Blogomaquia

“La Historia, presa política”

Cuando creemos que somos lo que contamos de nosotros mismos, entonces la Historia, con mayor y superior motivo, suele ser el abrevadero de cuyos relatos vivimos. De ahí el valor mayúsculo que arrostra la Historia; de ahí la tentación de manipular el discurso narrativo del tiempo y tomar la Historia como ese sitio que no admite otros sitios.

Me explico: del déficit democrático a una concepción cerrada de la Historia apenas hay distancia. Y, aunque obvio, no es menos trivial observar cómo gobernantes de tendencias antidemocráticas quieren hacer bailar la Historia al son de sus intereses hasta convertirla en apéndice subsidiario de la política. Pero la Historia a la carta, por más que se empeñen en administrarla ciertos dirigentes, siempre trasciende una visión cerrada del ayer. Y si no hay un solo futuro, por lo mismo tampoco se puede denominar “Historia” a un discurso oficialista “único” del tiempo. Ya lo intentó (y fracasó) Enrique IV al imponer por ley, a través de su edicto de Nantes (1598), que “la memoria de todo lo pasado […] se apague y adormezca, como si no hubiera sucedido”. También lo intentaron (y asimismo naufragaron) los amantes de la dictadura, los comunistas y nazis, tras monopolizar y transformar la Historia en una ideología monocausal.

La Historia no es, en fin, retórica. Tampoco dominio exclusivo de los políticos. Es ante todo factualidad y, por tanto, fuente continua de investigación. Por otro lado, y en tanto escenario dialéctico en el que confluyen lo nuevo y lo viejo, la Historia se escribe y reescribe a medida que llegan nuevas generaciones porque, entre otras cosas, somos animales desdoblados, léase, con conciencia del paso del tiempo. Y en la labor de los historiadores, labor que consiste en bajar por los túneles del ayer, nunca está alcanzar la verdad en su esplendor, puesto que captar la esencia absoluta y eterna de todos y cada uno de los sucesos antiguos constituye una tarea hercúlea, sobrehumana, inalcanzable para cualquier mortal.

“Poufs” históricos

Está claro que la obsesión por el pasado delata en los políticos su desinterés por el presente, y que del abandono de los problemas actuales deriva la defensa de una Historia “crisálida”, en cuya matriz la memoria ha sido cosificada, enjaulada. Y las efemérides y demás acontecimientos, una vez desvirtuados o descontextualizados, resultan mera colección de fetiches. De una objetividad, por tanto, sin objetos nace una Historia de culto y para el culto, de acólitos y para seguidores. Por lo mismo, de una realidad construida fraudulentamente sin hechos, “sólo lo que no ha ocurrido no envejece”, comentaría Schiller.

Teniendo en cuenta que la política es un acto de poder, en este siglo XX, definido por J.F. Revel como “el siglo de las sombras”, la Historia que manejan los políticos no es “Historia”; es fraude, falsificación, es mito a lo sumo, y más cuando se afanan en confundir la “Historia” con la “fuerza del destino”. Y tratan de maquillar lo sucedido con una lectura premeditadamente victimista.

A estas tendencias hay que unir la injerencia de muchos profesionales (???) que se venden al poder político y para quienes, “como la mentira llega siempre laprimera, la verdad no encuentra ya sitio” (Gracián). Lo cual es grave. Y ello por el hecho de que historiadores, filósofos y periodistas de hoy proponen dar vida a escenas irreales (igual que aquellos diseñadores de poufs que construían peinados femeninos con barcos, escenas cartográficas y elementos botánicos) y se dedican además a deformar los hechos y hacer de la Historia (nacional o local) un enorme tótem cardado de reliquias y episodios inmutables. Por supuesto, eso no es Historia, es Historia “teatro” (G. Bueno), es Historia “museo imaginario” (R. Aron), es “nostalgia” (A. Camus), “búsqueda de legitimación” (M. Onfray).

Bien, contra estas tretas de embaucadores y cuentistas recuerdo al politólogo Maquiavelo quien en El Príncipe (1513), o sea, hace 500 años, ya advertía la conveniencia de andar por los caminos reales de la verdad antes que por las rutas de la imaginación.

El abuso de las emociones

En los simulacros historiográficos los falsarios buscan echar deliberadamente arena a nuestros ojos, reducir, gracias a la persuasión y la propaganda, la Historia a simple romería de emociones. Así se explica que los militantes y líderes de ISIS apelen a la Edad Media para justificar sus actos de sangre. Y mientras los serbios de la ex Yugoslavia mantienen aún viva el aura romántica de la Batalla de Kosovo (1389) que enfrentó al ejército serbio frente a las fuerzas otomanas, en Francia el político Jean-Luc Mélenchon & Cia andan enredados en un hondísimo festín sentimental, salido de un conflicto hermenéutico sobre la memoria de la Revolución francesa.

Digamos que diluir la memoria autobiográfica en una serie de recuerdos institucionales sirve para edificar una  memoria colectiva…… a costa de las propias vivencias y evocacionespersonales. Lo cual constituye una de las manipulaciones más feroces e indignas de la Historia de nuestro tiempo. David Rieffha escrito a este respecto  Contra la memoria (2012) argumentando que “no se puede conjugar el verbo recordar en plural a menos que nos refiramos a los que presenciaron lo recordado, pues recordamos en cuanto individuos, no como colectividades. Por ende, es imposible referirnos con seriedad a la memoria colectiva de un pueblo del mismo modo en que nos referimos a la memoria individual”.

La Historia “amañada”

Llegado a estos niveles de desfachatez, pongo punto final. Y recurro a las palabras de la filósofa Simone Weil: decíaen 1943que “se tiene miedo a leer cuando se percibe  la cantidad y enormidad de falsedades materiales expuestas sin vergüenza, incluso en los libros de los autores más reputados. [...] ¿Qué sentido tiene alegar que los autores van de buena fe? [...] Un guardagujas culpable de un descarrilamiento que alegara buena fe no sería precisamente bien visto”.

Entonces, ¿por qué acunarse en la memoria colectiva y tirar por la borda el conocimiento de la Historia?, ¿por qué conceder más valor al relato que al dato? La respuesta no radica en la evidencia de encontrarnos bajo una crisis de credibilidad o bajo la quiebra del concepto de verdad. La respuestase halla en la contaminación que genera esaterrible dependencia ideológica de intelectuales. Y políticos.


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