Blogomaquia

Mayo del 68, un juguete roto

Con los alborotos de “Mayo del 68” los muros de la Sorbona se llenaron de dibujos y grafitos. Y en una de las pintadas se leía: “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo no me encuentro muy bien”. Jean-François Lyotard nos explicaría en su libro La condición posmoderna (1979) que eso no obedecía sino a la caída de los grandes relatos políticos. Sin embargo, la observación sobre la deriva de las ideologías se había originado mucho antes, al otro lado del Atlántico, en concreto a partir de los análisis del neoyorquino Daniel Bell que, al inicio de la década de los 60, ya insistía en las esclerotizadas concepciones ideológicas de Occidente.

¿Por qué se insiste románticamente (y con ardor de santoral) en el “Mayo de 68”? Si es por profesar un culto a las protestas, ahí están las de Berlín de 1953, las de Budapest de 1956, las de Praga de 1968, etc., protestas sobre las que, qué contradicción, se pasa de puntillas y clandestinamente en cumplido sigilo.

El sesentayochismo francés

Hace 45 años, corría el 4 de abril del año 1968, el  doctor en Filosofía, también sacerdote de la Iglesia Baptista y Premio Nobel de la Paz, Martin Luther King, era asesinado en el balcón del motel Lorraine, en la ciudad de Memphis. Luther King que se había puesto al frente del Movimiento por los Derechos Civiles, además de significarse en muchas protestas contra la segregación laboral y la pobreza de los afroamericanos, fue absolutamente contrario a la Guerra de Vietnam. Recordamos este suceso porque el “sesentayochismo” arrancó del seno de colectivos pacifistas,  multitudinarios en EE UU, que eran enemigos frontales de la intervención de su gobierno en la Guerra de Vietnam (1964-1975). Sabemos que las quejas de la población norteamericana encontraron respuesta en la otra orilla del océano. De hecho, alcanzarían su clímax unas jornadas después en el París del 15 mayo cuando grupos de estudiantes ocupan el teatro Odeón y, al día siguiente, un colectivo autodenominado “Comité  de Ocupación de la Sorbona” lanza una proclama pidiendo a los principales centros industriales de toda Francia secundar una huelga. Lo que se calla es que el movimiento estudiantil no obtuvo las muestras deseadas de respaldo obrero.

¿Desconfianza de los trabajadores o extravagancia histórica?

No es ninguna extravagancia histórica, pues diez décadas atrás, en 1866, los delegados franceses que asistían al Congreso de Ginebra proponen que la composición de la Asociación Internacional de los Trabajadores (o Primera Internacional) esté constituida por verdaderos obreros, o sea, por trabajadores manuales, y no por intelectuales. Por otro lado, en este divorcio histórico entre cuerpo y  mente, entre obreros e intelectuales, no hay que subestimar que muchos miembros de la clase “erudita” siempre han tenido aspiraciones tan intervencionistas como igualmente elitistas, aspiraciones semejantes a las que describió Platón en su República o el propio Morelly en su utopía de las Islas Flotantes.

Viene a cuento reseñar esto porque, a pesar de que figuras de gran proyección icónica se pusieron delante de las pancartas colaborando con el movimiento estudiantil parisino –piénsese dentro de la izquierda en el afamado Jean-Paul Sartre-, la movilización del sector proletario fue, lejos de lo esperado, escasa. Pero, ¿cómo explicar tal paradoja cuando los que hablan en nombre y por el bien del proletariado no reciben el querido y esperado apoyo de ese proletariado?

A diferencia de Martin Luther King que recorría a pie el terreno y conocía detalles de primera mano de lo que les sucedía a los trabajadores de color, los estudiantes parisinos jugaban, primero, con teorías y, luego, adscribían al  proletariado un papel pasivo, o sea, de simple corifeo dentro del guión-protesta. La prueba de ello está en el maestro de Baudrillard, hablamos del revolucionario y filósofo Guy Ernest Debord, que era nada menos que uno de los personajes más influyentes de Mayo del 68, amén de fundador de la Internacional Situacionista cuyo objetivo era acabar, a imagen de los deseos dirigistas de Marx, con el capitalismo y la sociedad de clases.

“No es bueno para la clase obrera que no tenga mártires”

En este cuadragésimo quinto aniversario de Mayo del 68 conviene sacar a la luz una anécdota muy jugosa. Para LouisAlthusser la causa del frustrado conato revolucionario obedeció a la falta de un martirologio. Juzgaba este célebre filósofo marxista que “cuando la revuelta termina en fracaso sin que los trabajadores sean masacrados, no es necesariamente algo bueno para la clase obrera que no tenga mártires que llorar o conmemorar”. Esto nos lo contó Tony Judt  en su libro Sobre el olvidado siglo XX (1994-2006), tras estar en París asistiendo a las clases de Althusser.

Ahora bien, lejos de las bondades del derramamiento de sangre, defendidas por Althusser, impostura que nos suena a Thomas De Quincey con su obra Del Asesinato Considerado como una de las Bellas Artes (1827), resulta que a un actor de primera línea del sesentayochismo, como Jean-Claude Milner, no le va a doler en prendas reconocer que “el Mayo del 68” solo concernió “a la pequeña burguesía intelectual y a nadie más”. Así lo cuenta sin tapujos en su libro La arrogancia del presente (2009).

¿Solo concernió a la pequeña burguesía intelectual? Hay motivos para creerlo así, puesto que la planificación por parte de líderes universitarios, de huelgas y protestas generales no obtuvo respuesta unánime. Por eso, Theodore Roszak llegó incluso a reprochar a los estudiantes parisinos que intentaran aliarse con miembros de las clases no intelectuales. Y es que este profesor norteamericano, autor del célebre El nacimiento de una contracultura (The Making of a Counter Culture: 1969), seguía al pie de la letra los consejos del elitismo y señalaba que los obreros no eran gente fiable, pues lo que quieren es comer y que se mantenga operativo –valiente ordinariez- el sistema de producción, objetivos que eran antitéticamente contrarios a los intereses elevados de la contracultura que animaba a los mesías y salvadores del mundo. Y dirigentes de la revuelta juvenil, meditaba Roszak.


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