Blogomaquia

¿Dónde está el Arte?

El conde y mecenas H. Kessler retrató en su Diario de 1903 la perplejidad de Edgar Degas ante la manía, convertida en costumbre, de cambiar de lugar las obras de arte. “¿Cómo se puede mover una pintura?”, se preguntaba Degas con preocupación. “Una pintura está en un museo igual que un altar en una iglesia. Y la luz con que se la contempla forma parte de ella”, explicaba.  Los comentarios de este pintor y escultor parisino demuestran, además de un síntoma de lo por venir, que Degas como artista estaba a años luz de las leyes que ya empezaban a imponer los directores de museos, los dueños de salas de exposiciones, los coleccionistas y, claro está, los vendedores de obras artísticas. Y es que, mal que le pesara a Degas, el “Arte”, una vez disuelta su estética de permanencia, de quietud inamovible, será un aliado del cambio. Y la quintaesencia de la pintura, de la escultura, de la música... vendrá entonces definida por la atmósfera intencionada de alteración, de transformación, por la búsqueda del movimiento por el movimiento.

Las “mafias” del arte

Dejando a un lado la paradoja de si el arte se convierte en tal en el momento en que, desplazado a un lugar público, se hace visible a nuestros sentidos, resulta que el arte contemporáneo ni es excepcional en su conjunto ni tampoco, en la mayoría de las ocasiones, consigue ser arte, por muy colosal que sea el empeño de quienes controlan y regulan el tráfico de mercancías artísticas. Así que no es casual que, casi 80 años después de las observaciones de Degas, el genial arquitecto, escultor y pintor de origen austríaco Friedensreich Hundertwasser dijera que: “El arte de hoy en día es una degeneración. [...] Hace mucho tiempo que los artífices y tratantes de lo artístico no son ya los artistas propiamente dichos, sino una pequeña “mafia” internacional, compuesta de intelectuales frustrados, frustrados porque tales imposturas no interesan al gran público y tampoco les contentan a ellos mismos. Esos artífices y tratantes, que hacen de directores de museos, de periodistas y teorizadores, son parásitos de nuestra sociedad [...]. Nuestro auténtico enemigo es esa necedad incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso. Habría que detener y encerrar en una cárcel a todo director de museo que gastase fondos públicos comprando mamarrachos”.

Esta radiografía sobre la situación del arte contemporáneo la realizó Hundertwasser nada menos que en su durísimo Discurso de 14 de febrero de 1981 cuando recibía el Gran Premio de Austria a las Artes Visuales, galardón que se le había otorgado el año anterior. Y desde luego no erró lo más mínimo este artista tras conocerse, entre otras cosas, cómo no pocos gestores museísticos se dedican con fondos del Estado a adquirir  cachivaches, esperpentos y... excrementos “en lata” del artista Piero Manzoni, por ejemplo. Y ello con el fin de exhibirlos en sus vitrinas para excitación y conmoción de la (anti) estética.

Si ni siquiera una cuarta parte de los libros editados roza las cualidades de la excelencia, por la misma razón no todo lo que se esconde bajo la piel del lobo es “Arte”. Les recuerdo que Pablo Picasso fue catapultado a las autopistas del arte mundial después de que un grupo de marchantes decidiera poner en caché la obra pictórica de Picasso, cosa que él mismo nunca ocultó. De hecho, el político y diplomático Hans Graf Huyn en su libro Seréis como dioses (2010) rememora las declaraciones que realizó el admirado artista malagueño un 2 de mayo de 1952. Decía Picasso: “Cuando el arte ha dejado de  ser un elemento destinado a los mejores, [...] no hay caminos cerrados para un charlatanismo intelectual. [...] Desde que se inició el cubismo, e incluso antes, yo mismo he complacido a esos críticos con cuantas humoradas se me iban ocurriendo y ellos las admiraban tanto o más cuanto que les eran menos comprensibles. Con todos esos juegos, enigmas y arabescos conseguí rápidamente la fama. Y ya se sabe lo que para el artista significa la fama: vender, ganar dinero, hacerse rico. Yo, además de famoso, soy ya rico. Pero, cuando me encuentro a solas conmigo, no me puedo considerar como un artista en la más alta acepción de la palabra. Pintores grandes fueron Tiziano, Giotto, Rembrandt y Goya, pero yo no soy más que un bromista que ha entendido su tiempo y ha sabido sacar cuanto podía de la simpleza, la avidez y la vanidad de sus contemporáneos”.

Lo dicho, ¿dónde está el Arte?


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