Blogomaquia

¿Sobran periodistas?

El gusto por crear estados de opinión ha sido la norma característica de la prensa desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Y salvo honrosas excepciones el periodismo o, mejor, los periodistas han sobresalido con especial desdoro en la tarea de influir en la ideas de las personas. Pero, una cosa es transmitir información y otra, muy distinta, emplear tinta de bolígrafo como bala de cañón para, en la cocina de las redacciones, preparar platos de noticias que solo favorecen, una vez presentados, a los intereses y doctrinas de un determinado grupo de presión.

Tal falta de independencia, tal grado de parcialidad, tal descaro en suma, ha sido la triste divisa del periódico El País cuando sus directores, de eso hace mucho tiempo, decidieron escorar sus simpatías hacia un partido político y, aprovechando las líneas y párrafos del oficio de la comunicación, orientar la voluntad de los lectores o, quizá mejor, de los electores. Es verdad, otros medios hacían con sus filias lo mismo a la hora de preferir collares de otros amos. El resultado no puede ser más penoso. Y no tanto por el hecho de que un tipo de prensa española haya servido, en estos 35 años, de instrumento para silenciar aspectos nada felices de los representantes de la cosa pública, que también. Sino, sobre todo, por el trabajo consciente y planificadamente ejecutado de ciertos reporteros que despliegan una agilidad formidable y ello con el fin de retorcer los cabos de la realidad metiendo la objetividad por berenjenales oscuros, impropios sin duda de la actividad periodística.

Crónica de una muerte anunciada

El primer ejemplar de El País aparecía tras la muerte del dictador Franco un 4 de mayo de 1976, efemérides que coincidía con la transición española. Su primer director, Juan Luis Cebrián, era un joven madrileño de 31 años, muy ambicioso, que había ocupado el cargo de subdirector del diario Pueblo, periódico del Movimiento, y, más tarde, el puesto de jefe de los servicios informativos de RTVE en el último gobierno de la dictadura franquista. Con inteligencia y celeridad Cebrián supo colarse en el proyecto, auspiciado por el Ministro de la Gobernación Manuel Fraga Iribarne, de fundar un periódico moderno que estuviera a la altura de la nueva época. Así, viendo la jugada, Cebrián conseguiría, de la mano del poderosísimo Jesús Polanco, hacerse con la dirección del periódico. Y tras su singladura Cebrián apostó a caballo ganador y apoyaría al gobierno de otros no menos jóvenes. Hablamos de Felipe González & Cia. Este hecho, esta simbiosis, le granjeó al diario El País disfrutar, en situación de superioridad, de un status de clara, aventajada e indiscutible hegemonía, pues en los 80 y los 90 del siglo pasado y, lo más importante, en menos de 10 años de vida el periódico El País se convirtió en líder absoluto de la prensa española. ¡Todo un éxito empresarial! ¡Todo un hito sociológico asimismo!

Ahora bien, mi abuelo materno señalaba, con buen tino por cierto, lo comprometido que es romper en cualquier escenario las consabidas y necesarias distancias. Y recurría, como hombre de campo, a la metáfora de colocar un burro pegado a la plataforma de un carro. La consecuencia de tan mala ingeniería era que los enganches de tracción del vehículo dañaban la autonomía del animal y, a la postre, mataban cualquier signo de futuro movimiento. Y eso es lo que le ha sucedido al citado rotativo: que ha dejado de andar, de ser capaz de transmitir información…, después de germinar en simbiosis íntima a la sombra de una coalición política, victoriosa durante lustros.

Tan parado y roto ha quedado este rotativo –no voy a citar aquí a los periodistas que se fueron o que acabaron ipso facto despedidos por no respetar la ideología del cuaderno de bitácora de El País - que solo el año pasado, en 2011, el Grupo PRISA, de quien sabemos depende el rotativo El País, registró las mayores caídas de beneficios de su historia. La crisis económica, ideológica y… socialista le pasaba factura a este en otros tiempos hercúleo holding del mundo de la comunicación, que en el período de 2011 sumaba la pérdida fabulosa de 451 millones de euros, cifra astronómica que sextuplicaba la del año 2010. Pero es que la caída sigue y sigue y sigue. Lo cual da cuenta de que el carro está muy parado o, peor, “para el arrastre”.

¡Viva el glamour!

Sorteando los vientos de queja y las voces de protesta laboral que surgen dentro de El País, Juan Luis Cebrián decide echar amarras en la ciudad de Nueva York y, lejos de su buque insignia, celebrar allí el consejo de administración de Prisa. Es más, tras criticar duramente la reforma laboral, le vemos aferrarse a su articulado y, en un pispás, despedir a 129 trabajadores de El País con la indemnización mínima legal. Desde luego, ¡¡¡no hay mayor coherencia que emplear para sí y a conveniencia lo que por ideología se rechaza en los demás!!! Y no solo eso. Después de declarar que la plantilla de El País no puede vivir tan bien, él, en calidad depresidente ejecutivo y delegado del área de prensa y consejero delegado de El País, no se desprende de su jet privado a 100.000 euros viaje y, menos aún, de sus 13 millones de euros ganados durante el fatídico “2011”. Y añade, para más glamour, que es preocupante que la edad media de la plantilla del periódico sea de 53 años. A lo que objetó la escritora Elvira Lindo con una interesante réplica.

Pese al desguace de este periódico, uno de los máximos responsables de la debacle continúa mirando hacia otro lugar, cuando no, asistiendo a las reuniones de ese club mistérico y selectísimo, ¿de logia masónica?, llamado “Bilderberg”, y como si nada ocurriera.  Entretanto, e igual que les sucede a los miembros de nuestra clase política nacional y autonómica, el ilustre Cebrián no repara en que las pérdidas económicas siempre poseen relación con los dispendios y despilfarros de sus gestores y, cómo no, con la costumbre de tropezar en prácticas democráticamente corrosivas y poco edificantes.


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