Blogomaquia

“La contaminación de la maquinaria política”

Inherentes a la democracia son la isonomía y la isegoría, o sea, la igualdad de los ciudadanos ante la Ley y la transparencia en la toma pública de decisiones. Sin embargo, cosas de la debilidad humana, las astucias y engaños también son inseparables del homo democraticus. Y es que no es cuestión de pedir santos y héroes en la cosa pública, pero sí hora de reconocer que sin higiene política solo hay sombras, sin claridad, fraudes y mala praxis.

Observados con lupa algunos de los errores acumulados en estos últimos años, queda claro que el trabajo sobre el ágora apenas ha coincidido con lo que se lidiaba entre bambalinas. Y si Europa vacayendo en la defensa cuartelera de las ideas políticas más reaccionarias al cocinar a fuego lento la sopita de los populismos nacionalistas, en España a las tendencias citadas se suma la corrupción.

Trampas y artimañas

El rumbo de la política viene marcado por la participación de la ciudadanía y, sobre todo, por el modo de emplear los electos las instituciones del Estado. Además, verdad de Perogrullo, en ello confluyen los usos y abusos de algunos de sus protagonistas, en concreto hoy nos referimos al comportamiento servicial de ese electorado que consolida la conducta poco honrosa de los partidos. Sin duda, las multitudes de electores constituyen un factor absolutamente esencial, al menos para engrasar algunos de los movimientos desafortunados de la maquinaria política.

Con esto no afirmo que, en democracia, los niveles de responsabilidad moral recaigan por igual, o sea, al 50% entre representantes y representados. Simplemente lo que quiero decir es que, aunque las ilegalidades del, p. e., Partido Popular Valenciano o Partido Socialista Andaluz son obra directa de quien las comete y ejecuta, el votante llega a hacerse, no obstante, cómplice de tales arbitrariedades desde el momento en que deposita su voto en pro de una coalición política con historial delictivo.

¿Esto significa que quienes optan por la papeleta en blanco o quienes en clave de protesta rehúsan acudir a las urnas son más inteligentes, quizás moralmente superiores? Cabe esta interpretación y más cuando no pocas corporaciones políticas, pese a su gestión salpicada de injusticias y marrullerías, reciben dosis inexplicables de oxígeno gracias al elogio irrestricto de sus votantes. Lo cual sí es una anomalía y muy grave, toda vez que a la espiral “desdemocratizadora” que generan los actos nada ejemplarizantes de las élites se une (no ya el nulo funcionamiento de los sistemas de control y de castigo de políticos deshonestos, sino) el apoyo de sectores complacientes de la ciudadanía que, por apuntalar los excesos de los partidos políticos, son copartícipes, tras haberlos votado, de la prostitución de la idea de “bien público”.

Rómulo y Remo

Con unos gobiernos, nacionales y autonómicos, que ni cambian esas narrativas suyas, caducas, basadas en la confrontación de enemigos “a la carta” ni abandonan, quia, mitos e imaginarios, llámense éstos el sueño nietzscheano de la libertad, la dimensión obrerista del Estado socializante, el dogma inmaculado de la IIª República, la nacionalización trotskista de la política, o la erección de paraísos nacionalistas libres de disidentes; con unos partidos políticos que se erigen maximalistamente a sí mismos “padres de la democracia”; con una ciudadanía, en fin, que confunde “política” con “discurso”, que no pide nunca la cuenta de resultados y………… aún acepta las fronteras ideológicas de aquellos mapas de la primera mitad del siglo XX; digo que nodeja de ser llamativo que los problemas que aquejan a las personas sigan, entre tanto blablablá de metafísica abstrusa, desatendidos, perdidos en los rincones de la vida pública.

Cierto es que las ideologías generan per se polarización e identificación, asunto que ya he explicado en otras ocasiones. Ahora bien, de ahí a ser voluntariamente un cachorro bajo el sedal del lazarillo doctrinal de turno hay un trecho. En cualquier caso, y antes de que nos convirtamos en invitados de piedra, no atino a comprender por qué en los períodos electorales ciertos votantes confunden el Estado de derecho con el partidismo del derecho de Estado; no acabo de entender por qué grupos importantes de la ciudadanía equiparan a través del sufragio la actuación de sus representantes públicos con el derecho de inmunidad al delito.

Lo dicho: como aquella leyenda de Rómulo y Remo, demasiado mítica nuestra democracia fundacional. 


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