Blogomaquia

Los despilfarros de las democracias reales

Iniciándose el siglo XXI nuestro sistema democrático no pasa por sus mejores momentos. Y pese a lo que creemos, persiste aún en el ambiente cierta querencia por las monarquías. P. e., Bush junior tomó el testigo de Bush padre; Cristina Kirchner accede a la corona presidencial de Argentina tras la muerte de su marido, el Presidente Néstor Carlos Kirchner. Por otra parte, el ex ministro de Grecia, Yorgos Papandreu, continúa, para no ser menos, los destinos genealógicos de su abuelo y de su padre. De otro lado, Hillary Clinton aspira, como su esposo Bill Clinton, ex presidente de EE UU, a conducir desde la habitación oval los destinos de la nación norteamericana, mientras que nuestra Ana Botella, primera dama con José María Aznar, va a acceder, si aciertan las encuestas, a la alcaldía de la primera ciudad de España y sin pasar por las urnas. ¿Y Rajoy? ¿Y Rubalcaba? Pues ellos también han sido elegidos por el dedo “real”. Y no por deseo de los votantes.

Ante estos y otros episodios, propios de familias aristocráticas, el filósofo Bruno Leoni, explicaba que las democracias incurren y con demasiada frecuencia en rigidez jurídica, así como en inflexibilidad institucional. Rigidez e inflexibilidad que, no podía ser de otra manera, constriñen el funcionamiento espontáneo de la ciudadanía e impiden el desarrollo de la libertad personal. En sus Lecciones de Filosofía del Derecho (1959), Leoni diría y a las claras: <<hay mucha más legislación, muchas más elecciones rígidas y muchas menos leyes vivas, muchas menos decisiones individuales, muchas menos elecciones libres en todos los sistemas políticos contemporáneos de lo que sería necesario para preservar la libertad individual>>.

A esta situación nada deseable se suma en Occidente otra costumbre “real”, propia de los tiempos del famoso ministro de economía M. Necker. ¿A qué me refiero? Al hecho de que gran parte de los líderes locales que están al frente de diputaciones, de municipios, comarcas, cajas de ahorro y demás puestos del organigrama público suele despilfarrar en gastos suntuarios y acometer locuras administrativas. Pero, en contra de estos excesos Danilo Zolo pone los puntos sobre las íes. Y en su estudio sobre Democracia y complejidad (1992) destapa el abuso que rodea a nuestra clase política cuando, para satisfacer y legitimar su ascenso al poder, se dedica a ofertar ante sus electores promesas no solo políticamente poco viables, sino contrarias incluso a la estabilidad y futuro del propio Estado de bienestar.

Así que, con la crisis económica golpeando nuestras ventanas, vivimos horas de incertidumbre. Y de gran infortunio: ¡¡¡el número de parados ya asciende a cinco millones de personas en España!!! Pero también, y a pesar de este profundo tsunami, somos conscientes de las lacras que desde dentro atenazan al propio sistema democrático. Y tras concienciar que “el rey está desnudo”, la gente de a pie debemos insistir en abandonar esa democracia sustentada sobre viejos resabios monárquicos y exigir mejores canales de participación ciudadana y, por supuesto, reclamar cambios que penalicen la mala gestión política. Y como no es de justicia alimentar a un colectivo minoritario que vive de la política a costa de la mayoría, igual que en los peores tiempos de Fernando VII, por lo mismo tampoco podemos aceptar –y de eso habló el filósofo Norberto Bobbio en El futuro de la democracia (1984)- que los gobernantes adopten decisiones que debiliten la democracia y, tras desterrar el sentido de interés general de la política, se aprovechen de los márgenes de opacidad que existen en torno a las compras y contrataciones del Estado, y saquen beneficios de todo tipo a partir de decisiones privadas, que no públicas, que no publicadas, tomadas al calor de las luchas y presiones de esas redes clientelares tejidas alrededor del poder de las instituciones del Estado.


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