Blogomaquia

Independence Day, 2ª parte

El Mediterráneo ofrece horizontes abiertos al espíritu. Esta experiencia plural y cosmopolita, rica en encuentros y reencuentros, ha sido en Cataluña abandonada por gran parte de sus élites. En su lugar, ha arraigado la lucha existencialista por entrar a paletadas en las aguas de la Historia. “El problema de Cataluña es un problema de ser”, diagnosticó muy serio en su día ese médico, Jordi Pujol, que filosóficamente anhelaba competir en oscuridad con los oráculos de MartinHeidegger.

Y, aunque opino que el arte de la política nada tiene que ver con los dilemas personales del “ser o no ser”, ahí están con la obsesión ontológica de crear inseguridades y miedos, y de inhibir, claro está, el desarrollo de la “autonomía individual”. Y ahí estamos con las patologías políticas de jurar solidaridad al pasadode “1714”cuandola verdadera lucha por la independencia no se enreda en los dedos de la Providencia, y sí en ayudar a las personas reales a “emanciparse de sus problemas reales”. Sinembargo, estos hombres que “no son”, en sentencia machadiana, "de ayer ni de mañana, sino de nunca" están fletando un viaje a las profundidades de “1714” y, por efecto quizá de la ingesta de aquellas fantásticas “almejas brillantes”, mantienen una perspectiva estrecha de la situación. Eso no les alarma. La prueba está en que, erre que erre, siguen malgastando tiempo, derrochando dinero no propio, incensando el respeto supersticioso al ayer… y cocinando esa golosina de mermelada y azúcares, llena de imaginarios, con la que los Artur Mas et al. se proponen edificar una ciudadela del mañana a base de exclusiones, cuando la realidad es mucho más que catalana, que española… o que nacionalista.

Desatentos a los vientos de la internacionalización, sacralizan a las masas y procuran despertarlas a su conciencia de pueblo anunciando que en una Cataluña identitaria, pura y prístina, auténtica y perfecta, léase independiente, se reducirá hasta la tasa de cáncer. ¡Sí, ha leído bien! Por otra parte, la crítica que lanzan estos políticos recalcitrantemente tradicionalistas halla cura a sus desconsuelos en un relato novelesco que pinta el futuro de una Cataluña “republicana” a partir de los cordones de la “monarquía absoluta” de 1714 que, fíjese bien porque ello es verdaderamente repugnante, resucita los combates fratricidas del Setecientos. ¡Qué vergüenza emplear los muertos de una guerra civil como argumento para rescatar al buen catalán!, ¡cuánto deshonor abrir tumbas y sepulcros para tirarse los huesos a la cabeza!

No reconocen que en 1714 fueron las élites quienes desencadenaron los fuegos de una conflagración criminal cuya primera víctima fue la gente de a pie. ¡Ni lo reconocerán!, pues de la mano de una espeleología nacionalista las actuales élites catalanas, de izquierdas y de derechas, rescatan las cavernas del Minotauro en cuyos laberintos de espesura negrísima dibujan radiantes lances militares, ofensas inexistentes y agravios ilusorios. Ahora bien, en lugar de centrarnos en los conflictos nada edificantes de 1714, ¿por qué no regresar al año 1640, o a la época belicosa de las primeras colonias de la Magna Grecia o, ya puestos, a los asentamientos sangrientos de nuestros antepasados paleolíticos? Convertir las guerras pasadas en política y la política en arqueología es, cuando menos, un errorde consecuencias impredecibles que ensimisma a la clase política y, sin remisión, la aleja de la realidad.

José Montilla dixit

El político e historiador latino Tácito († c. 120 d. C.) observó cómo ciudadanos de su tiempo se dedicaban a mentir sobre el azul del cielo, tales eran los niveles de corrupción imperante. En la época de Artur Mas la Historia se tergiversa hasta niveles detestables y se omite que durante siglos Cataluña ha sido y es tierra de acogida y prosperidad. Tanto es así que, por efecto de las migraciones y los cambios de población entre distintas regiones de España –¡¡¡y no digamos de Aragón!!!-, los 25 apellidos catalanes más habituales en Cataluña no son “Rahola”, “Mas” o “Pujol”, sino “García” (puesto 1), “Martínez” (puesto 2), “López” (puesto 3). Y así hasta llegar a “Ramírez” y “Gil” (puestos 24 y 25).

Un momento, por favor… ¿Se acuerda de José Montilla, del President que abrió la caja de Pandora en la comunidad catalana, él cuya mujer ocupaba 15 empleos simultáneamente, ese “Pep” Montilla socialista y de origen cordobés que, en la recién terminología de J. Pujol, sería tildado de “choni”, “charnego” le calificó Jordi Sevilla? Pues resulta que en medio de tantos frenesíes imperialistas ha hablado y ha dicho: “Me preocupa más allá de las pasiones desatadas y de la multitud de voces sinceramente esperanzadas en un horizonte mítico que supuestamente debe resolver todos nuestros problemas, […] aliviar el sufrimiento de los que ven cómo los servicios básicos –la sanidad, la educación, los servicios sociales, la formación de los parados, la investigación…- van reduciendo su capacidad de respuesta, mientras se tiene la sensación de que la función de los gobiernos se diluye o se ocupa principalmente delagesticulación y la controversia estrictamente política”.

Quo vadis?

No voy a explicar por qué en toda Cataluña el número de noes contra la Constitución española de 1978 apenas llegó a 138.000 papeletas, por qué en las primeras elecciones autonómicas de España el partido de Convergencia y Unión alcanzó en votos solo una cuarta posición. Nada más lejos de mi intención que incidir ahora en que el porcentaje de ciudadanos favorables en 2005 a la independencia era del 13,6% y, solo transcurridos nueve años, en 2014 está situado en el 47%. ¡Sabemos bien lo que ha pasado! Los Arturo Mas no nacionalistas se convirtieron con la moral de rebaño en “Artur” Mas. Y, sobre todo, con el dinero de los contribuyentes, circa 20.000 millones de euros empleados por la Generalidad, han sido costeadas cuantiosas campañas soberanistas, planificadas desde los laboratorios de los despachos oficiales. Y mientras una propaganda política “mentirosa” que crea conflictos donde no los había encuentra apoyo en estómagos agradecidos, por la vía de las instituciones de la administración pública se ha conseguido dar vida a una ideología que extranjeriza al “proximus” o prójimo, y que, lo resaltó Arthur Rosenberg, “encuentra fácilmente un objeto que le permita comprobar a diario su superioridad, y sobre el cual desahogar sus instintos vengativos”.

Por otro lado, en esta metamorfosis sociológica llevada a cabo por la manipulación de las élites catalanas, no hay que olvidar la labor de esos trileros que escriben con el brazo erguido en ademán tribunicio; no hay que minimizar los esfuerzos de esos vasallos, “altavoces” de la burguesía local que “versifican para sus semejantes sobre las nubes”, que diría el Fausto goethiano; no hay que arrinconar a esos trovadores, soñadores acríticos, dizque periodistas e historiadores, que besan las herraduras de sus amos, que viven, ¡¡¡cuánta rebeldía!!!, de alabar a las castas locales, que colapsan cualquier otro ideal que no sea el nacionalista. Y que rara vez hablan de las cuitas de la gente sin poder, o sea, de las tribulaciones del amado, amadísimo pueblo.

Quo vadis? Al nacimiento de una nueva clase.Quo vadis? A un régimen sostenido por hombres y mujeres del aparato, que, en lo esencial, repiten el mismo esquema reaccionario de siempre: corromper el sentido de lo comunitario, dejar en suspense los problemas de la ciudadanía mientras los guías del soberanismo (que han llevado a esta región floreciente a una situación técnica de quiebra financiera por corrupción y mala gestión) continúan multiplicando la burocracia del Estado en beneficio de sus intereses partidistas.

Nota bene

La democracia, sin ser un sistema en absoluto perfecto, constituye el mejor instrumento para conciliar conflictos políticos y rebajar el odio de la intolerancia. Así que ¿catequizar sobre las fragancias arcaicas del pueblo catalán?, ¿invocar la crisálida de épocas momificadas?, ¿ensalzar románticamente la singularidad de Cataluña?, ello supone retornar a escenarios telúricos y rechazar los principios de igualdad. ¿Dirimir las divergencias de intereses al margen de los cauces del estado de derecho?, ¿recurrir al acto de subvertir las reglas constitucionales?, ¿consentir que se cometan excesos antidemocráticos?, todo eso es volver a una jurisprudencia antediluviana que es intolerante a la crítica y a la pluralidad ciudadana, que instaura el uso omnipotente de la ley y, peor, condena al ostracismo a una ciudadanía libre y autónoma, “contraria a las ideologías del culto al Estado”.

Una cosa más. Cuando una clase política se ovilla en la independencia, puede también la ciudadanía independizarse de esa clase política porque, además, si para las personas acusadas del asedio en 2011 al “Parlament” se solicita en Cataluña entre casi seis y casi nueve años de prisión, por la misma regla de tres ¿cuántos otoños entonces les tendría que caer a los Mas e Ibarretxe de turno por hacer otro tanto con el Parlamento español?

Hace unos días comenté que, en Europa, de los alzamientos militares gestados en los cuarteles durante el siglo XX hemos pasado, sin ruptura, a los levantamientos civiles guisados en el seno de los gobiernos regionales.Lo cual sí genera grandes conflictos, a los que se añade el inconveniente de los líderes nacionalistas de Cataluña que caen, a pesar de la durísima crisis económica, en la radicalidad “ultraclasista” de abrir embajadas en el extranjero y simultáneamente cerrar plantas enteras de hospitales. Debe ser cosa del gran amor hacia el pueblo que profesa la mayoría de nuestras élites catalanas, amor que implica, no hay error, sacrificarle y… estrangularle en el pozo de las facturas de la orgía nacionalista, idea que ya apoyó el famoso Saint-Just (1767-1794) cuando este revolucionario francés por su infinito amor al “Pueblo” justificó que era lícito infligirle hasta las peores miserias y sufrimientos.

Sin duda, ¡a todo lo consideran progresismo, incluso a cualquier cosa lo llaman independencia!, para eso están los Immanuel Kant de hoy que contemplan, arrobados, el espectáculo y no reparan en las tejas que caen encima de los demás.


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