Blogomaquia

De Lolitas, incestos y otras consideraciones

Desconozco si vivimos bajo el signo de la anemia o la anomia moral. Pero sí sé, en cambio, que cuando los medios de comunicación tratan ciertos temas, el nivel de debate que afloran es preocupante. Y manifiestamente mejorable. Traigo esto a colación porque en los días pasados se ha prestado enorme atención a la relación incestuosa de Patrick Stuebing y Susan Karolewski, dos hermanos consanguíneos alemanes. Y al difundirse  que él,  Stuebing, había sido condenado en 2005 a pena de prisión -Susan Karolewski no fue imputada por padecer trastornos de la personalidad-; y al airearse recientemente el fallo del Tribunal europeo de Estrasburgo que, no dando la razón a esta pareja,  ha ratificado la sentencia de la justicia alemana, bajo el argumento de la protección de la familia; el ruido que se ha armado ha sido tal que no ha habido ningún medio,  escrito o televisivo, que no haya cedido algún fragmento de sus espacios para departir algo al respecto.

Y digo “ruido” por el modo facilón y, sobre todo, simplista de barajarse argumentos en la exposición de esta noticia. El Mundo, por ejemplo, nos recuerda que los abogados de Stuebing  apuntan a la ideología del nazismo como causante de la persecución de Patrick. Gil Calvo, en El País, afirma categóricamente que el incesto “es delito en Alemania porque su modelo de familia es arcaico”, mientras que los informativos de Telecinco incidían en planteamientos oscuros por generalistas hasta expresar sin matices que en Francia, en Turquía, en Japón y Brasil “las relaciones sexuales entre parientes son legales”.

Menos voces en el gallinero y más tiempo para pensar, por favor

De las familias numerosas, numerosas porque en un mismo domicilio convivían abuelos, padres e hijos, se ha pasado en un brevísimo lapso de tiempo a las familias básicas o nucleares, constituidas por padres e hijos, y con más frecuencia a las unidades familiares monoparentales, compuestas por un cónyuge y sus descendientes. El sociólogo francés Émile Durkheim  ya a principios del siglo pasado explicaba que las variaciones de la familia  estaban inmersas en un proceso de contracción, de reducción. A lo que matizo exponiendo que a ese fenómeno contemporáneo de miniaturización de la familia se suma también y superpone un proceso de complejificación de las relaciones de parentesco.

Algunos sostienen a la vista de los cambios acaecidos en los últimos cien años que la familia está en sus peores momentos, a punto de desaparecer inclusive. Nada de eso, pues a pesar de los ataques que recibe el modelo tradicional (exógamo y heterosexual) de familia, la institución de la familia se mantiene más viva que nunca y además, en tanto  microorganización con fuertes lazos emocionales y vínculos cooperativos y económicos, la familia como grupo social está demostrando que es  capaz de vehicular maneras distintas y complejas de entender las relaciones de parentesco. O lo que es igual. La institución familiar es lo suficientemente abierta y flexible para permitir que coexistan en su seno, al menos en España, estructuras convencionales y no  convencionales. Así entonces, junto a las familias de heterosexuales conviven las familias de homosexuales. Y las familias basadas en crear un linaje propio han dado paso, enriqueciendo el horizonte filogenético, a las familias adoptivas o putativas.

El tabú del incesto

Una de las cosas que llama la atención es ver cómo pseudointelectuales y pseudoperiodistas convierten su opinión personal en noticia al tiempo que omiten que la democratización del amor; que la caída de la influencia del parentesco en la elección y formación de parejas; que la desaparición del derecho de dominio (paterno o materno) a la hora de regular el futuro sexual y familiar de la descendencia; que la pérdida de un marco familiar edificado en el aislamiento y en la endogamia; van históricamente en contra de las prácticas del incesto.  Y eso sin mencionar los riesgos de malformación genética que conlleva. Recordemos que los hermanos Patrick Stuebing y Susan Karolewski son padres de cuatro hijos, de los cuales dos son discapacitados.

Al margen de esas uniones entre hombres y mujeres que deciden en edades “adultas” surcar los mares de la endogamia, el incesto existe en un 99% de los casos no como un gesto de libertad, sino como ejemplo y prototipo de violencia y coacción, pues desde el momento en que un ascendiente ejerce sus apetitos sexuales por la fuerza, la experiencia o por el uso embaucador del poder, se apropia del cuerpo de sus descendientes y los viola de forma ininterrumpida y sistemática. Lo increíble es que estas relaciones “asimétricas” por desigualitarias ahora se denominan “abuso sexual”, y no “incesto”, quizá debido al tabú del incesto que nos prohíbe propiamente hablar del incesto o, no lo descartemos, quizá también al hecho de que la sociedad humana no ha superado la pedofilia de aquel aún no remoto pasado civilizatorio nuestro. Y eso que no hablamos de los burdeles que prosperan en las periferias de Occidente y donde se prostituyen a niñas y chiquillos huérfanos, raptados, vendidos por sus familias… y sin medios económicos.

Pobres Lolitas

Junto al incesto que ejecuta el padre existe, aunque menos conocida, la práctica de incesto por parte de la madre. Pero en ambos casos tal conducta deshumanizadora y esclavista siempre supone el sometimiento de la prole a los deseos sexuales de “omnipotencia” del progenitor. Lo que significa que el incesto no es bueno para las niñas, como tampoco lo es para los niños cuya infancia es convertida en una cárcel, en un auténtico infierno. Es más, el incesto carece de cualquier poética, amén de esconder en las mazmorras de las tragedias familiares un enorme bestiario de historias horribles, sobre todo para quienes devienen víctimas. Ahí está el comportamiento del “Monstruo de Amestten”, el cual mantuvo cautiva a su hija durante 24 años, o el descubrimiento reciente del “Monstruo de St. Petr Am Hart”, padre que encarceló a sus dos hijas abusando de ellas cerca de 40 años y desde que tenían 12 y 4 años de edad respectivamente.


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