Apaga y vámonos

Una tira cómica que lo dice todo

Hace unos días y a cuenta del triste accidente ferroviario de Santiago de Compostela, en un diario catalán en el que escribo mensualmente se publicó una viñeta en la que unas vías de tren se cruzaban y hacían un quiebro en el camino justo frente a un cartel publicitario donde rezaba “Marca España”, con un comentario añadido: “¡Así no vamos ni a Ítaca ni a ninguna parte!”.

La viñeta revolucionó las redes sociales hasta el punto de que el diario la retiró de su edición digital. Pero ya era tarde. Los comentaristas se agrupaban en dos bandos, entre otras cosas a favor y en contra del corrosivo mensaje en razón de creer o no que el sarcasmo afectaba a las víctimas del desgraciado suceso.

Del mismo modo que la viñeta queda salvada por la libertad de expresión sin que quepa al respecto argüir el mejor o peor gusto de su autor, también quedan en general a salvo de condena los comentarios que, desde las cuatro bandas del ring se han vertido sobre él. Sin embargo, lo que supone la viñeta como símbolo de la actual situación política está más allá de la anécdota, y conecta con comentarios previos, contemporáneos y posteriores a su publicación. A ese sentido simbólico quiero referirme yo aquí, sobre la previa base de enviar mi respetuoso pésame a quienes han visto su vida truncada o deformada en los once segundos de acero y velocidad.

Pocos días antes de la polémica de El PuntAvui, ya otra había surgido de las páginas de El País de resultas de un artículo de Josep Ramoneda. El periodista es cada vez más crítico con ese PSC con el que en su tiempo había tejido complicidades, por el hecho de no haber sido inequívocos los socialistas en cuanto a la consulta por la independencia catalana. En esa línea de pensamiento (¿se alinea la gente con perspectivas nuevas porque cambia de opinión o porque debe seguir viviendo?), Ramoneda hablaba directamente a quienes desde la opinión pública madrileña (y algún que otro político catalán, eurodiputado para más señas) mencionaban el uso de la fuerza como modo legítimo de acabar con las veleidades secesionistas catalanas. Ramoneda se preguntaba si alguien podía creer factible enviar tanques desde Madrid a Barcelona en los inicios del siglo XXI para acabar con un movimiento político que de modo semejante se está viviendo en otros Estados democráticos de Europa y del mundo.

¿Se alinea la gente con perspectivas nuevas porque cambia de opinión o porque debe seguir viviendo?

Tiempo le faltó a Alfonso Ussía para, desde la irónica crítica a la absurda moda de hablar en plural de fenómenos singulares (mundiales por mundial, olimpiadas por olimpiada, navidades por navidad...), jactarse de que en el “caso catalán”, como otras veces sucedió, no harían falta tanques, sólo uno y un puñado de guardias civiles para que, en lo que pretendo sea un resumen de su idea, los catalanistas cobardes salgan huyendo hacia las alcantarillas. El artículo, dedicado expresamente a Ramoneda, se publicó en La Razón; de ese modo ese diario entraba también en este debate a lo tertulia de la peor estofa, donde, como dice Justino Sinova con enorme y triste acierto, quien grita más o quien la dice más gorda corre con más números de que le eleven el caché o le den más bolos con los que mejorar su nivel económico. A los diarios les está pasando lo mismo, dejando un triste espacio para la moderación y el buen gusto.

Con el ambiente así caldeado y los cadáveres esparcidos por las vías del tren en un confín de España, en el extremo opuesto de la península la viñeta sobre el suceso pone en marcha un debate sobre cosas tan dispares como “con España no podremos hacer ningún viaje hacia la libertad y la prosperidad”, “los muertos son consecuencia de unas infraestructuras deficitarias”, “los españoles son incapaces siquiera de hacer el trazado paralelo de las vías”, “nuestro obstáculo es España, por eso el tren, nuestro tren, hace un quiebro ante el cartel”. La oportunidad de ligar el debate catalán sobre la independencia a la masacre ferroviaria no parece especialmente alta; así que lo tenía fácil un habitual de la crítica al independentismo como Hermann Tersch para cargar contra la viñeta, aunque se le va la mano, como a tantos otros, cuando equipara El PuntAvui al diario antisemita nazi Der Stürmer.

No se puede llamar nazi cualquier reivindicación de la identidad

La facilidad con la que se equipara cualquier reivindicación de identidad catalana con el movimiento nacionalsocialista de Adolf Hitler resulta sorprendente. Es como si quienes de modo tan incendiario se manifiestas no fuesen conscientes de que hace ya mucho tiempo, y ese mismo tiempo lo ha tornado irreversible, que en España reivindica cada cual lo suyo, en la mayor parte de ocasiones con absoluta indiferencia al mal que cause a la unidad, esa que se cacarea a la misma velocidad en que se diluye. El uso indiscriminado y frívolo de una expresión que evoca uno de los periodos de mayor ignominia en la historia de la humanidad, para intentar desacreditar a cualquiera que pretenda reivindicar su identidad es sólo un pobre ejercicio de memoria: así se fraguan, en el nosotros contra los demás y como recordaba agudamente el primer Presidente del Tribunal Constitucional (claro, que eran otros tiempos), todas las naciones de la historia; y todas ellas tienen momentos incipientes (es decir, tras el último en que no existieron) donde los elementos de reivindicación son emocionales, y se construyen sobre la visualización de los obstáculos y problemas; es su legitimidad, como lo fue la de Noruega cuando se fue de Suecia. Pero eso es una cosa, compartible o no, de todo hay siempre en cada grupo humano que vive ese conflicto, y otra muy distinta creer que se puede alienar y asesinar a quien no sea de la raza propia, del propio credo, del partido único. Y eso, que no pasa en Cataluña, ni pasará mientras sigamos respirando quienes creemos que la dignidad humana está por encima de cualquier bandera, no permite hacer equiparaciones, ni alardear de armas, ni vender violencias que no hacen más que acrecentar la brecha. No se puede llamar nazi cualquier reivindicación de la identidad.

La viñeta es, pues, todo un símbolo, por lo que dice, pero más por los abismos que se visualizan  en los comentarios que provoca. Ya nada volverá a ser igual; nunca había estado tan claro el cisma entre personas, nunca un Gobierno de España había tenido tamaña responsabilidad. Y está que ni respira, atenazado por la mano del preso.


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