Blogomaquia

Extirpando la ablación

Cuentan que para “los dogones”, pueblo malí que habita la meseta de Bandiagara, el prepucio es un elemento femenino que ha de ser tajado con el fin de permitir al niño alcanzar su deseada hombría. A la niña le espera otra ceremonia quirúrgica, mucho más brutal, destinada a eliminar su originaria masculinidad a través de la escisión del clítoris. 

Menciono esta tradición de acentos andróginos porque en Egipto una chiquilla radiante, llena de futuro y salud, de tan solo 13 años, acaba de morir. El origen del fallecimiento tiene relación con que su padre la condujera a una clínica para que le castraran el órgano sexual femenino. Y al no aguantar la anestesia pereció. ¡Entraba, pues, Soheir bullendo vida. Y nunca saldría por su propio pie, sino amputada y muerta! 

Poco importa que la práctica de la eliminación (total o parcial) de los genitales externos femeninos esté prohibida en Egipto desde el año 2008. Poco importa si la extirpación clitórica continúa vigente por el peso de los siglos que justifican esta canallada ya como rito de iniciación para entrar en la pubertad, bien como requisito matrimonial, ya como fuente de fertilidad, ora como garantía mágica que robustece la salud del neonato. La cuestión es que tales aberraciones ancestrales, que seccionan de modo irreversible partes esenciales de la anatomía de la mujer, parten del credo misógino de que el clítoris representa una tara, una señal de deficiencia que hay que sajar con la ayuda, entre otros adminículos, de una simple hoja de afeitar. Véalo aquí

Una verdadera tiranía

Conocemos mujeres que han sido clitoridectomizadas, como la modelo somalí que fue “Embajadora de la ONU contra la Mutilación Genital Femenina” Waris Dirie. (Su hermana Halimo moriría desangrada durante la intervención.) También conocemos a la política y escritora neerlandesa Ayaan Hirsi Ali. Y a la guineana, asentada en Francia, Katoucha Niane, la cual, meses antes de aparecer sin vida, había narrado, ensu autobiografía titulada En mi carne, el trauma que le supuso la ablación a la edad de 9 años.

En contra de falsas opiniones, la plaga de la Mutilación Genital Femenina (MGF) no está en absoluto en vías de extinción. De hecho, aparece y con distinta suerte en la India, Indonesia, Malasia, Pakistán, Sri Lanka, en Yemen, Omán, Bahréin, Emiratos Árabes, Yibuti, Somalia, en Sierra Leona, Etiopía, Eritrea, Sudán, en Malí, Burkina Faso, Gambia, Egipto… Únase a esto cómo en las naciones de acogida de emigrantes se van produciendo casos de clitoridectomía en un goteo preocupante (Estados-Unidos y Canadá, Australia y Europa), e incluso en países hispanoamericanos (Brasil, Colombia, México, Perú…).

El salvajismo de esta cirugía

Fue en 2003 cuando el 6 de febrero fue instituido día mundial de tolerancia cero contra la MGF. Es cierto que existen indicios muy positivos de decrecimiento. Sin embargo, ahí están los 150 millones de niñas y muchachas afectadas por la MGF. Las cifras, escalofriantes, apenas dan cuenta de que a la amputación se le suele unir la costumbre de sellar las heridas dejando a las pequeñas un pequeño y único orificio para la orina y el flujo menstrual.

Así que no es nada sandio subrayar las gravísimas consecuencias que “la mutilación genital femenina entraña para la salud, por el riesgo de complicaciones inmediatas, entre ellas fuertes dolores, choque, hemorragia, tétanos, septicemia, retención de orina, ulceración genital y lesión de los tejidos genitales adyacentes; consecuencias de largo plazo, entre ellas mayor riesgo de morbilidad materna, infecciones recurrentes de la vejiga y las vías urinarias, quistes, esterilidad y consecuencias psicológicas y sexuales nocivas; y mayor riesgo de mortalidad neonatal de los hijos de mujeres que han sido sometidas a mutilación genital”, señala la Organización Mundial de la Salud.1

La cultura islámica

Mahomano defendió la clitoridectomía. Tampoco la infibulación. Y, sin embargo, la amputación femenina sigue muy arraigada en poblaciones de ascendencia islámica. Y eso tiene su porqué, pues cuanto más numerosas son las situaciones de desigualdad, peor es el status en que se encuentran las hijas, es decir, cuanto menos se respetan los derechos básicos de la prole, mayor es el escenario de fragilidad en que viven, más elevadas son las probabilidades de sufrir clitoridectomía.

Lo cual me lleva a la siguiente pregunta: ¿cuántas Soheir tienen que morir para detener, en seco, esta pandemia sanguinaria, esta guerra sigilosa en la que las abuelas, las tías y las madres, cuando no cooperan, la consienten y toleran?

1 OMS, 122ª Reunión, Mutilación genital femenina, documento EB122.R13, novena sesión, 25-I-2008.


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