Apaga y vámonos

Los secretos de la infanta

Durante el tiempo en que desempeñé el cargo de jueza sustituta en un juzgado de primera instancia e instrucción se produjo un fenómeno directamente relacionado con las mala prácticas humanas: cada semana, hiciera frío o calor, aparecía en un diario importante un breve sobre los dimes y diretes del juzgado, fuera de relevancia o no; la situación se prolongó durante varios meses y cesó precisamente el día en que una auxiliar pidió traslado a otra plaza.

No verifiqué si a partir de entonces las filtraciones afectaban a su oficina de destino, pero como no creo en las casualidades, la coincidencia me persuadió, aunque no podía probarlo, de que había tenido una filtradora, en pocas palabras, una delincuente que vendía información a periodistas. Del mismo modo durante mi breve paso por la política me perjuraron personas que nada obtenían con decirlo, que ciertos periodistas, olvidando su importancia en la construcción de una democracia plena, han sido durante años destinatarios de sobres a cambio de los cuales hacer noticia lo que no lo es, encumbrar a miserables o hundir a quienes tal vez lo sean menos. Ya ven, todo es siempre muy transversal.

¿Por qué digo todo esto? Por la ingenuidad, tal vez no sea tampoco eso, del juez Castro al prohibir la grabación audiovisual de la declaración de la infanta Cristina. Pensar que a estas alturas de la película tecnológica, cuando se ha hecho un sainete con los casos de espionaje cutre a políticos de aquí y allá, se podría evitar que alguien, porque le pagaban bien o por el mero gusto de añadirle salsa al desgraciado asunto, grabase la declaración, carece de sentido. A ello se añade el descrédito en el que rueda pendiente abajo y con aceleración suma, la institución judicial, a la que se le rebelan a buen ritmo políticos, periodistas y el común de los mortales, por lo que no debe extrañarnos el enfado supino del juez, que debería sencillamente haber declarado la vista no pública por razones obvias.

El secreto de la infanta dejó, pues, de ser secreto, gracias a un artilugio detectivesco que burló la diligencia policial y dejó en entredicho, y de un solo golpe, a policía, judicatura y corona, mientras el periodismo, por una vez, salió ileso por aquello de la noticia a la que se deben. Y la noticia real ha emborronado todas las otras, corrupción política incluida. Dicen que ha sido la Zarzuela, con tanto demorar lo que al final ha sucedido indefectiblemente, la que ha provocado la expectación, pero yo creo que habría sido noticia en cualquier caso el paso de una infanta por los juzgados.

Ya nos habíamos acostumbrado al paseíllo de famosos (el ejemplarizante de Lola Flores, el más reciente y patético de Isabel Pantoja) o políticos (Matas transitando caminos que antes hollara Barrionuevo; Munar afrontando un destino en el que por ahora Camps se salva por la campana...), pero si del yerno del Rey parecía impensable una petición de cárcel, de su hija la imputación suena a pesadilla; y no puede dejar de ser noticia, se manejen como se manejen los tiempos: era imposible hurtar la imagen del chivo expiatorio ofrecido al populacho para que se encarnice sobre él y olvide todo lo otro por un rato en los intermedios del fútbol anestesiante.

Puede que la infanta haya abusado de nuestra confianza (que está por ver si fue tonta enamorada, profesional mal aconsejada, o cooperadora necesaria de corruptos e imbéciles), pero deberemos también reconocer nuestra dejación en la responsabilidad de control de nuestros dirigentes, representantes y símbolos. Durante años los periodistas callando deslices, durante tantos o más los cortesanos pagando la fiesta (yates, palacios, saraos, lo que fuere) y el resto con esa retahíla de expresiones que denotan la molicie extrema, la pereza insuperable por pensar o vigilar: “yo siempre voto a..”, “seré de izquierdas hasta la muerte, porque mis padres eran obreros..”, “votaré a los que nunca gobernaron, porque no tienen pasado”, juicios de inercia, reacciones casi nunca basadas en un programa electoral, demócratas de urna, que el resto del tiempo declinan la tremenda responsabilidad de vigilar.

Y por eso los secretos a voces de la infanta se exponen al sol de la rabia popular, esa rabia que sólo se despierta cuando se compara y se envidia. Y es mucho más fácil envidiar cuando la crisis atenaza a quienes jamás imaginaron verse en una igual. Pero no se engañen quienes creen que esta especie de resarcimiento durará demasiado: el mejor secreto de la infanta está por llegar, porque la casa real contratará una de esas empresas de comunicación que es capaz de recuperar el honor perdido, de restituir la reputación maltrecha por el paseíllo, de hacernos comulgar por enésima vez con ruedas de molino. Y comulgaremos, y olvidaremos, como lo olvidamos todo, incluso el hecho de que con dinero el honor se recupera con más facilidad.

Nos descubrirán algún secreto maravilloso, o terrible pero justificativo del porqué de su actuación, como en las novelas adictivas (¿no se han dado cuenta de que en todas hay siempre un misterio terrible del pasado, que lo justifica todo, que dignifica incluso al más taimado, como la Scarlett O’Hara que nunca habría de volver a pasar hambre?) Quizás, si su marido es condenado, deberá renunciar a los derechos dinásticos, probablemente la única decisión sensata que en este capítulo de la fotonovela podría tomar, porque carece de sentido obligarla a divorciarse. Y de ese modo, vuelta a empezar.

Sigo afirmando, en todo caso, que entre las opciones de jefatura del Estado, la monarquía me sigue pareciendo la más adecuada; y después de ver la reacción populachera y frívola con la que se ha tratado este tema, y las ganas de sangre que se adivinan en los críticos, no hago más que reafirmarme en mi tesis; pediría, eso sí, que la Corona, además de lavar imágenes con secretos de cartón piedra, hiciese un alto en el camino y reconsiderase cómo quiere ser en el futuro; ahora mismo tiene sobre la mesa una ocasión de oro, el debate territorial, para ser el Rey –o el Príncipe, si me apuran y por delegación-, como dice la Constitución, “moderador de las instituciones del Estado”. La pintan calva; ese tren no pasará más veces.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba