Blogomaquia

Los aros olímpicos de la discordia

Retomando el testigo del filántropo y empresario Evangelos Zappas, auténtico facedor de las Olimpíadas contemporáneas, el barón y pedagogo Pierre de Coubertin se asignó la meta de promover relaciones pacíficas entre las naciones. Y, fiel al ideal de afianzar la cultura del deporte, se propuso representar el espíritu de fraternidad universal diseñando una bandera olímpica con los cinco continentes, simbolizados por cinco aros unidos entre sí.

Qatar, Bahrein, Brunei, Arabia Saudí…

Mientras en Londres las españolas han conseguido salvar los trastos del deporte patrio y lograr frente a sus compañeros 11 medallas, también en las mismas olimpíadas londinenses hemos sido testigos del milagro, de la epifanía de descubrir a mujeres procedentes, por primera vez en la historia, de países de asfixiante tradición patriarcal.

Aclaremos las cosas: en la novedosa (y numéricamente liliputiense) participación de jóvenes originarias de naciones islámicas, mucha gente ha creído percibir un signo optimista del cambio de los tiempos. Y me digo a mí misma: ¿el exotismo de distinguir en unos JJ OO a mujeres naturales de Qatar, de Bahrein, Brunei o Arabia Saudí puede ser interpretado de verdad como una señal de lucha por la dignidad e igualdad de las mujeres?, pues acudir a unas Olimpíadas en calidad de representante del sexo femenino nunca es promesa de apertura política, tampoco motivo de felicidad celestial, cuando ni a corto ni a largo plazo se perciben en Qatar, Bahrein, Brunei o Arabia Saudí reformas legales que tiendan a romper la situación de ostracismo civil que predestina a la mujer al ámbito carcelario de lo privado.

Habiba Ghribi

Al tiempo que las dos únicas deportistas de Arabia Saudita eran mimadas en los medios de comunicación y elogiadas en Londres por el simple acto de asistir al evento atlético, paradójicamente en su país de origen eran consideradas prostitutas bajo el argumento de que no es edificante contemplar a una mujer que en un lugar público es objeto de miradas aunque sea un estadio olímpico.

Otro tanto es lo que le está sucediendo a Habiba Ghribi, que en estos momentos es objeto de ataques por parte de los sectores más tradicionalistas y rancios de Túnez. Y es que los líderes políticos islamizados no valoran en absoluto que la corredora Habiba ganara en los 3.000 metros obstáculos la medalla de plata y, menos aún, celebran que ella se haya convertido, con esfuerzo merecidísimo, en la primera tunecina en conquistar tal condecoración olímpica. El quid de la cuestión radica en que a Habiba Ghribi le critican que usara ropa deportiva al estilo occidental, o sea, enseñando piernas y abdomen.

¿Pero Túnez no era uno de los países árabes más sensibles en respetar los derechos de la mujer? Sí, lo era. Y decimos “era” porque está a punto de dejar de serlo al haber barrido la coalición islamista Ennahda a los partidos laicos en las últimas elecciones tunecinas. Con lo cual, a Habiba le empieza a ocurrir lo que en dosis enormes les lleva pasando durante décadas a las mujeres que viven en Qatar, Bahrein, Brunei, Arabia Saudí..., y no es casualidad que ahora se censure a Habiba por su vestuario cuando al mismo tiempo, y para concurrir a los JJ OO de Londres, a las atletas saudíes se les obligó a vestir conforme marcan los cánones de la Shar’îa, o sea, tapadas y muy bien tapadas, de arriba abajo, de pies a cabeza, sin asomar ni un solo pelo de su cabellera, asunto que no es trivialidad, puesto que la segregación sexual se manifiesta en el atuendo.

Nos explicamos ahora por qué, hace un tiempo, en la Meca quince muchachas perecieron en el interior de una escuela y no por el fuego que se declaraba, sino por la acción represiva de la policía “moral” que impedía a las alumnas que no portaban el velo en la cabeza salir del edificio en llamas.

Incongruencias de la vida

La somalí Samia Yusuf, participante en los JJ OO de Pekín 2008, acaba de morir con apenas 21 años recién cumplidos. Según cuenta su madre, Samia quería vivir su sueño, que era correr y ser entrenada en Europa, en Italia para más exactitud. Y así, con mucha ilusión y un pequeño equipaje, Samia Yusuf Omar se montó en una patera que, como a miles de hombres y mujeres anónimos, le condujo a la muerte.

Mientras Samia quiso alejarse de la locura islamista que mata a miles a mujeres somalíes; mientras ella anhelaba escapar tanto del hambre como de los golpes que milicianos fundamentalistas de Al Qaeda le propinaban para que no entrenara; los organizadores londinenses se posicionaron, por cosas del multiculturalismo, al lado de las costumbres de la dictadura saudí y transgredieron las bases del propio reglamento olímpico, de modo que, saltándose las normas internacionales de judo que prohíben cualquier tipo de indumentaria sobre el cráneo, dejaron participar con la cabeza cubierta a la judoca saudí Wofjan Ali Seraj. ¡Incongruencias de la vida para quienes desde Occidente se contentan de forma condescendiente en llamar a esto promoción de la mujer!

NOTA: Cuando termino de escribir esta columna me informan de queen Islamabad hay una niña de 11 años, llamada Rimsha, que padece el síndrome de Down y que permanece en la cárcel tras haber sido perseguida por fanáticos islamistas bajo la falsa acusación de quemar unas páginas del Corán. Any questions?


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