Apaga y vámonos

El último servicio, pero ¿a quién?

Es imposible no dedicar este último post de un mes de julio por tantos motivos convulso, a  la confesión de Jordi Pujol i Soley, president de la Generalitat catalana durante 23 años, fundador de CDC y forjador de la alianza con UDC durante la transición democrática, protagonista político de primera línea y negociador con gobiernos centrales de ideologías diversas en beneficio (se decía entonces con regocijo acá y cabreo allá) de las arcas catalanas, confesión que ha hecho clamar con actitud ofendida a todos los adversarios, y llorar con desconsuelo a cuantos se sentían ahijados políticos suyos, ahora huérfanos del referente que creyeron intocable y enfrentados de un golpe a una realidad que habrían afirmado imposible y fruto de la conspiración del enemigo hasta un minuto antes de saberlo por boca de su fautor.

A Cataluña se le ha caído un mito. No es el primero ni será el último; para morirse siendo un mito en ciertos ámbitos hay que morirse joven, tanto más joven cuanto más inmerso en la era digital se encuentre el sujeto en cuestión. Con la cámara tan cerca de nuestros poros, con el micrófono sempiternamente abierto frente a nuestras bocas, ni la más hermética Greta Garbo, ni el más idolatrado Mandela, ni lo más sagrado de lo terrenal  está a salvo de pifiarla, por eso se ha perdido en los espacios escénicos aquello otrora tan necesario, el glamour del misterio. Nos quedó claro muy pronto que no hay actrices sin celulitis, ni actores sin mácula anatómica. Con eso estábamos dispuestos a convivir, pero necesitamos héroes para motivar nuestro esfuerzo cotidiano, y cuando los héroes se truecan villanos nuestra fe en nosotros mismos cede.

No existe el derecho a equivocarse, como no existe el derecho a hacer las cosas mal. Pero ambas realidades son consustanciales a la humanidad. Durante mucho tiempo hemos asistido, algunos con impaciencia he de decir, al discurso de la izquierda que trastoca los papeles y hace víctima al delincuente. Lo hicimos entre todos, lo ha hecho la sociedad, su entorno desestructurado; el Pujol de la desmesura, la opacidad, la hipocresía, la soberbia o la avaricia puede ser padre político de muchos, pero también es fruto de nuestra relajación en el control de los gobernantes, es fruto de nuestro mirar hacia otro lado, es fruto de nuestra cobardía al callar.

Jordi Pujol somos todos, como se decía de Rubianes, o de cualquier otra causa que nos pareciera defendible (lo de Rubianes lo decía Carmen Chacón cuando lo de la “puta España”, puntualicemos). La única diferencia entre él y nosotros es que él era el gobernante y nosotros los gobernados. Por eso hay que recordar que tanto mayor es la caída cuanto más alta se encuentra la peana; tanto mayor es el desconcierto y el daño cuanto más contundente es el valor referencial de ese alguien. Desde ese punto de vista no es comparable el perjuicio que el “pecado” de Pujol ha inferido a Cataluña con el que el caso Gürtel (del PP) o el de los ERE andaluces (del PSOE) pueda provocar al conjunto de España o a la comunidad autónoma en que se hayan producido. Los partidos, todos los que tienen opciones de gobierno y algunos de los otros, acaban bordeando o embarrándose en la charca de la financiación ilegal, dígase opaca, dígase anónima, dígase vergonzante, y ello tiene que ver con la vergüenza torera de quienes pagan de decir a las claras que lo hacen y/o por qué lo hacen. Pero el caso Pujol tiene otro tipo de connotaciones que no son puramente el monto de lo defraudado (que hasta la fecha parece poco en relación con los escandalazos de los otros partidos); para mucha gente tiene el mismo significado que descubrir que tu padre es un delincuente mientras ha estado echándote una filípica por fumar a escondidas. De pronto, se hace difícil creer en nada, ni siquiera en la propia capacidad de seguir intentando hacer las cosas bien.

Morirse a tiempo mitiga los defectos, los diluye en la nebulosa de la épica, al final las figuras políticas no son tanto lo que han sido, sino lo que la historiografía se empeña en destacar de ellos; y una vez fraguado el personaje, la persona importa poco. Imagino que Pujol apostó por morirse antes de que la verdad se supiera, porque pasar a la historia como un estadista estaba a la altura de un ego apreciable a simple vista, síntoma de la enfermedad que en mayor medida acosa a los políticos, la soberbia. Pero no, no tuvo suerte, si es que la suerte existe, y al remordimiento, si es que lo tiene, habrá de sumar ahora el escarnio público. El escarnio y el insulto ya forman parte, en general, del precio que paga quien se dedica a la cosa pública, sea corrupto o no, sea un oportunista o un convencido, sea un entregado currante o un vago aprovechado. En todo caso, y como casi siempre, el escarnio y la indignación no son más que las actitudes en las que ocultamos nuestros propios vicios, defectos y pecados. El único que no los tenía no levantó la mano contra María Magdalena. Y de aquella historia nos queda la convicción de que cada día es el primero de nuestra vida, y que en todas cabe un acto de contrición.

Esto estaba yo escribiendo, cuando a última hora, justo antes de cerrar este post y enviarlo a la redacción, se me atravesó una duda: por supuesto nadie se pregunta si, hablando de confiar, podremos seguir haciéndolo en los bancos cuando sus empleados van por ahí contando sus secretos cuando no los tratan según creen que merecen (es decir, que no “cantan” por convicción moral a la primera ocasión en que contemplan una irregularidad), porque sería tanto como si un cura o un abogado largasen lo que saben sobre sus feligreses o clientes por rabia o como castigo; en todo caso, y como no creo en las casualidades y pienso que para los tempos políticos siempre hay una explicación, de pronto me pregunté ¿por qué ahora?, ¿a quién sirve esta confesión? ¿Será que se lo han exigido desde el Gobierno, a cambio de no procesar a su familia pero con el objetivo de debilitar la posición de Artur Mas frente a Rajoy en la reunión que ambos tienen hoy?¿O será por el contrario un apartarse del proceso que se articula en Cataluña en torno a la consulta para dotarlo de fuerzas renovadas, librado de los lastres de una familia que ha pasado de ser la primera a la más oscura?¿A quién o a qué ha rendido Pujol un último servicio? “Pena y compasión” acaba de decir Artur Mas que le provocan los hechos, después de haber hablado con él y entendiendo que a otros les suscite rabia, indignación o desprecio. Me faltan datos, no sé…


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba