Blogomaquia

El arte de los excesos

Occidente, desde su origen, está vinculado a la búsqueda colombina de experiencias novedosas, de horizontes desconocidos. Y más allá del gusto rupturista que anima a las tribus y escuelas del modernismo, el arte, y de eso ya hace mucho tiempo, vive ciego por custodiar esperpentos de cualquier pelaje gracias al supuesto fuego purificador de las vanguardias. De tales ritos arranca, convertido en icono venerable, el arte abstracto cuyo lenguaje no hay quien entienda ni comprenda porque, como hubiera sentenciado crípticamente Jorge Luis Borges, “estoy solo y no hay nadie en el espejo”.

Dejando a un lado el supuesto inconformismo que se predica de las vanguardias; dejando también para otro momento la maestría que se presupone del Artista-Superhombre; digo que al arte abstracto le gusta crear espacios de Minotauro, planificar una atmósfera de oscuridad calculada para esconder que no se sabe pintar más que puntos y rayas.

“Number 19”

Los trovadores del arte abstracto declaran que no hay que confundir entre ver y mirar, que el código abstracto va más lejos de que lo que las masas (no) captamos u observamos sensorialmente. Hablen lo que platiquen, lo cierto es que el arte constituye por esencia un reclamo fortísimo para los sentidos. Y debido a su vívida sensorialidad el arte es fuente de deleite. Sin embargo, desde principios del siglo XX los cánones de belleza han roto sus lazos con la facultad humana de sentir. El motivo es claro: la semiótica  abstracta ha rechazado la mirada ordinaria por vulgar, repudiado la geometría del objeto real de representación mientras se sumerge en colorear noúmenos indescifrables y formas caprichosas, solo inteligibles en las curvas subjetivas del autor.

De eso ya se quejaba Ortega y Gasset en La deshumanización del arte (1925) cuando veía cómo el arte había logrado “eliminar los ingredientes 'humanos, demasiado humanos', y retener solo la materia puramente artística”. Pues bien, si a esto añadimos que la pintura actual permanece esclavizada a las leyes bursátiles de las avanzadillas, entonces es lógico que los gurús, críticos e intermediarios de arte contemporáneo jueguen un papel elitista demasiado dominante a la hora de ofrecer pantomimas llenas de simulacros y no pocos engaños. Tanto es así que, en la mayoría de los casos, no constan las cacareadas cualidades que se predica de una obra catalogada “artística”.

La razón de estas distorsiones radica en que,  dentro del teatro de las pedanterías, existen apetecibles contubernios de intereses, es decir, “una pequeña “mafia” internacional” –en estos términos lo denunció el escultor y pintor Friedensreich Hundertwasser- que asfixia a los artistas, que dirime cuáles son las leyes de la estética del presente y del futuro. Y decide en qué pinceles residirán los valores de la hermosura.

De este pingüe negocio resulta que los grandes pintores no son grandes por la calidad de sus obras. Son simplemente artistas reconocidos en los campos del “merchandising”, transformados por el apaño del éxito en ídolos de lo modernísimo. No olvidemos que el arte por el hecho de que cotiza es fuente fiable de negocio, sobre todo con la crisis económica que persiste en no desaparecer de la vista.

La prueba de lo que decimos reside en la subasta realizada recientemente en la casa Christie's en Nueva York. De una de las pujas llama en concreto la atención el precio que obtuvo “Number 19, un cuadro firmado por Jackson Pollock (1912-1956), artista norteamericano que los expertos ubican en el apartado pomposo del “expresionismo abstracto”, y que en la citada almoneda neoyorquina llegó a alcanzar la friolera de 58,3 millones de dólares, vamos, 45,5 millones de euros.

De los excesos del arte al arte de los excesos

Una cosa es la percepción artística, es decir, el diálogo personal entre la mirada propia y la contemplación de la obra, y otra muy distinta el negocio que conlleva la adquisición mercantil de ciertos objetos. Por supuesto, cada cual puede gastar su peculio en lo que le apetezca. Pero hemos de reconocer que las locuras en el sobreprecio no suelen ir de la mano del buen gusto, por más que las opiniones de esos rebeldes contraculturales o soi-disants “jueces de la originalidad” procuren distanciarse de las masas persuadiéndonos del talento de obras pictóricas singularmente deslucidas, cuando no caricaturescas, y que solo el carisma del dinero permite apreciar. Y atesorar.


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