Blogomaquia

“Practicando kamasutra en un Museo”

Suele creerse que la divulgación de obras de arte está resquebrajando los fundamentos estéticos del arte. Desconozco lo que usted pensará al respecto. Yo solo sé, y tengo razones para juzgar así el asunto, que a la gente no se le puede colgar el sambenito de ser causante del declive del arte por el hecho de asistir masivamente a exposiciones, conciertos u obras de teatro. Dicho de otra manera. La búsqueda del deleite personal no está reñida con las esencias del arte. Ahora bien, con lo que sí está reñido el arte es con el proceso de selección o, lo que es igual, con el modo con que una minoría decide qué es arte y a qué personas hay que llamarles “artistas” y honrarles como tales ante el público.

Entre ferias y engaños

Desde que en el siglo pasado no pocos ojeadores, especialistas y tasadores de “artistas” decidieron abandonar la brújula de la excelencia, el control de las obras de arte anda sometido al juicio estrecho y monofactorial de una minoría de individuos que, en loca trashumancia, trabaja por engordar y cebar la mercancía-arte, e intervenir en los gustos de la mayoría hasta controlar monopolísticamente los puntos de exhibición y venta del arte, y ello con el fin de conseguir, a su favor, suculentas plusvalías, cuando no, fama, relumbre, premios y feria de vanidades.

Con semejantes tejemanejes el mundo del arte (literatura, música, pintura, cine…) ha devenido salón del comercio internacional. Pero sobre todo, y muy negativamente, ha conllevado simulacros y no pocos engaños, pues muchas veces no existen ni por asomo las cacareadas cualidades que se predica de una obra, catalogada “artística” en oscuros contubernios de intereses.

En busca de lo distinto

Los museos nacieron con la vocación enciclopédica de introducir espacios sensoriales, distintos a los que alberga la vida cotidiana. En este sentido podríamos evocar las palabras acertadas del genial artista Gustavo Adolfo Bécquer de “que el alma que hablar puede con los ojos/ también pueda besar con la mirada”, para hacer hincapié en los desafíos visuales que hasta hace poco, se presuponía, encerraban las obras de arte exhibidas en el interior de los museos. Sin embargo, el paso veloz de las modas ha destrozado prácticamente ese ideal ilustrado. Y la profecía del viejo Heráclito (s. VI a. C.) de que todo es cambiante fluidez se ha hecho tan real que los museos de hoy permanecen inmersos en la carrera, cueste lo que cueste, de reinventarse a sí mismos. Y apegados a la política obsesiva de buscar las fuentes del arte en objetos dotados de movimiento real.

Olvidando los criterios de la espléndida exposición del Barbican Center de Londres titulada Seducidos: Arte y Sexo desde la Antigüedad hasta el Presente (2007-2008), los organizadores de la exposición Ausencia de vergüenza (2012) de la galería de arte Kunstcentrum (Silkeborg, Dinamarca) decidieron trazar la cuadratura del círculo. Así, entre la búsqueda sensual de lo distinto y la necesidad de notoriedad, los promotores de la citada exposición pusieron en vivo a dos actores porno que escenificaban sexo.

Sin entrar en cuestiones morales, ¿esto es espectáculo o una apuesta por redefinir, con debate incluido, las leyes de la estética?, ¿es una reencarnación, pobre y alejadísima del original, del Kamasutra de Khajuraho o una estrategia dirigida a poner la pornografía bajo los ojos de la luz del día? En definitiva, ¿la exposición de Silkeborg es arte o simplemente signo de esa confusión de nuestro tiempo que permite denominar a todo arte? Y si me temo que constituye una performance, esto es, una herramienta escénica destinada a producir asombro, pasmo, provocación, entonces, vuelvo a repetirlo, “¿dónde está el Arte?


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