Blogomaquia

Golpismo de corbata

¿Todo es discutido y discutible? Parece que sí, gracias al espíritu juguetón de la Modernidad a la que siempre le gustó, y desde sus orígenes, saltarse los límites establecidos para, una vez superados, y con las alforjas del camino, volver a buscar demarcaciones y reiniciar otros viajes transfronterizos. Así, entre brinco y brinco, y con la aventura de implantar atlas jurídicos rupturistas, los actos de rebelión lograron encumbrar a quienes ejercitaban la religión de la protesta. No olvidemos que la Modernidad fue hija dilectísima del Protestantismo.

Una pregunta: ¿si se admite que todo es discutible, podremos criticar el principio mismo de que todo es discutible? En teoría sí. En la práctica no, ya que con demasiada frecuencia los contradogmas suelen devenir dogmas. Y quien se atribuye la auctoritas rebelde de luchar contra el statu quo acaba estrangulando cualquier opinión política divergente, disidente o mínimamente contraria.

La insumisión rara vez luchó a favor de las libertades individuales. Y sí por el contrario, y a partir de 1789, en pro del fortalecimiento de la maquinaria del Estado

Falsos modernos

Lejos de aquellos Hegel que, al ver cabalgar a los Napoleones de turno, creyeron percibir en ellos la grandeza del Espíritu del Tiempo, el filósofo Santayana soñó en una ocasión, cuentan las crónicas, con unos caballeros armados. ¿Adónde van", preguntó George Santayana. "A libertar a los pueblos?, le contestaron. "¿Libertarlos de qué?, inquiría de nuevo Santayana. "De las consecuencias de la libertad", zanjó uno de los caballeros.

Saco a colación esta anécdota porque, aunque asociada a la justicia, la insumisión rara vez luchó a favor de las libertades individuales. Y sí por el contrario, y a partir de 1789, en pro del fortalecimiento de la maquinaria del Estado.Este es el motivo por el que los políticos que invocan la indisciplina dejan de ser modernos en el momento mismo en que en nombre de la supervivencia de las instituciones nacionalistas no permiten que arraigue no digo la indisciplina que ellos se arrogan, sino el uso de una libertad ciudadana no tutelada, primer escollo. Y como siempre, segundo problema, acaban segregando a grupos de población que no piensan o actúan del mismo modo, en el alumbramiento de un futuro orden estatal esos pseudomodernos se erigen por encima de la realidad. Y, peor aún, bajo la creencia tirana de que la Razón está solamente de su parte, se apropian de la interpretación absoluta de las leyes, tercer y último inconveniente.

Totalitarismo democrático

Ni que decir tiene que en la mayoría de los movimientos contemporáneos opositores al sistema constitucionalista funciona el fundamentalismo democrático. Tanto es así que sus profetas, amurallados en el status de impunidad-inmunidad, o sea, amarrados al privilegio de no ser criticables ni discutidos, defienden qué mojones legales han de ser arrancados. Y al tiempo que impiden a los demás poner en solfa lo que ellos discuten, afirman que "en democracia se puede hacer absolutamente todo".

Tamaña ilimitación -pedid todo, reclamad lo ilimitado- explicaría muchas cosas. Por ejemplo, la alianza de los anarquistas (que solo se admiten a sí mismos como principio de autoridad) con los revolucionarios burgueses (que no respetan más normas que las suyas propias). ¡La fantasía de la autarquía crea, sin duda, extraños compañeros de cama!

Además, el que cualquier cosa sea posible dentro de la democracia totalitaria conlleva la aberración de dejar fuera de control a los nuevos legisladores. Es decir, implica retornar a las antiguallas rousseaunianas del "Estado-Persona", entendido como proceso jurídico-psicológico en el que el ardor emocional de los individuos se hermana a la Ley que previamente ha dictaminado el Soberano en tanto encarnación de la Voluntad Colectiva.

Son los insubordinados de clase alta, los niños mimados por la alta política, los que se colocan allende las reglas del estado de derecho

Decisionismo contra constitucionalismo

Ante estas formas predemocráticas de entender la democracia resulta oportuno traer a la palestra las teorías de Hans Kelsen y Carl Schmitt. El primero desarrollaría una concepción constitucionalista del Derecho, un normativismo legal de carácter universal que excluye referencias ideológicas y juicios morales diferencialistas. En contra de los valores de la democracia parlamentaria que Kelsen expuso en sus Problemas capitales de la teoría jurídica del Estado (1911), Carl Schmitt escribiría casi diez años después su Teología política (1922), una obra que defiende,en las antípodas de Hans Kelsen,un Estado guiado por un político o Soberano que por decisión propia se sitúa al margen del ordenamiento jurídico y se inviste de la capacidad de suspender los mandatos legales contenidos en la Constitución.

Sin duda, estos días nos encontramos ante una encrucijada de trascendencia monumental. Y, por ello, ¿instamos a los dirigentes a que se muevan en el espacio democrático de la ley o acaso les justificamos que rompan la baraja a su gusto y que arremetan al estilo schmittiano –léase nietzscheano- contra el garantismo democrático constitucionalista?, pues al fin y al cabo son los insubordinados de clase alta, los niños mimados por la alta política, los que se colocan allende las reglas del estado de derecho y, tras adueñarse del tenor y dirección de las leyes, legitiman las consideraciones políticas sobre los golpes de estado, proyecto que antes que C. Schmitt supo exponer aquel parisino, de nombre Gabriel Naudé, en 1639.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba