Blogomaquia

El anarquismo desarmado

En Europa hay una tradición, longeva, que ensalza los valores de la fraternidad y defiende la paz y la amistad entre las personas. Y no hablo del viejo Epicuro que, tras 23 siglos a sus espaldas, se queda bastante lejos de nuestra línea de flotación. Evoco, por poner ejemplos cercanos, a anabaptistas, a cuáqueros y metodistas… en plena Edad Moderna, y, claro está, a Proudhon que, junto a Godwin, simbolizó, yendo a contracorriente, el pacifismo durante las primeras décadas de la Edad Contemporánea.

Amante de la evolución, no de la revolución,Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) repudiaba los asesinatos planificados y rechazaba los cataclismos sociales basados en el uso de la violencia y en el empleo del horror. Por otro lado, en La guerra y la paz (1861), libro cuyo título tomaría prestado el gran Tolstói, Proudhon concluyó que “no existe un solo caso racional de guerra”, que “la humanidad no quiere ya la guerra”. En definitiva, Proudhon desautorizaba cualquier política que se fundamentara en el ejercicio de la venganza o sobre la dinamita del rencor social.

“Belicismo” nunca es “pacifismo”

Los seguidores de este filósofo, político y anarquista no ganaron el combate ideológico, mas sí los violentos que, inspirados en el sicario Sergéi Nechaiev (1847-1882), buscaban sangre y, a fuer de delincuentes, envilecieron el ideario pacifista del anarquismo. La voluntad de poder en los nuevos fanáticos lo justificaba todo. Fue el caso de Angiolillo, Ascheri, Busiqui, Czogolz, Faure, Salvador Franch, Pietro Gori, Henry, Kammers y Stillmacher, Lasuela, Lipido, Maurice Mathieu, Merlino, Nikitin, Oliva, Orsini, Paulino Pallás, Ravachol, Rochefort, Juan Rull, Santiago Salvador, Diego Abad de Santillán, Vaillant... Fue el caso, cómo no, del español Mateo Morral, que se llevó por delante las vidas de 30 personas, otras fuentes apuntan 24, cuando en plena calle abarrotada de gente decide arrojar una bomba sobre la carroza del rey Alfonso XIII el día de su boda (31 de mayo de 1906).

Tanto se volcaron los radicales en participar en las batallas del belicismo que, y no es casualidad, uno de los fundadores de ETA y autor del anagrama del hacha y la serpiente, Félix Liquiniano, fue anarquista. Esto lo explicó muy bien Albert Camus en su ensayo sobre El hombre rebelde (1951) al descubrir que para combatir el mal, el rebelde, juzgándose inocente, renuncia al bien y engendra de nuevo el mal. [... Y] a medida que crece en fuerza y genio crece en él el poder del mal.

Los seguidores de Mateo Morral

Por muy revolucionarios que se crean los epígonos actuales de M. Morral (1880-1906), éstos no dejan de ser unos autoritarios, amén de que no hay contradicción más terrible que negar la ontología del poder en todas sus formas (“ni Dios, ni Rey ni Amo”) y, sin embargo, proceder a concentrar el poder absoluto en la potencia letal de unos artefactos explosivos. Y aunque se tome en serio que quieran –eso decía su comunicado- "dar caña a la monarquía en sus lugares sagrados", lo cierto es que a esos lugares rara vez van reyes o señores. Sí en cambio, y a diario, acuden turistas. También ancianos en busca de paz. Y estudiantes que se afanan en escudriñar los techos de La Pilarica para contemplar las pinturas del genial Goya.

De Proudhon al gran Melchor Rodríguez

Frente a los que se adhieren al Ku-Klux-Klan del asesinato, yo prefiero a quienes cantan a la vida, además de que, lo expresó mi admirado Castellion, “matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Por eso, siempre elijo a los Proudhon y, claro está, a los Melchor Rodríguez(1893-1972). Y para quien no conozca a este sevillano, director de prisiones en la Guerra Civil y último alcalde del “Madrid de la República”, le adelanto datos nada irrelevantes, habida cuenta de que Melchor Rodríguez llegó a desafiar públicamente al fortísimo PCE, a denunciar en el periódico CNT de 17 de abril de 1937 los abusos mortales del entonces poderoso Santiago Carrillo et alii.

Con firmeza inigualable, este novillero y libertario se opuso a quienes despreciaban la vida humana y sublimaban el crimen en nombre de la política. Bajo su autoridad logró dar punto final a los nauseabundos paseos y tiros en la nuca contra miembros de la ultraderecha y ultraizquierda. Así, Melchor Rodríguez pudo, viendo incluso peligrar su vida en varias ocasiones, salvar la de miles de personas. Y de ambos bandos. ¿Cómo? Imponiendo el orden, es decir, las reglas del Estado de derecho, tarea nada fácil en los sumideros hediondos de los fanatismos. Y como este año se celebra el 120 aniversario de su nacimiento, les recuerdo que en el día de su entierro acudieron juntos, en pleno franquismo, anarquistas y falangistas con el deseo de dar el último adiós a una gran persona.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba