Blogomaquia

Eros-Thanatos, una ecuación infernal

Nadie diría que en las diversiones pensadas para destruir a adversarios virtuales; que en los escritos de color bermellón que estructuran los huesos de la novela negra; que en las películas que fantasean crímenes bajo ríos de sangre y pesimismo; nadie diría, insisto, que prestamos escasa atención a la muerte y a sus avatares. El caso es que, al dedicar grandes cantidades de tiempo en juguetear con los esqueletos de la parca, no hacemos más que diseccionar tanatológicamente el imaginario cultural hasta tener viva a la muerte, por omnipresente, en todos los géneros de ocio y pasatiempo.

¡Curiosa contradicción en la que nos movemos!, pues cuando la ocasión nos distingue, tratamos de apagar la pérdida de familiares y amigos aprovechando los muros de ese enorme cristalino (del tanatorio) que ahoga y blinda la otra orilla de Caronte, y sin embargo, en sinnúmero incontable de momentos, paladeamos imágenes ficcionadas de catástrofes y óbitos.

¿Qué sucede cuando de verdad se franquean las puertas del imaginario y se pasa a la realidad, durísima y sin concesiones, de victimarios y cementerios?

Cuando causar daño no es ficción

Desde las gradas del entretenimiento el ser humano ha sabido, cual voyeur, encontrar salida emocional a sus miedos a través de espectáculos que recogen, en lenguaje irreal, tristezas y desamparos, quizá para exorcizar la experiencia de que la vida vive hasta que, cual fuerza fugitiva, retira el pábilo a su huésped. Ahora bien, más allá de los relatos fantasiosos creados para solaz, ¿qué sucede cuando de verdad se franquean las puertas del imaginario y se pasa a la realidad, durísima y sin concesiones, de victimarios y cementerios?

El recurso a la violencia a través del ejercicio del terror no es cosa del azar, no arranca de la casualidad. ¿A qué me refiero? Al hecho de que aquellos que proyectan crímenes siempre infravaloran la vida de los demás. Y en sus proyectos de levantar osarios y sepulturas llevan a cabo el ginecidio yazidí y secuestran a niños de aldeas y pueblos con el fin de convertirlos en bombas explosivas y, por no considerar ni humanas a sus víctimas, proceden a asesinar a 148 estudiantes de la Universidad de Garissa.

Apunto al factor “deshumanización” porque las quiebras psíquicas que diluyen al rojo vivo el armazón identitario del “yo” empujan, en determinados casos, a tomar por enemigo a tu igual humano. La deshumanización es, sin duda, peligrosa, dado que por ella no solo se incurre en el riesgo de ocasionar daño ajeno, sino, además, pueden ser destapados con los peores instintos de destrucción esa ecuación infernal basada en el erotismo de hecatombes y muertes.

La matanza de mujeres, hombres y dos bebés, perpetrada por el infausto Lubitz, demuestra que éste no quiso morir solo

La masacre en el instituto Columbine en Littleton (Colorado, EE. UU.) puso de relieve los problemas que aquejaban a dos jóvenes estudiantes, Eric Harris y Dylan Klebold, los cuales, antes de suicidarse, habían planificado tratar a conocidos y desconocidos como enemigos. Dieciséis años después, la matanza de mujeres, hombres y dos bebés, perpetrada por el infausto Lubitz, demuestra que éste no quiso morir solo. Lejos de considerar su comportamiento como paradigma de suicidio altruista como se ha afirmado estos días, la agresividad de este kamikaze fue premeditada y, por ende, delictiva tras haber planificado de principio a fin cómo segar las vidas de todo el pasaje, tripulación incluida.

Si el acto de matar denota una socialización superlativamente fallida, el exhibicionismo criminal de Andreas Lubitz de escoger las faldas de los Alpes como no improvisado cementerio retrata la conducta tan patológica como megalómana de ese copiloto. Y es que este tipo de sucesos que, no puede ser de otro modo, provocan conmoción social se alimenta de la venganza ultraviolenta de quien los consuma, pues de “homicidio” tales comportamientos no se pueden calificar a fuer de que la agresión homicida excluye alevosía, precio o ensañamiento.

Horror en ocho minutos

“Un idiota que mató a tanta gente”,así define a Lubitz Marianne Sondenheimer, la abuela del comandante de la aeronave 4U9525, Patrick Sondenheimer, del que conocemos por el contenido de una de las cajas negras los gritos que lanzaba a su compañero: “Abre la maldita puerta... ¡Por el amor de Dios, abre la puerta!”

El secuestro y sabotaje del avión, con represalias irreversibles contra las víctimas, fueron fraguados en la mente de alguien que consiguió exterminar a 149 personas

El secuestro y sabotaje del avión, con represalias irreversibles contra las víctimas, fueron fraguados en la mente de alguien que consiguió exterminar a 149 personas. Lo cual es un ataque flagrante contra el derecho a la vida, id est, una agresión mayúscula, brutal, inhumana basada en el uso deliberado del terror

En la antípoda de la ética de la alegría y de la paz, en los avernos nauseabundos del odio y del resentimiento, la elección indiscriminada de personas a las que se somete a experiencias inconcebibles de terror está siendo desde los últimos años un fenómeno sociológico en alza. Y si es horrible vivir una vida con miedo, más espantoso aún es transitar los últimos instantes de la existencia bajo el hacha terrorífica de quien en ocho minutos ha asumido el poder de matar a sangre fría.


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