Blogomaquia

Jean-Paul Sartre & Cía

Algunas de las narraciones que tejen y entretejen los nudos de la Historia son más falsas que una falsa moneda. “Falsas” porque adoptan una estructura cerrada, mitológica, propia de crónicas “legendarias”.  “Ilusorias”, lo vuelvo a subrayar, porque dichas narraciones resultan fragmentarias y lo que en ellas se omite posee más valor que lo que se cuenta.

El ejemplo paradigmático de ficción histórica recae en la figura de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). No incidiremos en la nadería de aseverar que era suizo cuando motu proprio solicitó abandonar la nacionalidad suiza y pidió la ciudadanía prusiana, cosas que consiguió. Tan solo recalcaré que hasta la fecha de hoy Jean-Jacques es considerado “el padre de la pedagogía”. Ahora bien, ¿usted aplicaría tal honor a quien fue incapaz de educar a sus hijos? ¿Destinaría este título a un individuo que, como él mismo explica en sus Confesiones, sentía “incapacidad  para aceptar semejante ocupación” y ser preceptor de sus vástagos? ¿Mantendría la entelequia de elogiar a un hombre cuyo comportamiento, allende la oratoria de sus reflexiones, le conducía a desprenderse de cada uno de sus retoños arrancándolos, recién nacidos, de los brazos de su compañera sentimental Thérèse Levasseur? Es más, ¿usted consideraría justificado ubicar en Rousseau el origen moderno de la didáctica después de saber que este pedagogo recluyó en el orfanato del “Hôpital des Enfants-Trouvés” a sus cinco hijos con el fin de deshacerse de todos ellos?

Cuestión de detalles

Que las frases manidas gustan es una evidencia. Que pocas veces, envueltos en la crisálida de los tópicos, rompemos telarañas, también. Y así nos va, ya que, seducidos por la aureola dogmática del “se dice”, somos incapaces de abrir la ventana y dejar entrar aire fresco. De este modo, y a lo somormujo, en manuales y libros se lee aún que el escritor y filósofo norteamericano Henry David Thoreau  (1817-1862) subsistió al margen de todo contacto con la civilización durante dos años cerca del lago Walden. De esta experiencia ascética, casi cartuja,  sabemos que Thoreau –el autor de La desobediencia civil, el trovador de la naturaleza, el poeta de la vida sin artificio, el fustigador de los vicios de la era industrial-  compondría y publicaría Walden, la vida en los bosques (1854), nombre que inspiraría al psicólogo conductista B. F. Skinner la utopía homónima de Walden II.

Desconozco si Thoreau, internado en la espesura del bosque, quiso emular las proezas de Robinson Crusoe, personaje inventado por Daniel Defoe en 1719. Lo que sí sé, y apenas se comenta, es que la cabaña que guareció al célebre Thoreau no quedaba apartada ni mucho menos separada de familia y amigos. De hecho, la “mamá” de Thoreau acudía al refugio de su hijo de forma periódica. Y acarreando viandas y ropa limpia, comme il faut!

¿Qué haríamos sin las madres?

Curiosamente, y ahora que hemos sacado a la luz el halo protector de las “progenitoras”, refrescaremos la memoria recordando una anécdota acerca del pensador francés Jean-Paul Sartre (1905-1980). No evidenciaremos hoy los errores políticos en los que éste sobresalió con sublime y Nobel torpeza. Pero sí incidiremos en la incongruencia nada trivial de este laureado universal. Y es que mientras las lucubraciones metafísicas habían hecho ciar a Jean-Paul Sartre y defender el encierro o, mejor, destierro del yo a las jaulas del yo, él admitía, en contra de la idea milenaria de Aristóteles sobre la sociabilidad humana, que el ser humano estaba solo, sólo consigo mismo.

Pues bien, en cierta ocasión, y no siendo ya joven, Sartre recibió una carta de Hacienda, de esas que asustan, en donde se le comunicaba el apremio de una suma brutal de dinero por causa de demora, pues el “filósofo de la existencia”, el  valedor del proverbio de que “la libertad es una condena”, el amigo sin límites del comunismo, había, en un olvido fatal, enterrado la obligación ciudadana de estar al día en el pago de impuestos que, claro está, no se le había ocurrido abonar. Sumamente atribulado por la notificación de la Administración y muy nervioso ante los intereses de demora en absoluto insignificantes, pidió consuelo y alivio a “mamá”. Ésta saldría en ayuda de su afamado y no menos acongojado hijo, y cual madre coraje, en un pispás, se hizo cargo de la deuda que, con magistral amnesia, durante años Sartre había sabido contraer con el Erario Público.

Ángeles patudos

A partir de la Edad Moderna, e in crescendo, vivimos bajo el signo zodiacal de la mitificación de los sabios, tendencia idólatra que entraña una serie de riesgos. ¿Riesgos? Sí, puesto que entre los pensadores abundan los ángeles patudos, o sea, personas a las que se les adjudica belleza, inocencia e idealismo cuando, de facto, no les corresponde ni poseen tales cualidades. Así que, debido al gusto patológico por maquillar aspectos poco favorecedores, de la biografía de los intelectuales se nos hurta e invisibiliza la falta de relación de sus conductas con sus pensamientos. Desde luego, ante tamaña irregularidad hay dos opciones: o afirmamos que somos humanos y, por tanto, seres limitados y, en consecuencia, personas que no habitamos en el Panteón de los dioses y no encarnamos, por ende, ni a Hércules ni a Santos, o cerramos los ojos a la realidad y continuamos abrazados a una imagen de los intelectuales fabulosa, carismática y del todo irreal. Con lo que no podremos nunca escapar del compromiso del viejo filósofo Diógenes que solía, bajo la arquitectura diurna de los rayos del sol, portar en la mano una candela encendida que iluminaba su camino al tiempo que preguntaba: “¿dónde está el hombre?”

Y es que, en caso de no querer ver cómo los hechos desmienten en numerosos momentos las palabras de los intelectuales, nos pasará lo que le ocurrió a George Sand cuando de “San Rousseau”, como así le llamaba ella, apuntaba que era sexualmente impotente y, con interpretaciones maliciosas, respaldaba que los hijos de Thérèse eran fruto de relaciones con otros hombres.1 O peor todavía. Si persistimos en sentir atracción por farsas e imaginarios, podremos en un hazmerreír crear esperpentos negacionistas, como el que desarrolló Frédérica Mac Donald, la cual  llegó a señalar que Thérèse Levasseur jamás tuvo hijos y que los abandonos en el orfanato no eran más que una patraña, un mero invento, una simple fábula, una leyenda en suma.2

1 George Sand, La Revue des Deux Mondes, 15 novembre 1863.

2 Frédérica Mac Donald, La légende des enfants de Rousseau, La Revue Bleue, 22 juin 1912. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba