Blogomaquia

La democracia y sus enemigos

Cuando los miembros de una agrupación ascienden a los habitáculos del Estado tienden a exhibir un estilo limitado, restrictivo de hacer política que, antes o después, aligerará los nudos regulatorios destinados al control democrático. Y es que el poder busca poder, principio tautológico por excelencia que nace de esa insaciabilidad que define al PODER en sí mismo.

El Estado, pues, es un castillo a cuyos aposentos se dirige, para instalarse, un ejército de políticos, ávidos de autoridad. Y esa élite, dispuesta a regir los destinos de la vida pública, no es que esté mejor preparada o posea cualidades superiores. No, dicha élite lo es por el hecho de tener a sus espaldas el respaldo de una fuerte maquinaria organizada en torno a los canales del poder. Por tanto, el mito, primero, liberal, luego, anarquista, mito que redunda en la promesa prometeica de que el individuo puede escalar, solo, cualquier tipo de cumbres, se derrumba ante la seguridad de que nadie, ni el más pintado, gana una presidencia nacional o regional sin equipo, sin incondicionales y… sin no pocos apoyos financieros.

Sobre unas estructuras de obediencia a la autoridad, que no al derecho, se ha superpuesto y mal sobrevive el sistema democrático

A esta evidencia se une que el Estado como espacio apto para la opacidad es al mismo tiempo, y sin duda alguna, lugar idóneo para la lucha por la hegemonía, para la lucha de grupos que buscan dominar y no ser dominados gracias a una disposición piramidal del poder basada, a su vez, en rígidos esquemas de movilización “autoritario-vertical”. Ítem más. Sobre unas estructuras de obediencia a la autoridad, que no al derecho, se ha superpuesto y mal sobrevive el sistema democrático.

Refractarios a la democracia

En las paredes de la política suelen plasmarse los errores de buena parte de nuestros representantes, errores, algunos de ellos gruesos y premeditados,  que explicarían el estado de gracia en que aquéllos desean envolverse con el fin de quedar protegidos del incumplimiento de la ley. Deno reconocer el foso que existe entre política y legalidad democrática, de no correlacionar las prácticas de abuso con ese clasismo atrozmente desigualitarista llamado “inmunidad”, persistirá el divorcio entre el bien general y los intereses de partido, divorcio que, negligencia de negligencias, carcome el funcionamiento de la democracia.

Y como el Estado no es el actor de la Historia, sino las personas que se sitúan en él, el poder precisa contrapoderes reales y efectivos que, en caso de no ser usados, coadyuvan a situaciones contra legem. Con lo cual, y al margen de la propaganda que emplean los partidos, de nada sirve componer bellísimos himnos al individuo cuando, en contra de las personas particulares, se renuevan cada día las marañas más estatistas del burocratismo. Y aquellas odas al rencor y victimismo de clase apenas despiertan interés toda vez que sus élites han catapultado en el destierro de la lejanía los problemas reales, no metafísicos, de su electorado. Y quienes desde terruños y comarcas fantasean miles de ofensas hacia sus habitantes y en sus defensas ahogan opresivamente la libertad de la gente, tienen ahora en el horizonte a líderes más populistas que ellos, que celebran políticas cupulares retrógradas como puerta de salvación del Pueblo divino. 

Hoy desde Francia  a Grecia, desde Ucrania a España vivimos bajo el signo de la crisis de la democracia

Igual que ocurrió hace 100 años, hoy desde Francia  a Grecia, desde Ucrania a España vivimos bajo el signo de la crisis de la democracia y el consiguiente descrédito de sus instituciones públicas. Pero no es menos cierto, y siempre que tengo la oportunidad lo apunto, que en este mundo  de imperfección que es la política los problemas de la democracia solo se solucionan con más democracia. Así que la mejora y dignificación de la democracia pasa en Europa por domesticar, rebajar los despotismos de la contramodernidad, por atajar el uso partidista y desvergonzado de las instituciones del Estado.

En pro de la visibilidad

Sabemos que el resultado electoral nunca es ese cheque en blanco “conformado para actuar al margen del interés general”, que el acto de gobernar no es omitir a sectores de la ciudadanía que manifiestan otras opciones políticas. También sabemos que los electores (quepromueven cambios dentro del ajedrez político) no pueden adherirse sine die a una ortodoxia de urna y desoír los defectos y excesos en que incurre su coalición votada, pues eso, en toda regla, es asistencia a la corrupción o, como ha señalado Juan M. Blanco, una de las causas de la muerte de la sociedad civil.

En la lucha de facciones se olvida que el sistema democrático constituye, además de un ideal, una técnica de gobernabilidad diseñada a partir de los beneficios de vigilar a quienes mandan

Por otra parte, en la lucha de facciones se olvida que el sistema democrático constituye, además de un ideal, una técnica de gobernabilidad diseñada a partir de los beneficios de vigilar a quienes mandan. Reparo en este dato ya que cuanto más se empeñen maliciosamente votantes y dirigentes (locales, nacionales o europeos) en asociar la estabilidad del Estado a la supervivencia y felicidad de sus maquinarias de partido, más peligro hay de fusión y confusión entre los intereses generales y los intereses partidistas. Y, por ende, mayor será la indiferencia entre legalidad y grupos políticos, y más cuestionada la representatividad de los líderes que gobiernan. Es más, dados los capítulos preocupantes de baja calidad democrática que presenciamos, peores son los niveles de control del poder y…… ausente es el papel de los órganos de justicia, más imperceptibles los centros de debate y menos valiosos los canales de participación y deliberación de los ciudadanos en consecuencia.

Hay, pues, que enterrar la impenetrabilidad del fortín del Minotauro, a cuya sombra, lejos de la visibilidad, consiguen los hostiles a la democracia volver imprecisas las franjas de transparencia y responsabilidad. Es decir, paramantener y mejorar la democracia no debemos dejarla en manos de sus enemigos, lo recordaba Karl Popper un día como hoy en su ensayo de La Sociedad abierta y sus enemigos (1945), entre otras cosas porque la democracia es una forma obligada de escepticismo cuya marcha exige, para escapar del fanatismo, desacralizar la imagen y los símbolos del poder, así como a sus representantes. Lo cual implica poner bajo vigilancia a quienes directa o indirectamente participan en campo de la democracia. 


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