Apaga y vámonos

El significado de la libertad

Hemos dicho que equivocarse es un derecho hasta que hemos comprobado que no aceptábamos que lo cometiera el FMI con unas recomendaciones de austeridad que han sumido Grecia en la debacle absoluta. Escudamos la conducta de los delincuentes en el conocido lugar común de que es toda la sociedad la verdadera culpable de sus desmanes, pero cuando nos abocamos a la negrura de la violencia en el seno de la pareja, decidimos que siempre es culpable el hombre, aunque haya mujeres tan malas como los hombres más malos. Repetimos hasta la saciedad que ésta es la generación de jóvenes mejor preparada de la historia sin darnos cuenta de que, si así fuera, habrían dado con salidas para la crisis, modelos de crecimiento en los que realizarse, ideas para mejorar su entorno y emplearse, y porque no queremos aceptar que son solamente la generación más titulada de la historia, en una época en la que la universidad se ha convertido en residencia de funcionarios acomodados y centro de expedición de títulos con los que ir demorando el estallido social que generará el paro.

Del mismo modo, nuestras ansias de libertad chocan continuamente con nuestra capacidad de asumir la responsabilidad de nuestros actos, de modo que las encuestas que dicen que la juventud es mayoritariamente liberal no se refiere a su opción vital por un modelo económico, social y político que minimice las estructuras públicas, premie el esfuerzo y la iniciativa y haga recaer sobre el individuo libre las consecuencias de sus decisiones. Es simplemente una opción moral, basada en el relativismo, según la cual cualquier cosa que se desea se convierte en un derecho reivindicable; mientras que los efectos secundarios no deseados del tal derecho pueden ser cargados en el “debe” de una estructura administrativa que, por ende, deviene hipertrofiada y a la larga insostenible, como tan claramente queda de manifiesto en el momento actual.

Los ejemplos de esta contradicción humana, tan característica de los momentos históricos de declive, son múltiples. Todos ellos, en cuanto que opciones vitales, se han convertido en dogmas de fe, y cada ejemplo supone enemistarse con alguien, habida cuenta del modo en que han calado en el imaginario colectivo. Pido excusas, pues, ya que esto no pretende ir contra nadie, sino a favor del todo.

Las encuestas que dicen que la juventud es mayoritariamente liberal no se refiere a su opción vital por un modelo económico, social y político

Quizás ahora que está en crisis el modelo económico las conquistas del Estado del bienestar merecen el primer lugar en el ránking de los errores de perspectiva y de la acumulación de las contradicciones: nos parecen mal en general las subvenciones que se dan a otro, ideológicas las que no comulgan con nuestras ideas, y defendibles las que tranquilizan nuestra conciencia o nos llenan el bolsillo. Así se llega a pensar que la salud y la educación son derechos, aunque la aceptación de que son relativos nos permite intuir que no lo son: no es posible que todo el mundo viva bien y para siempre; la superpoblación sería un hecho temible en un tiempo escaso e implicaría renunciar a otra opción que también hemos considerado derecho sin serlo: la maternidad, porque ¿a qué nos abocaría si todos nacemos y nadie se muere? ¿Y qué decir de una educación para todos y a la carta? Llegaría entonces al colapso la posibilidad de encontrar trabajo en lo que, y también sería eso un derecho, la profesión para lo que nos hubiéramos preparado. La salud y la educación no son derechos, sino bienes de la comunidad, después repartidos de forma graciosa por el Estado para asegurar su propia supervivencia y evitar las revoluciones; de ahí el precio político de las matrículas en unas universidades públicas en quiebra.

La maternidad no es un derecho, porque la vida no es un bien disponible, pero convertirlo en una manifestación más de nuestra libertad ha llevado a los gobiernos a sufragar los procesos de fertilidad a los que se someten las madres que no pueden serlo, a pagar los cambios de sexo a quienes nacen hombres pero quieren ser mujeres y viceversa, a equiparar los permisos de maternidad y paternidad, a aceptar la adopción en solitario y, por tanto, también la de parejas en las que el sexo de origen es el mismo en ambos progenitores. La maternidad se ha convertido en derecho contra ningún deber más que el de pagárselo todo a esa generación tan titulada, porque a los niños también se les atribuyen sólo derechos en una época en la que se “comprende” que tengan precoces relaciones sexuales, pero se les exime de cualquier responsabilidad por esa u otra conducata (no hay texto alguno en que se diga siquiera que tienen la obligación de respetar a sus mayores, mientras que si éstos les tocan un pelo, se les puede caer judicialmente la melena entera)

La maternidad se ha convertido en derecho contra ningún deber más que el de pagárselo todo a esa generación tan titulada

Como digo, todo ello deriva de haber decidido (por consenso) que la vida sí es un bien disponible, y que podemos luchar por salvar un cuatromesino si su madre lo desea, pero que también podemos cargárnoslo si su madre tiene otra intención. Aquí el padre parece contar poco, cosa que también resulta muy curiosa en este tiempo en que por todas partes se alargan los discursos con el cansino “-as/-os” que, ya se ve, no soluciona nada. Al final, no hay nadie más machista que cierta parte de la adolescencia femenina dispuesta a dejarse usar como un juguete roto, no por un novio desalmado, sino por un corrillo de amiguetes frente a los que, y seguro que la sociedad es la culpable, “no quiero sentirme desplazada por no hacerlo”. Al final siempre queda el exabrupto: “¿qué pasa?, ¿es que mi cuerpo no es mío?”, el triste runrún de lo poco que hemos avanzado desde Bernarda Alba…

Pero quizás el ejemplo más sonado del modo en que nos contradecimos a cada paso sea la rasgadura colectiva de vestiduras que se ha producido al descubrirse que los Estados se espían entre ellos y a sus ciudadanos. Lo aceptemos mejor o peor, la seguridad no es gratis, implica la correlativa pérdida de libertad. Es en nuestra connivencia miedosa de ser libres donde se ampara el ilimitado apoderamiento de nuestra privacidad que ha hecho cualquier gobierno que se precie, y es tarde para echarse atrás: hemos querido que los alimentos fueran higienizados; los procesos de fabricación, controlados; las manzanas, inmaculadas; las calles, adecentadas; los columpios, inocuos; los aviones, un parque de atracciones; los centros comerciales, un oasis, y los enemigos, un personaje de ciencia ficción. Conseguirlo, siquiera sea relativamente, tiene su precio, y no son monedas de curso legal, sino el final de nuestra intimidad, una parte esencial de la libertad, el precio que pagamos.

Y como el individuo se ha quedado solo, le es imposible reaccionar. La sociedad urbana, anónima y compartimentada; las nuevas tecnologías, que permiten el contacto virtual y nos sustraen cada vez más a la necesidad de la interacción presencial; la nuclearización y desestructura creciente de la familia, dan como resultado el aislamiento vital de cada persona, de modo que deviene tremendamente improbable la construcción de una verdadera sociedad civil cohesionada, consciente y capaz de sacrificar parte de su vida personal individual en pro del bien común, simplemente porque la comunidad misma ha desaparecido. Y así seguirá hasta después de que todo acabe para volver a empezar.


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