Blogomaquia

La Tigresa, expulsada de ETA, esconde sus garras

A veces entre los sectores más ilustrados de la población encontramos  a ciertos individuos patológicamente hambrientos de rebeldía.  De hecho, en Alemania, Inglaterra, Italia, Bélgica, EE UU, España..., campean intelectuales que no solo se solidarizan, en nombre de la libertad, con conductas despreciables, sino que disculpan, cual bocado exótico, la violencia en lugares foráneos. Pero aparte del sucio racismo que hay implícito en esta perspectiva –el sufrimiento es para “los otros”-, resulta que encauzar las frustraciones personales a través de la aceptación del tiro en la nuca jamás es ético y, menos aún, glorioso, amén de que, y como dijo Castellion, <<matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre>>.

Despreciándose la máxima de Castellion, el fanatismo y la intolerancia encontraron hueco en el corazón reptiliano de las ideologías. Buonarroti propuso crear revolucionarios a tiempo completo, consejo que Nikolái Gavrílovich Chernyshevski, tutor espiritual de Lenin, haría suyo al escribir, durante su cautiverio en la fortaleza de los Santos Pedro y Pablo de San Petesburgo, Una pregunta vital: ¿Qué hacer? (1863). Pues bien, además de defender al más puro estilo Blanqui la profesionalización de la rebelión, Chernyshevski pedía gente “ideológicamente comprometida”, tan comprometida que viviese en, para y por los ideales políticos sin críticas ni dudas. Un ejemplo recientísimo de esa adhesión ciega y ofuscada, sin horarios ni vacaciones, sin límites ni interrupciones, muy al estilo Chernyshevski, lo encarna Idoia López Riaño, alias “La Tigresa”, de profesión terrorista.

Como tantos violentos, López Riaño (1964- ) cavó sus ojos en el barro del extremismo ideológico. Y desde principios de los ochenta hasta su detención en 1994, en la planificación de sus atentados esta etarra no distinguía la luz del día de la oscuridad de la noche. Es más, igual que la araña viuda negra, la mantis santateresa, la araña cruz pirenaica… suelen decapitar a su amante durante el clímax sexual, de la misma forma Idoia desplegaba encantos de sirena para luego, sin dudarlo, exterminar a sangre fría a sus parejas sentimentales, miembros de las fuerzas de seguridad del Estado.  En su haber, esta asesina en serie cuenta con la suma terrible de 23 crímenes, demérito que parece borrar el carácter sanguinario de “La Loba Roja”, pseudónimo de Louise Michel, francesa que participó en la guerrilla de la Comuna de París, allá por los 80 del siglo XIX.

Si la secta de los temidos asesinos o ḥaššāšīn eran adictos al cáñamo indio y, por tanto, consumidores de hachís, la secta de ETA siempre ha necesitado la droga de la sangre para alimentarse del dolor de los demás. Por eso, además de infligir castigos, a este grupo violento le gusta planificar, bajo el humo de su ideología, la muerte de sus víctimas. Ante estas y otras muestras de irracionalidad el filósofo Julien Benda ya nos dijo en La traición de los intelectuales (1924-1927) que el siglo XX es <<el siglo de la organización intelectual de los odios políticos>>.

A ese pasado necrófago ha dicho adiós Idoia López tras firmar un documento de rechazo al terror de ETA. Su cambio de actitud no ha pasado en absoluto desapercibido. Y esta banda, que no tolera la tolerancia y tampoco admite las críticas de sus disidentes -recuérdese el asesinato de la etarra Dolores González Catarain, “Yoyes”-, acaba de expulsar de su seno a La Tigresa. Lo que, cuando menos, es contradictorio, pues hace un mes ETA anunciaba a bombo y platillo “el cese definitivo de la violencia”. Por supuesto, esto tiene relación con el denso y geológico nivel de dogmatismo que atenaza a este grupo ilegal. Cuenta el periodista Matías Antolín en su libro Mujeres de ETA (2002) una interesante anécdota. Recuerda <<un dibujo de Ricardo y Nacho donde está un etarra entre sombras que dice: “Le hemos matado en defensa propia... Nos estaba apuntando con un bolígrafo”>>. Y, claro está, Idoia al pasar del arma al bolígrafo se ha separado de sus antiguos “camaradas”. Lo cual es inasumible para ellos porque les acaba de disparar con balas de tinta.

 Desconozco si el acto de arrepentirse es sincero o no. El gesto de la ex etarra no da vida a los muertos. Y por otra parte, aunque en el hecho de reconocer sus errores López Riaño se humaniza, eso tampoco repara la sangría de su culpa ni sumerge en la amnesia los asesinatos ejecutados por ella.


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