Blogomaquia

Democracia S.A.

En las políticas liberales se ensalza la autonomía individual y se cantan maravillas a la sociedad compuesta de personas libres. Pero si la autoridad emana de los 'individuos', ¿por qué a los particulares se les hurta su capacidad decisoria que, de facto y bajo expolios sigilosos, pasa a manos de una hipercontroladora élite? Otro tanto sucede con las políticas socialdemócratas. Sus defensores insisten en luchar por una sociedad justa. Sin embargo, cabe preguntarse por qué, si el poder arranca del Pueblo, no ceden cuotas de decisión a los miembros del 'Pueblo', por qué lo mantienen a rebufo de unas minorías rectoras que promueven un Estado interventor y omnipresente.

En cualquier caso, estamos ante asociaciones que desde criterios, en apariencia, ideológicos alientan con resultados idénticos el sobredimensionamiento del Estado. Y lo hacen, unos, apelando a la libertad. A la igualdad y fraternidad, otros. Pero, con independencia de la oratoria empleada, el Estado invariablemente queda desbordado, atrapado, agrandado por los poderes de los partidos políticos y por las atribuciones de sus redes clientelares.

Democracia S.A.

Debido a persistentes arcaísmos, la democracia convierte a los ciudadanos en elemento decorativo del paisaje. Y en la medida en que desmantela el papel activo de la ciudadanía, el destino de la democracia parece conformarse con otorgar el poder a determinados consorcios políticos. No perdamos, entonces, el tiempo en discutir aquí sobre los modelos “teóricos” de hacer democracia, bien a partir de las directrices de la derecha neoliberal inspirada en Hayeck y en von Mises, o a partir de las pautas de la nueva izquierda socialdemócrata con Habermas y Claus Offe como referentes, porque el problema, más allá de estas u otras retóricas, reside en la hondísima crisis de legitimidad que rodea a los partidos políticos contemporáneos. Crisis que, por extensión, afecta a la concepción del Estado y a la organización misma de la democracia, y que obedece a que las instituciones públicas han perdido su rasgo de servicio. Y, tras haber dejado a la deriva el principio rector de “bien público”, el afán de supervivencia y conservación de los políticos ha condicionado el auge del estatismo y, claro está, condiciona el desbordamiento elefantiásico de los gobiernos.

Así que la democracia, antes que liberal o socialdemócrata, es por definición corporativa. Lo cual, a pesar de la crisis económica, viene a confirmar una evidencia: que los administradores del Estado, de espaldas a los votantes, nunca demuelen la naturaleza kafkiana, opaca, compleja… de esa democracia barroca, pomposa y… sobrecargada de una lista innumerable de dirigentes y funciones, gerifaltes y reglamentaciones, leyes y estatutos.

Fijémonos en que buena parte de los integrantes de la clase política acostumbra a fagocitar cada uno de los bosques de la administración no solo introduciendo a miembros de su familia ideológica en las estructuras de mando de la democracia o inventando puestos de trabajo, autoridades y oficios siempre que la circunstancia lo aconseje, sino asimismo cediendo el control de parcelas del Estado a lobbies o grupos de presión que de esta forma, por la puerta de atrás, o sea, fuera de los foros parlamentarios, se convierten en una rama principal del poder ejecutivo del Gobierno.

Esto significa que las minorías directoras multiplicarán otros tantos organismos para pasto de ellas mismas y control de los ciudadanos. E igual que no hay rastro de debates ante los conflictos de soberanía y representatividad producidos por la injerencia de los poderes a la sombra, tampoco se nos aclara cuáles son los nexos entre élites políticas y no políticas. Pero, de qué sorprenderse: con la distancia despótica con que se cubren los electos respecto de sus electores, la traición de muchos políticos ante la ciudadanía permite que la toma de ciertas decisiones, incluso en el marco de la democracia, sea casi un secreto impermeable a la luz.

Son, pues, las minorías gobernantes, reconocíaJoaquín Costa, las que “falsifican el sufragio y corrompen el sistema, abusando de su posición, de su riqueza, de los resortes de la autoridad y del poder”. Son esas minorías gobernantes, insisto yo, las que utilizan el armazón democrático para fines propios. Y para su perpetuidad.

El fracaso de la modernidad

Póngase el ojo donde se ponga, democracia, teocracia o… comunismo, el Estado es corporativo. Mírese donde se mire, China, México, EEUU, Arabia, Rusia o la propia Unión Europea, el Estado corporativo constituye la rémora que anula las demandas de democratización de la democracia. Y, cuando al hermetismo del poder, signo de nuestro tiempo, se une la utopía nacionalista -ese lugar profético que no admite otros lugares, esa llamada al ideal patriótico de vivir en homogeneidad-, entonces aparecen los pastores de hombres que se dedican a tratar a los administrados cual más bovinos al tiempo que, con cantos de sirena a una comunidad regida por tradiciones, procuran esconder en la empatía con el pasado los intereses de la clase privilegiada.

¿En dónde queda el principio de parsimonia o de simplicidad? En el fondo de la nada. Y es que el fracaso del siglo XXI radica en una casta política que no se ha modernizado al ser aún amiga de glebas y dignidades, y que, además, cuanto mayor es el nivel de eficacia en la organización interna de sus partidos políticos, peor es su calidad democrática. Y si a este retrato poco halagüeño del poder añadimos la Nota sobre la supresión de los partidos políticos (c. 1940) de Simone Weil, veremos que “un partido -nos recuerda sin mitos ni ficciones esta filósofa francesa- es una máquina de fabricar la pasión colectiva. Un partido político es una organización construida de tal modo que ejerce una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros. [Y]  la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin ningún límite.

Debido a este triple carácter, todo partido político es totalitario en germen y en aspiración”, remataba Simone Weil.

Saquemos, pues, conclusiones.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba