Blogomaquia

1914

Fue vergonzoso, atrozmente vergonzoso ver a partidos de derecha enlodazados en la locura de la guerra. Y ver también a coaliciones de izquierda embriagadas en la demencia de vitorear a la muerte. Fue nauseabundo comprobar la armoniosa unanimidad que mostraban las élites políticas de uno y otro signo a la hora de construir, con la sangre inocente de la población, sinnúmero de cementerios dentro de las trincheras de guerra. Setenta millones de soldados fueron movilizados, de los cuales, europeos, 60 millones. 

Excepciones

Las batallas que produjo el canibalismo de “1914” (y cuyos fuegos se apagarían cuatro años y cuatro meses después) resultaron de una crueldad nunca vista. No obstante, hubo personas, pocas, que negaron toda clase de legitimidad a la lucha armada. Henri Barbusse, Hermann Hesse, Karl Liebknecht,  Rosa Luxemburg, Rudolf Rocker, Romain Rolland, Stefan Zweig... son algunas de esas escasísimas excepciones. El anarquista Rocker y la socialista Luxemburg, acabaron en la cárcel por tener la osadía de denunciar el infierno nacionalista que escondía la Primera Guerra Mundial. El escritor y periodista comunista Henri Barbusse narraría en una obra antimilitarista titulada El fuego (1916) las brutalidades cometidas, en nombre de la “Nación”, dentro de los campos de batalla. Pero, salvo honrosas minorías, la práctica totalidad de las coaliciones de izquierda y derecha quedaron presas del ardor nacionalista. 

España

Si hasta el mismísimo Max Weber hizo patria del nacionalismo alemán, los representantes de las organizaciones sindicales anarquistas y los líderes europeos socialistas, que siempre habían defendido el principio de fraternidad universal, empezaron a apoyar a sus respectivos gobiernos y a justificar por la PATRIA la lucha armada contra sus hermanos “trabajadores”. Tan lamentable acontecimiento provocaría la desaparición de la Segunda Internacional

El furor guerrero inducía al fanatismo. Y el fanatismo acarreaba una mayor exaltación de la guerra. Y, a pesar de la neutralidad que exhibían países como España, muchos españoles sin embargo, se enrolaron y lucharon en las filas francesas. Otros lo harían en las alemanas. Y mientras los Lerroux pedían el ingreso de España a favor de los aliados, los Vázquez de Mella se unían a la causa germanófila. Así en el artículo periodístico Neutralidades que matan, publicado el 19 de agosto de 1914 en El Diario Universal, se leía que “la neutralidad es únicamente un convencionalismo que solo puede convencer a aquellos que se contentan con palabras y no con realidades; [...] la neutralidad no es un remedio. Por el contrario, ¡hay neutralidades que matan!”.

El salvajismo de la barbarie

El papa Benedicto XV, que iniciaba su pontificado el 3 de septiembre de 1914, o sea, solo un poco después de iniciarse la Primera Guerra Mundial, anotó el rostro inhumano de la contienda mundial. Y desde su compromiso cristiano denunciaba los efectos que provocaban sobre Europa tanto el odio nacionalista como la irracionalidad de la contienda. Por eso, clamaba y clamaba. Y buscaba la reconciliación entre las naciones. Tras infructuosos esfuerzos por conseguir el fin de la guerra, enviaba en 1917 una carta a los líderes de los países involucrados en el conflicto armado con el fin de llegar al cese del fuego. Como dijoBenedicto XVen su nota pontificiasobrela paz (1917), ésta “no tiene que ser hija de la violencia, sino de la razón”.

La Primera Guerra Mundial no fue sólo un enfrentamiento a muerte, uno más, dentro de  la historia de la humanidad. Fue asimismo una forma de avivar en el ser humano sus peores demonios en nombre de la causa nacionalista. Incluso la Revolución rusa que comenzaba su andadura casi a la vez que la Primera Guerra Mundial partió de un ideal bélico de nacionalidad. La lógica del nacionalismo animaba, pues, a hacer la guerra, a aguijonear el odio hacia quienes defendían posturas distintas a las nacionalistas imperantes. Y pasó lo inevitable: que entre soldados y civiles murieron más de 30 millones. No podía ser de otro modo. Ahí está, entre muchos, el testimonio del propio Cambó en el frente de Argonne, testimonio que trágicamente ilustra, en este triste centenario, cuán humana es la inhumanidad:  

“Frecuentemente -me dijo un capitán que se había añadido a nosotros y nos hacía de cicerón-, cuando hace semanas que no se combate, se relaja un poco la disciplina y se establece contacto entre soldados alemanes y franceses de las trincheras de primera línea. Al principio son ruidos, después cantos o música de acordeones y, finalmente, se pasa a la conversación, especialmente para darse noticias de la guerra”. 

“Generalmente -añadió-, los alemanes reciben las noticias antes que nosotros: unos y otros las celebramos con cánticos y toques de acordeón cuando nos son respectivamente favorables. El día que recibimos la noticia de que Rumanía entraba en la guerra a nuestro lado, ordené que se armara gran algazara en nuestra primera trinchera para hacer rabiar a los alemanes. Éstos, sorprendidos por nuestros ruidos, que no comprendían (cuando la noticia era mala no se la comunicaban con prisa), empezaron a asomar la cabeza para preguntar qué pasaba. Los nuestros hicieron lo mismo para explicárselo. Entonces, de pronto, tuve una idea: la de ordenar que nuestras ametralladoras disparasen sobre la hilera de cabezas alemanas que salían de la trinchera: fue una cosa maravillosa: ¡no quedó ni uno vivo!”. Y el capitán que me explicaba, sonriente este crimen monstruoso, tenía el aspecto de un hombre normal, y hasta de un buen hombre. [...] ¡Decididamente la guerra transforma pronto a los a que la hacen, y tienen contacto con la muerte cada día, en verdaderos monstruos!”. 

1 Francisco Cambó, Memorias (1876-1936), Alianza Editorial, Madrid, 1987, p. 231.


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