenderán a confundir educación con politización, a matar la figura del profesor y... a impedir elitistamente la preparación y promoción de los sectores más deprimidos de nuestra sociedad. 


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