Blogomaquia

Soberanía nacionalista o pluralidad ciudadana

El hecho de que “patria” y “patrimonio” deriven de la misma palabra ayuda a entender el lenguaje del PNV y de CIU  cuya clase política equipara míticamente la búsqueda de una nueva patria con la posesión de fortunas, riquezas… y, ¡no se olvide!, con el cuerno de la abundancia. Metáforas y astucias aparte, hay que reparar en que a los nacionalistas les atrae la nocturnización de la  vida política. Y por tres motivos en especial. En primer lugar, porque ello favorece la falta de transparencia tanto política como económica dentro de las cuestiones gubernativas, de cuya gestión gratis et amore no dan ni quieren dar cuenta, con los riesgos que ello implica (corrupción, nepotismo, mafias...). En segundo lugar, porque con sombras chinescas consiguen volver opaca la gerencia del sector público y ofrecer gato por liebre. Y, en último término, porque jugando a estrategas e imaginarios los paladines del nacionalismo consideran un  gran defecto la falta de corazón de la razón política y reclaman el papel del corazón como intérprete y testigo autorizado de la VERDAD colectiva. De esto, por cierto, sabemos bastante, pues Martín Lutero, uno de los primeros nacionalistas europeos, en su afán por llevar a cabo su proyecto político llegó a afirmar que “la razón es la mayor de las putas que tiene el diablo”.

Como bien suponemos, tales dosis de irracionalismo casan mal con la apertura, racionalización y diurnización de la política contemporánea que caracteriza y define al régimen democrático, entre cuyos ideales “asépticos”, por generales y universales, se encuentra también la claridad de la gestión pública, así como el objetivo de mantener la pluralidad de intereses de la ciudadanía lejos, en fin, de las zarpas ciegas de cualquier coacción grupal. Sin embargo, “vuestro grito es el mío, vuestra voz es la mía y vuestros anhelos son los míos”, clama el Sr. Mas en un arrebato de nosotrismo, mientras en Escocia, su homólogo, el Sr. Salmond, es investigado por si hubiera incurrido demagógicamente en mentiras “jurídicas” con sus odas a la independencia del cuento de la lechera.

Lo dionisíaco

Cuando una democracia languidece ante la inobservancia de la ley por parte de sus gobernantes; cuando una democracia no logra hacer cumplir la legislación ni entre quienes está en su obligación respetarla; la tendencia hacia lo dionisíaco es una salida a corto plazo, pero una salida que no favorece en nada los mecanismos de limpieza y autocontrol democráticos, ya que sacar agua de las profundidades del subconsciente nacionalista solo puede beneficiar en la rebeldía a los miembros de una selecta clase política que, dispuesta a adueñarse del poder, ahogará, maquillará y, en suma, esconderá tras el manto sagrado de la unidad del sentimiento identitario todos y cada uno de los problemas de justicia social que ha acentuado y no solucionado con su mala gestión.

Desvelados sus malabarismos retóricos, el nacionalismo nunca se moviliza contra la explotación laboral, como tampoco blande su bandera en contra de los horarios leoninos que sufren amplios sectores de trabajadores y, menos aún, lucha por quienes mal viven con sus sueldos y a duras penas sobreviven en ausencia de cualquier salario. Así que ¿qué revolución es esta?, ¿qué heroicidad hay en apoyar a un partido que administra la caja del dinero y sabe repartir cargos públicos entre adherentes y prosélitos? ¿Qué revolución es esa que contempla pagar a sus empleados públicos muy por encima de la media española mientras carece de dinero para sufragar el coste de las pensiones, como pasa en el País Vasco? ¿Qué revolución es la que permite cerrar quirófanos y salas de hospitales mientras, al mismo tiempo, los heraldos del Volkgeistcatalà ponen en marcha proyectos fastuosos como la apertura del Hemitage?

Está claro que en esta revolución reaccionaria y, a todas luces, retrógrada los nuevos Cristóbal Colón jamás tienen ni tendrán en cuenta a los desprotegidos que, de principio a fin, son quienes sufrirán económicamente las llagas de la aventura independentista. Por lo mismo, tampoco se crea que con el nacionalismo van a diluirse las viejas jaulas de la dominación social. No lo espere en absoluto, ya que el nacionalismo justifica el credo antiigualitarista de los más poderosos y, al tiempo que constituye la doctrina del éxito “patriótico”, es la herramienta darvinista con que sus defensores salvaguardan las distancias entre clases sociales.

Ítem más. Mediante la puesta en escena de las pasiones dentro de lo público y gracias a la advocación de que el Pueblo puede conferir a sus cabecillas un poder que él de facto no posee, ocurre que los privilegios de las élites suelen  disfrazarse con los intereses de la colectividad acudiendo a la sublimidad del santo, sencillo y bonachón “Pueblo”. Sin embargo, en la práctica real, “el pueblo ejerce el poder hasta el punto de que tiene facultad de cambiar a sus gobernantes, pero no hasta el punto de gobernarse a sí mismo”, advierte el politólogo Giovanni Sartori en Aspectos de la democracia (1965). Con lo cual el Pueblo, como invitado de piedra en el gran convite nacionalista, si es gobernado, no es gobernante. Y en el caso remotísimo de que fuera gobernante, no necesitaría de dirigentes ni líderes, paisaje éste que no contemplan los predicadores de la identidad social.

¿Pluralidad ciudadana o soberanía nacionalista?

En medio de una atroz falsificación de la Historia por la que no pocos catalanes y vascos se vuelven repentinamente amnésicos y aligeran los recuerdos de su íntima colaboración con la dictadura de Franco, la bruma del olvido crea falsos escenarios y alimenta, como señalaba el ex etarra Mario Onaindía en sus memorias tituladas El precio de la libertad (2001), la experiencia onírica de que “volvemos a Ítaca tras nuestro periplo y habernos enfrentado contra los monstruos”. Asunto este, el de la suplantación de la verdad histórica por la literatura ideológica, que también denuncian Oriol Malló y Alfons Martí. Estos catalanes, ex militantes del grupo terrorista Terra Lliure, escribían hace algún tiempo En tierra de fariseos (2000),  en donde criticaban cómo “el catalanismo inventa Cataluña y cree sus mentiras a pies juntillas”, cómo “el catalanismo ha conseguido […] convertir Cataluña en un desierto de almas”.

Dejemos para otro día el proselitismo político que, por antirracional, envenena la mente y, por antiilustrado, mata la inteligencia. Y centrémonos en esta disyuntiva: “pluralidad ciudadana o soberanía nacionalista”. La respuesta es obvia. Tan obvia que, lo subrayaba Hannah Arendt en Sobre la Revolución (1963), “si fuera verdad que la soberanía y la libertad son idénticas, entonces ciertamente ningún hombre sería libre, pues la soberanía, ideal de dominación y de intransigente autonomía, contradice la condición misma de la pluralidad”.


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