Blogomaquia

El asalto a la tolerancia

Cuando un fundamentalista metió en la cárcel a Miguel Servet y decidió llevarlo a la hoguera por sus pensamientos, Sébastien Castellion, un hombre enclenque y de mala salud pero, en humanidad, de tamaño colosal, se alzó frente a Calvino, autor, al fin y a la postre, de la ruina del aragonés. Y un Castellion firme y contra viento y marea no solo denuncia los errores delirantes del poderosísimo líder religioso suizo, sino que en su libro Contra el libelo de Calvino (c. 1554), tan olvidado como igualmente impresionante, escribiría: “matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”.

Lapidar al que causa risa

La publicación de las 12 viñetas sobre Mahoma en el diario danés Jyllands-Postenconllevó, junto al boicot comercial a Dinamarca, un sinfín de manifestaciones, orquestadas en el mundo islámico contra las viñetas… y los autores de las mismas. Otros caricaturistas que incorporaron a Mahoma en un capítulo de la serie animada South Park serían amenazados de muerte, también.

Dibujantes políticos, amén de cientos de periodistas y blogueros árabes, son perseguidos por las propias autoridades que reprimen la libertad de expresión, cuando no, golpeados hasta romperles las manos, fue el caso de Ali Ferzat (Siria), o ahogados en gas tras serles destrozados todos sus huesos, fue el caso de Ahmed Bassiouny (Egipto).

Instaurado en Occidente, en señal de apoyo a la libertad de expresión, el Día de dibujar a Mahoma, la publicación semanal Charlie Hebdo buscaba en la ironía de sus dibujos, en la parodia, la carcajada del lector. El lápiz, no las balas, la libertad, no la dictadura de la censura, le han servido al rotativo Charlie Hebdo para oponerse a quienes carecen de sentido del humor y alimentan desde una supuesta superioridad moral toda clase de extremismos políticos. Pese al esfuerzo editorial de los trabajadores de Charlie, unos fanáticos, espoleados por los Calvino de hoy, optaban por aniquilar a quienes tenían ideas que no eran las suyas.

Juicios y prejuicios

En nuestra época la intolerancia viste atuendos fatales que siembran terror y sangre allí por donde pisa. E igual que en tiempos desgraciadamente recientes grupos de irlandeses se liquidaban entre sí y, en el País Vasco, españoles asesinaban a españoles, de la misma manera hemos visto estos díasa los hermanos  Said y Cherif Kouachi, franceses de nacimiento, disparar a franceses. El cainitismo, por más que se arrogue de factores diferenciales, es una de las características inherentes al radicalismo ideológico.

Otro tanto acontece en Siria cuyas víctimas, civiles, sufren las consecuencias de una guerra que enfrenta a assadistas y contraassadistas. Lo mismo ocurreen Irak cuyos ciudadanos no hacen sino padecer la islamización à la force por partede sus hermanos (???) árabes de la coalición ISIS. Y, claro está,en Pakistán donde, a tenor del informe Global Terrorism Index (p. 18), los talibanes han logrado el dudoso honor de lograr que Pakistán exhiba uno de los peores récords del mundo con 2.345 personas muertas y más de 5.000 personas heridas en casi un total de 2.000 actos terroristas consumados en 2013.

El terrorismo quita la vida a los demás. Y, como suelo repetir, la población civil, inerme e indefensa, es la que siempre soporta las peores humillaciones de quienes, en nombre de una ideología del absoluto, se erigen en dueños del curso de los acontecimientos, de la Historia y de sus habitantes. Lo sabemos por las personas que murieron en la irrupción al supermercado judío parisino. Lo sabemos por el policía musulmán Ahmed Merabet, abatido por uno de los hermanos Kouachi, también musulmán. Lo sabemos por la tragedia vivida en la ciudad de Baga, en el estado nigeriano de Borno, cuando una niña de 10 años, junto a otras dos mujeres suicidas, explotaba en el interior de un supermercado abarrotado de gente llevándose consigo la vida de al menos 23 personas y provocando otras decenas de heridos más. La autoría de este atentado ha recaído en el grupo islamista nigeriano Boko Haram que, en un segundo ataque,ha masacrado a 2.000 personas, también nigerianas. Y la amenaza yihadista, con sus genocidios, parece extenderse a Libia, Mali, Níger, República Centroafricana…

Democracia

¿Cómo lograr que la protección a las personas sea un valor moral  a la vez que un deber político? Pues a través de esa vía pacífica que se llama “democracia”. Por eso, ante la intolerancia, los gobiernos deben fortalecer y profundizar las estructuras del estado de derecho, basadas en el respeto de los derechos humanos.

Se equivoca Marine Le Pen al reclamar la suspensión de la Europa sin fronteras. Y se equivoca, digo, porque detener los avances democráticos no frena las amenazas de terrorismo. Y dado que no tiene relación con dónde ha nacido uno o qué apellidos porta, el terrorismo es un asunto de intolerancia, de falta de respeto a los derechos humanos, problema gravísimo que se agudiza aún más dentro de las naciones que no son democráticas, hasta el punto de que, lo recalcó Gustavo Bueno Sánchez, “los 45 países que formaban parte en 1990 de la Organización de la Conferencia Islámica, adoptaron en El Cairo la “Declaración de Derechos Humanos en el Islam” que […] establece la ley de la sharia como 'la única fuente de referencia para la protección de los derechos humanos en países islámicos'”.

Por tanto, alejarse de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU no es un camino para la convivencia humana. La prueba está enciertas élites que fomentan el guerracivilismo, dedicadas a suministrar armas, teléfonos satelitales, material de asalto… a organizaciones yihadistas e individuos sin recursos. Y ello con el fin de que perpetren todo tipo de barbaries. Y cuando hablo de élites antidemocráticas no me refiero solo a la retrógrada clase política saudita e iraní jomeinista, entre otras. Me refiero asimismo al papel crucial que juegan ciertos imanes fanáticos que, entre col y sermón, se dedican a alabar las bondades de la guerra delante de los feligreses. Y a radicalizar a los Kouachi de turno que pasan de la abducción metafísica a la muerte física con kalashnikovs.

Los pactos de Mahoma

De Mahoma conocemossu profunda iconofobia, su aversión a que la divinidad fuera simbolizada pictórica y escultóricamente. Pero, ¿por qué entonces se admite pintar con la sangre de las víctimas la voluntad de Alá? En este sentido tiene razón el Rector de la Gran Mezquita de París cuando recalca, entrevistado hace unos días por Christiane Amanpour, la necesidad de abandonar el Islam político e introducir reformas para la instrucción de los imanes.

No sé si el citado Rector quiere rescatar la tesis, audaz, del cordobés Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, más conocido por Averroes (1126-1198). En cualquier caso, la  teoría filosófica de Averroes dotó a Occidente de los rudimentos políticos necesarios para proceder a la separación entre Iglesia y Estado. Por supuesto, y hasta que esto llegue a plasmarse en las actuales tiranías teocráticas islámicas, tenemos que insistir en uno de los documentos de la obra de Mahoma, hoy sepultado por abandono u omisión, y que lleva por título El pacto del profeta con los monjes del Monte Sinaí. En dicho texto Mahoma o Mohammed recalcaba el deber de proteger la vida, la fe y las propiedades incluso de los cristianos.

Pues eso, Assalam alaycum” (la paz sea con todos).


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