Blogomaquia

Ni los tuyos ni los míos

Solemos indicar que vamos “al” supermercado o que estamos en “la” gasolinera. Y es que sería de necios intentar hablar de otra forma, además de que resultaría extraño emplear afirmaciones del tenor de: <<iré este fin de semana a “mi” montaña>>, <<sacaré al perro a “mi” parque>>, etc.  Sin embargo, cosa curiosa, cuando nos adentramos por los bosques metafísicos de las ideologías, el adjetivo “mi” se usa verbal o mentalmente sin pudor ni límites. Y con otro significado. Tanto es así que, en el momento de opinar acerca de los partidos políticos, es muy habitual escuchar reflexiones  de esta guisa: <<éstos son los míos>>, <<nunca votaré a  los tuyos...>>. Ni que decir tiene que, al incurrir en esta clase de conductas, nos movemos en el ámbito de la egomanía, pues deseamos resaltar las curvas de nuestro “yo” con los ropajes vistosos de “mi” partido, de “mi” líder, “mi” ideología.

Este tipo de comportamientos podría perfectamente ser incluido en el epígrafe de  “Miísmo, tendencia que consiste, así lo pienso, en asumir, en interiorizar y, sobre todo, en reconocer como parte central de uno mismo un conjunto de postulados políticos. Como adivina, el miísmo conlleva inconvenientes. En primer lugar, entraña sentir como agresión personal las críticas a “mi” ideología. Tamaña hipersensibilidad genera una incapacidad enfermiza a la hora de mantener las distancias requeridas para la objetividad. De hecho, resulta muy poco frecuente encontrar a un miísta suscribiendo alguna vez las palabras de Goethe: <<este Estado tiene a un loco al frente>>.

En segundo término, el miísmo promueve una falta peligrosa de independencia personal, asunto del que hace muchos siglos trató La Boëtie al referirse a “La servidumbre voluntaria”. Pero además, en la medida en que permitimos edificar las moradas del “yo” con la argamasa de las creencias políticas, sucede con demasiada frecuencia que las redes de nuestra identidad personal acaban narcisistamente confundidas con la arquitectura de la doctrina política de turno. No obstante, ante ese juego de miradas y espejos o ante ese entramado de fidelidades y falsas identidades -los míos contra los tuyos, los tuyos frente a los míos-, cabe recordar que los políticos son personas que a veces aciertan y en muchas ocasiones se equivocan, cosa que hasta el propio Cervantes destacó al escribir que <<no fue sino misterio que oímos rebuznar a nuestros alcaldes>>.

¡Ni los tuyos ni los míos!, amigo mío. Los políticos trabajan sin olvidar  nunca a los suyos: a los compañeros de viaje.  Si no, ¿a to de qué un presidente saliente, como Rodríguez  Zapatero, perdona con un indulto “express” a Alfredo Sáenz, un pillo de gama alta condenado por el Tribunal Supremo? ¿Y por qué un ex presidente autonómico, como Matas, echa una manita al desvalido (?) Urdangarín, con tormentas fiscales pegando en su proa? ¿O por qué Izquierda Unida, a diferencia de los fuertes sacrificios que se exige a  la ciudadanía, se sube al carro de las superdietas junto a otros políticos y en lugares como Granada?

Lo dicho: ¡Ni los tuyos ni los míos!, amén de que, y como lo expuso gráficamente Gracchus Babeuf en El sistema de despoblación (1794), mi delegado político tras recibir el apoyo del voto <<sigue siendo un hombre como antes lo era; cometerá tantos errores como los otros hombres, y quizá todavía más porque el resplandeciente poder con el que yo le he dotado, de pronto le deslumbrará>>.

Por supuesto, en España aún queda mucho margen democrático para escapar a los desatinos del miísmo, sea éste del color ideológico que sea. Y dado que no queremos incurrir en patologías raras y extravagantes -en Argentina pululan templos erigidos en torno a la figura de Diego Armando Maradona-, con mayor motivo debemos escapar del simulacro, del espejismo de creer  que los políticos son mi doble, mi sosias, y que  yo de alguna manera soy ellos. De  lo contrario, nos ocurrirá lo que predecía el filósofo francés Maurice Blanchot en su ensayo Los intelectuales en cuestión (1984): que <<se está tan seguro de tener razón en el cielo que se prescinde no solo de tener razón en el mundo, sino incluso del mundo de la razón>>.


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