Blogomaquia

Pueblo, Pueblo, habla

El descrédito, que no el elogio, suele caer sobre muchedumbres, turbas y multitudes. Y –seguimos con los tópicos-, mientras se acepta la tesis tremendamente pesimista de que solo hay lugar para comportamientos desnortados o desorganizados en las aglomeraciones de personas que carecen de jefes y mandos, por el contrario cuando se retrata al “Pueblo” como persona social guiada por sus líderes, siempre se resalta el rasgo hegeliano de la querencia del Pueblo por la unidad, identidad y conciencia colectivas. Desde luego, con tales inercias míticas se entiende que la clase política de aquí o acullá, de ayer y hoy, de derechas e izquierdas, de ultraizquierda o de ultraderecha, se aferre a una idea nacionalista de “Pueblo”. Al fin y al cabo, él es el principio básico de legitimación de la clase directora y cuanto mayor es el deseo de notoriedad de dirigentes y aspirantes a líderes, así lo observó François Furet en su libro Pensar la Revolución francesa (1978), resulta que más emplean dichos dirigentes y aspirantes a líderes la palabra “Pueblo” en sus discursos y manifestaciones públicas, de modo que, el poder político, dice Furet, pasa a estar “en manos de aquellos que hablan en su nombre”.

1789, Francia

En las elecciones a diputados a los Estados Generales, de los 580 delegados del Tercer Estado no hubo ni un solo representante de los agricultores. Lo cual tiene su enjundia porque las elecciones de 1789 se originaron a partir de las quejas campesinas recogidas en los famosos Cuadernos de reclamaciones o Cahiers de doléances. Pero es que más tarde, en la Asamblea Legislativa (cuyos miembros se declaraban amantes del Pueblo), tampoco habría cambios que condujeran a integrar a la gente del Pueblo en el organigrama del poder. Por supuesto, en la cámara de la Convención (1792-1795) no hubo en la bancada revolucionaria sitio para un solo sans-culotte, aunque los Cloots de turno afirmaran: “il n’y a pas d’autre dieu que la nature, d’autre souverain que le genre humain: le peuple-dieu” (no hay otro dios que la naturaleza, otro soberano que el género humano: el pueblo-dios).1

1917, Rusia

La escasez de alimentos, junto al hastío y quejas que provocó la Primera Guerra Mundial, traerá en febrero del citado año huelgas de obreros y manifestaciones de mujeres en Petrogrado pidiendo pan. Luego vendría la conquista del poder por parte de una minúscula coalición liderada por Lenin y sus secuaces, el Partido Bolchevique, que desde el principio cercena el acceso democrático al poder y maquilla su afán de dominio hablando románticamente acerca del Pueblo y en nombre del Pueblo. De esta forma ocurriría, lo denunció el mismísimo Karl Kautsky, que ni los obreros ni los campesinos elegían directamente a sus diputados en la Patria del proletariado.2 Allende cualquier contradicción, hay que recordar que los mandos bolcheviques eran seguidores fieles de la filosofía elitista del Doctor Terror Rojo, como así se le conocía a Marx. Y éste, entre otras lindezas, había sentenciado –léase su Carta a Adolf Cluss, de 20 de julio de 1852- que “no hay burros más grandes que estos trabajadores… Mira a nuestros “artesanos”;  triste que la historia del mundo deba ser hecha con tales personas”.

1933, Alemania

En enero llega al gobierno una coalición revolucionaria de ultraderecha, el Partido Nacionalsocialista  Alemán. Su líder, Adolf Hitler, pretende por nostalgia resucitar las glorias de la gran Alemania. Y desde una filosofía discriminatoria del derecho pondrá en marcha un nacionalismo basado en la creencia de “pueblos”  genéticamente inferiores. El racismo político (que entrañó la construcción de los campos de concentración) había otorgado patrimonios fabulosos a la selectísima y minoritaria casta nazi, patrimonios y riquezas obtenidos por medio de la práctica de los trabajos forzados y, no se olvide, por medio de un exhaustivo y minucioso saqueo de las propiedades de quienes eran tipificados enemigos del Pueblo alemán.3

1989, China

Fecha para no olvidar. Se conmemora un deslucidísimo 200 aniversario de la Revolución francesa. Con el derrumbamiento, en 1989, del muro de Berlín, Europa es espectadora del hundimiento del Telón de Acero y del desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, mientras que en Oriente las autoridades chinas luchan desesperadamente por detener las corrientes aperturistas y mantener manu militari el status sumiso del Pueblo, razón por la que llevan a cabo la sangrienta represión del movimiento pro democrático, de la Plaza Tian’anmen, justo cuando los trabajadores iban a apoyar a los estudiantes.

A pesar de la crudeza de los acontecimientos, la fuerza nobiliaria de la clase política china se mantiene indemne año a año gracias al apego de sus élites a situaciones, por repetitivas, incambiables y, por incambiables, repetitivas: cantos al nacionalismo, acaparación del poder, autocracia y despotismo, corrupción generalizada... Y, sobre todo, centralismo y totalitarismo. Lo cual no puede sorprendernos dado que Mao Zedong, el teórico de la dictadura democrática del Pueblo, el hijo de un campesino rico que en la República china llegó a emperador del nacionalismo comunista, había subrayado machaconamente el carácter patriótico del Pueblo en el acto de obedecer a sus guías.

Veinte tres años después de la conocida masacre de Tian’anmen, se ha celebrado en Pekín, en el Gran Palacio del Pueblo, situado frente a la emblemática Plaza de Tian’anmen,  el XVIII Congreso del Partido Comunista. Solo la crème de la crème, es decir, solo 2.268 personas han elegido a 205 miembros titulares (y 171 suplentes) que configurarán el nuevo Comité Central del PCCh. Lo cual es muy llamativo por cuanto, en la actualidad, China ostenta la cifra récord de 1.344 millones de habitantes. Y puesto que en las estructuras nacionalistas el hiperelitismo es norma sagrada –Raymond Aron decía en las páginas finales de su ensayo El opium de los intelectuales (1955) que “los regímenes llamados proletarios, es decir, gobernados por los partidos comunistas, no deben casi nada a la cultura propiamente obrera”-, resulta que por encima de ese Comité Central se alza  el todopoderoso Comité Permanente, integrado únicamente, no podía ser de otra manera, por siete miembros que gobernarán no solo sobre los 82 millones de afiliados con que cuenta ahora el PCCh, el 6’1% de la población china. Sino también sobre los 1.262 millones restantes de esa República. Con la salvedad faraónica de que el presidente de dicho Comité Permanente (que suele ser Secretario General del Partido Comunista Chino) es a su vez el que posee las mayores cotas gubernamentales de autoridad y decisión, nunca vistas en ningún presidente de ningún país del mundo.

1 Anacharsis Cloots, Discours prononcé à la Tribune de la Convention nationale, 27 de brumario, año II.

2 Karl Kautsky (1931), Le bolchevisme dans l’impasse, Quadrige, P.U.F., 1982, p. 94.

3 El robo perpetrado por el Estado nazi, fuera y dentro de Alemania, ha sido detallado por el historiador alemán Götz Aly en La Utopía nazi, estudio que fue traducido al español en 2006 por la editorial Crítica.


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