Apaga y vámonos

¿La vida es sagrada o no?

El corazón suele hacer una aproximación simplista a las tragedias: la muerte de 15 personas en su intento de llegar por mar hasta las costas de Ceuta sólo puede dejar indiferentes a las almas de pedernal o aquellas que, iluminadas, dejaron de juzgar porque aprehendieron la trampa mortal del dualismo perceptivo. Para el resto queda, en el primer momento emotivo, el dolor por el dolor ajeno, la vergüenza por el papel que los Estados y sus fronteras juegan en la jerarquización constante entre individuos y la duda sobre la mala gestión política que ha realizado el ministerio del interior español en este nuevo intento de los desesperados por llegar a un país que, aún en crisis, está sin duda mejor que el suyo de origen.

Pero la reflexión sosegada añade a las tragedias múltiples y a menudo contradictorias dimensiones; la primera que se me ocurre se refiere al uso político que los partidos hacen de la desgracia, casi ávidos de que se produzca: nunca la vio tan magra el PSOE como el 11-M; casi bien le vino el GAL al PP; se nutre de no sé qué concepto de España que ya no sirve la UPyD creada por quien hace no tanto cantaba las maravillas del nacionalismo euskaldun fácil le resulta a IU dar recetas económicas para la crisis desde teorías paliativas de todos los males…cómo cómoda es la vida de los partidos estatales de la centralidad cuando no gobiernan en Cataluña; crece satisfecho el independentismo frente a la intransigencia; mientras que, por el contrario, se hace trabajoso (e inviable) el discurso de la moderación en tiempos de tormenta. En ese cuanto peor, mejor hay para todos por igual, así que cuando nos echamos las manos a la cabeza con los quince cadáveres que se le han quedado entre las costuras a Arsenio Fernández de Mesa (la performance franquista más apurada desde de que Juan Echanove bordó el personaje en Madregilda) sería necesario que cada cual explicitase su tribuna, no vaya a ser que incurra en contradicciones, o se le vea el plumero oportunista de la mala intención.

Esta civilización que ha banalizado la tarea de los legisladores hasta el extremo de permitirse construir el derecho a interrumpir un embarazo o ahondar en las maneras de facilitar la muerte a quien la quiere y no la consigue, llora sobre los cadáveres de seres humanos como si eso la convirtiera en la más excelsa defensora de la vida. Lleva hasta extremos impensables la perfección clínica para salvar un bebé prematuro de cuatro meses (y lo consigue ya en muchos casos) mientras de otro no pregunta razones para que unas semanas antes la madre en potencia no tenga que encomendarse más que a su conciencia (ni siquiera a la del padre) para decidir si perderá o no forma su cintura. Una sociedad que deja al albur de lo que decidan las mayorías de qué lado de esos temas trascendentes caemos ¿puede luego escandalizarse de que en aguas de Ceuta suceda lo que tantas veces en la historia con quien ha querido enfrentarse a Poseidón? ¿Cuántas veces la Costa da Morte ha presenciado el llanto de los familiares de quienes, faenando en la tormenta, jamás volvieron? Unos y otros, gallegos y subsaharianos, sabían que enfrentaban el riesgo por evitar el hambre, y sin embargo, en unos la encomienda es a su responsabilidad, en los otros, a las malas artes de la Guardia Civil.

Malos tiempos para ese cuerpo que ha sido trascendental en la salvaguarda de nuestra naturaleza, en la tranquilidad de nuestro mundo rural y en el mantenimiento de un concepto de frontera. Bien es verdad que para una parte del pensamiento político actual, la frontera es una aberración desde el punto de vista humanista, pero aunque el papel todo lo aguanta, esos que tanto claman por el derecho universal de los pueblos a ir de aquí para allá deberían saber que la siguiente frontera es la de su propio domicilio, y que sólo deberían abrir aquélla si al tiempo están dispuestos a eliminar en éste las cerraduras de las puertas, y con todo ello, a cederles su propio puesto de trabajo, y sus depósitos bancarios, y su butaca en el cine, y ya puestos, su ropa y su bocado. Una puerta abierta ha de estarlo sin reservas, pero de nuevo llegamos a la contradicción, cuando, como dice el proverbio, de mis dos bicicletas, no estoy dispuesto a ceder ninguna, mientras clamo que se impongan más impuestos para que el Estado pague los tranquilizantes que administro a mi conciencia. Por todo eso, aunque en la santidad nada hay propio y todo es para dar, en esta vida mortal y mediocre de la mayoría de nosotros sólo cabe abrir la frontera cuando dentro estamos dispuestos y somos capaces de ofrecer una oportunidad a los que lleguen; y ahora mismo, ni para los que ya están dentro parece que sea posible asegurar la mínima. En esa situación precaria de la Europa en construcción, el linchamiento de la Guardia civil por su actuación en la frontera ceutí ya ha tenido un primer efecto, y es la subsiguiente permisividad en la entrada indiscriminada de quienes se agolpan a cientos contra la valla, conscientes de que de este lado se alejan de su desolación.

Así atenazados entre Europa y África, aplastados por un sentido numérico de la democracia y remordida nuestra conciencia por los errores del pasado, en estos pagos parecemos haber olvidado que la vida implica la muerte, mejor aún, que nos es valiosa porque es finita, y que el axioma incontestado de la dignidad que debe revestir toda vida humana sólo es comprensible desde la afirmación, también axiomática, de su trascendencia, del misterio insondable del instinto de supervivencia, del rechazo insuperable que mayoritariamente nos provoca matar, razones todas ellas por las que las declaraciones universales, y siempre traicionadas, en pro de su defensa, se han acabado convirtiendo en una especie de nueva religión del ateísmo, sin darse cuenta quienes así se expresan de que en cada rincón de su gramática, alienta el latido permanente y amoroso (porque nos deja libres) de Dios (aquí cada cual, que ponga un nombre).

Descansen en paz quienes llegaron del infierno a las playas españolas, porque su vida es (también) sagrada. Y, si me permiten un último reclamo, asuma Europa de una vez qué quiere ser, mirando su pasado y asumiendo, desde el respeto, su diferencia con el resto.


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