Blogomaquia

Periodismo y malas prácticas

Por pertenecer a un gremio de poco más de dos siglos de antigüedad, los periodistas suelen incurrir con demasiada frecuencia en numerosos defectos. Uno de ellos, quizá el más destacado, asoma en el momento en que se dedican a solapar y a transformar la silueta de las noticias en beneficio de quien posee poder. Ya sé, y no me consuela en absoluto, que las lacras de este periodismo, ruin y cicatero, están demasiado extendidas por nuestro alrededor y parece que están lejos de desaparecer a corto plazo, pese a que algún que otro periódico se haya esfumado estos días y pase al cementerio de las hemerotecas. Sin embargo, cuando La Vanguardia española o El Heraldo de Aragón, por poner dos ejemplos, han pasado de dar vivas al Caudillo de España a buscar remanso en los estanques de los pequeños caudillos autonómicos, no lo puedo remediar, me acuerdo de lo que apuntaba Deodoro Roca. Este periodista y abogado argentino escribía acerca de La gran prensa (1936) detallando la forma característica de dar cobertura a acontecimientos trascendentes. Al referirse a la huida de Napoleón desde la isla de Elba, cuenta Roca que “el periódico más importante de Francia escribía:

El bandido corso intenta volver a Francia.

Al hallarse el bandido corso a medio camino de París, el mismo periódico escribía:

El general Bonaparte continúa su marcha hacia París.

Cuando el general Bonaparte se encontraba a una jornada de París, el periódico decía:

Napoleón sigue su marcha triunfal.

Y al entrar Napoleón en la capital de su perdido imperio, el periódico remataba el proceso de sus informaciones con ésta:

¡Su Majestad el Emperador ha entrado en París, siendo entusiastamente recibido por el pueblo!”

Salvo unos pocos periodistas cuyo cometido radica en  ofrecer investigación al margen de servidumbres y más allá de influencias, la mayoría de los medios de comunicación confunde información con propaganda y, bajo la defensa de su ideología o línea editorial, acaba coartando la búsqueda de la neutralidad, o sea, la llegada de noticias. Sí, es cierto, existe el periodismo amarillo, el periodismo rosa... Pero también, y vista la manera intencionada de edulcorar crónicas para seguir manteniendo al Napoleón de turno, habría que hablar, y con mayor motivo, de periodismo catequético o predicador.

A este respecto y al hilo de la falta de imparcialidad periodística, la escritora y periodista Cristina Fallarás, en La otra enciclopedia catalana (2002), alude a la curiosa práctica del “pesebre” que, según ella, es un “ágape o viaje con el que se obsequia a los periodistas con el fin de salir en los periódicos. Nadie sabe por qué no se le llama soborno o coacción”.

Dejo para otro momento el tema de la endogamia profesional, ya que ahora interesa resaltar que somos logófagos, esto es, comedores de palabras. Y dado que vivimos en medio de bosques de significados o, como  insistía Baudelaire,  en medio de “bosques de símbolos”, el relato periodístico debe dejar hablar a los protagonistas y no juzgar ni vetar la realidad, pues de lo contrario puede pasar lo que ya señaló con enorme sarcasmo el escritor y periodista vienés Karl Kraus: que “los periodistas escriben porque no tienen nada que decir”.


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