Blogomaquia

Felipe VI y la res publica

Si incluimos la fecha del alzamiento, treinta y nueve años estuvo el Dictador en pie, hasta que la muerte pudo con él. Treinta y nueve años ha cumplido también Juan Carlos I al frente del Reino de España, cosa que fue posible merced a aquella decisión de El Generalísimo de incorporar al Borbón a la estructura administrativa de la nación española. Por coincidencias nada agraciadas, a lo expuesto hay que arrrojar este detalle: mientras la política de los golpes de estado ha sido civilizada gracias a la costumbre de oír a las urnas, la monarquía no se ha modernizado demasiado con el paso del tiempo y más cuando el fundamento de esta institución continúa basándose en la fragancia de genéticas legendarias y, lo peor, sobre ese inexplicable principio de “excepcionalidad”, “irresponsabilidad” e “inviolabilidad” legal que rodea a la figura del Rey por el artículo 56.3 de nuestra Constitución.

Tienen razón los adversarios de la monarquía: ésta encaja mal con la democracia, igual que no casa nada bien el sistema democrático con esos dirigentes políticos tan estrechos de miras, tan canallas, que parasitan por los cuatro costados esta pobre piel de toro y que desde la muerte del “Patriarca”, en 1975, llevan años adaptando la política a sus intereses particulares y procurando en las autono “suyas” la confusión entre el carácter público del Estado y la propiedad privada, cuando no, alentando il risorgimento de nuevos privilegios, de nuevas aristocracias, de fuertes monopolios. Así, gracias al control de las administraciones del Estado, los miembros de las corporaciones políticas han logrado en estos casi 40 años adjudicarse miles de puestos de trabajo y, a dedo, aumentar el tejido improductivo del Estado a costa del mal funcionamiento de la cosa pública y, sobre todo, a costa del bienestar, marginación y futuro de la ciudadanía.

La hora del radicalismo ideológico

Es un hecho, la corte borbónica, por no zanjar en su momento sus excesos, ha perdido prestigio y legitimidad. Y a borbotones. Otro tanto ha sucedido en los reinos autonómicos y central. Y no solo eso. La sincronía, en desvergüenzas, de la familia real y las familias políticas ha sido inimaginablemente perfecta por estos lares, y eso que ahora algunos señalan, tras salir de su letargo, que a río revuelto “república” por qué no.

Por puro realismo digo que aunque se guillotinaran de raíz todos los resabios aristocratizantes, incluyendo la institución de la propia monarquía, los vicios aristocráticos de nuestra clase política persistirían sin embargo. Y persistirían porque las arbitrariedades palaciegas de nuestros nobles, perdón, políticos alcanzan tal nivel de calamidad, tal profundidad, que no desaparecerían en un ansiado, pispás, horizonte republicano. Y el que la crisis de legitimidad del sistema democrático español proceda del comportamiento de su clase política, acostumbrada a campar en la neblina de la impunidad-inmunidad, eso cierra a cualquier mortal la posibilidad de higienizar los organismos políticos, financieros y culturales del país.

La falta de ejemplaridad de nuestras élites, también la de algunos miembros de la familia real, ha sido la tónica, para nuestra desgracia. Lo cual evidencia que a la deserción política de controlar a quien tiene autoridad le sigue siempre el desinterés por el bien de lo público.Y al revés: que, perdido el significado de aquel mítico artículo 2 de la Constitución de 1812 que rezaba la nación española “no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”, la multiplicación de las oligarquías y de sus iniquidades ha sido consecuencia del generalizado descontrol por parte de los representantes públicos.

No espere, pues, a que nuestros políticos, incluso los más levantiscos, pongan fin a la corrupción y castiguen los abusos de los suyos por la vía civil y/o penal. Tampoco crea que, bajo la crisis de representación que padecemos, esos mismos políticos vayan a limitar la concentración del poder y a democratizar la democracia. ¡Antes se proclamará la independencia en el barrio de Torrero de Zaragoza que lograr que los votos valgan matemáticamente lo mismo en Jaén y en Vitoria, y bajo el formato de listas abiertas!

Entonces, la república no es algo ideológicamente revolucionario. Lo radicalmente revolucionario en un régimen monárquico o republicano es la democracia, o sea, neutralizar, inhabilitar y castigar a quien delinque, sea cual sea el puesto que ocupe.

Entre el colapso y el despotismo

El fracaso de la democracia española confirma la voracidad soberanista de sus élites. De otra manera: de 35 años a esta parte apenas ha habido decisiones políticas que vayan más allá del ámbito partidista de reyezuelos locales, “irresponsables” e “inviolables”. Y a la vez que ha ocurrido esto ha prevalecido el poder superlativo del sectarismo. Y mientras creció a nuestro alrededor la arbitrariedad, con fuerza semejante predominan el aventurerismo político y esa testaruda tenacidad de ciertos “intocables” regionales de desobedecer y no cumplir las leyes de aquella Constitución que surgió de los pactos, llamaba irónicamente Paco Umbral, de la “Santa Transición”.

¿Cómo hemos llegado adonde hemos llegado? Primero, porque los pactos de la Moncloa carecieron, ya desde su origen, de la solidez y altura que el mito histórico les presupuso más tarde. Luego, porque la inobservancia de los preceptos constitucionales ha sido en estos largos lustros la pauta habitual de las élites directoras de este país. Y en tercer lugar, y esto no es menos importante, porque al político español le gusta sacar “por la mañana la escopeta al brazo, resuelto a cazar al revuelo algún decreto vistoso, como un faisán, con el cual contentar la apetencia de su grupo, de su partido o de su masa cliente”, denunciaba Ortega y Gasset en aquella conferencia, célebre, que tituló la Rectificación de la República.

Llegados a este punto de caos y entropía, queda claro que nuestros políticos, estafadores del bienestar social, están ciegos al sacrificio de los vivos. Y, al ser incapaces de adecuarse a las reglas de la democracia, ni saben gestionar con justicia los recursos del Estado ni, mucho menos, solucionar por el bien de la ciudadanía los problemas que la aquejan y asfixian. Y es que, entre el despotismo de la improvisación y la reiterada conculcación del principio de igualdad de todos los españoles, aquí no hay quien pueda hacer algo serio. Y democrático.

¿El futuro del futuro?

Con la crisis económica, con el recorte de los programas sociales, con el aumento de la pobreza, y sin una sólida tradición democrática en 39 años transcurridos, Juan Carlos I cede a su hijo una herencia envenenada. Y no solo eso. Con el debilitamiento y declive de las instituciones del Estado, al futuro “Rey” de España le aguarda un trabajo colosal, inhumano, pues a la avaricia pecaminosa de esta castuza políticase une el empuje de los líderes “antisistema” que no respetan las leyes constitucionales, que hacen norma de la anomalía jurídica y, ojito, quese creen el oráculo délfico del “Pueblo” hasta confundir la parte con la totalidad de la ciudadanía,equívoco mussoliniano que les sabe a miel y ambrosía.

Ergo, juntoa las corruptelas; junto a la falta de mecanismos de control; junto a la canibalización de lo público; en los palacios de los partidos prosperan ahora los “populismos”. ¡Ay, a perro flaco no le faltan pulgas!


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