Apaga y vámonos

El secesionismo en la hoja de ruta del Imperio

La esperanza como motor de la acción

Durante uno de esos intermedios publicitarios que justifican la existencia de la televisión, me decía el otro día la presentadora del programa en el que participaba, que esto de Artur Mas parece como aquel novio “que te pone los cuernos y luego se queja de que le has dejado”.  Así es como le ven desde fuera de Cataluña los menos acres en sus comentarios, mientras desde el PP van diciendo, Constitución en ristre, “¡no pasarán!”, que es justo lo que más necesita el independentismo romántico para cargarse de razones. Desde esta tierra donde vivo y siento las cosas son menos sencillas, pues, aunque también se haya movilizado una pequeña facción por la defensa del statu quo actual, gentes de todo pelaje se han ido sumando a la idea de que la independencia puede reportar más dinero, tal vez, pero que en todo caso lo que sí supone es un revulsivo para el espíritu, una emoción y una esperanza. Y no nos engañemos, es el espíritu y no el cuerpo el que acaba moviendo las montañas. Otras situaciones mucho más depauperadas ha vivido Europa y no lo hacía con el desánimo que ahora la embarga, por eso salió adelante; si en Cataluña ha fraguado lo que hace años podía ser calificado de “quimera” es justamente como salida buscada a una profunda depresión colectiva en la que mirar la cara (y el puro) del Presidente Rajoy no ayuda nada.

Regresó Mas de Madrid a Barcelona con un “no” necesario para completar el bucle en el que ubicar una estrategia y con un discurso post-entrevista que le permitiera a su vez el estilo Bravehart  con el que asesores y medios de comunicación le han conseguido dar una dimensión de líder en tres cuartos de hora. La tesis, que no diré que es mía, porque de tan charlada en pasillos y makingoffs su autoría se desdibuja a la misma velocidad en que se torna plausible, es que el President se subió a este carro cuando lo vio pasar y que le ha ido de perlas para convocar elecciones con las que emborronar recortes realizados e inminentes comisiones de investigación. Unas elecciones que además, no hace falta darle muchas vueltas a la cosa, las gana CiU, con la mayoría que sea, en todo caso mayor que la actual. Entre los que no se creen que su partido no sea el de siempre, y los que se creen que por fin ha dado el giro hacia la independencia, quienes no escuchen a Duran i Lleida y no vean el vuelco editorial de su diario de cabecera, podrán votarlo con tranquila conciencia. “Si tiene la mayoría absoluta, continuará el seny”,  dicen los unos. Otros en cambio apuntan: “Si tiene la mayoría absoluta, se cargará de razones para convocar a consulta a nuestro pueblo y constituir nuestro propio Estado”… y así tendrá la mayoría absoluta bajo la incierta promesa de que “preferentemente durante la próxima legislatura”, se preguntará a los catalanes, sí o sí, por el derrotero que ha de tomar Cataluña.

Del resto sabemos poco, aunque con el sistema político actual sí podamos afirmar que pierden los de siempre, incluidos quienes sólo critican sin mojarse nunca por la cosa pública. Por lo demás, no me atrevo a aventurar si ERC subirá un poco o mucho, pero subirá. Tampoco sabemos si en el PP, que aglutinará el voto de quien no quiera la independencia de Cataluña “preferentemente en la próxima legislatura”, serán muchos los que esta vez  ni con una pistola en la sien volverán a cometer el error de pensar que ese partido traería la bonanza económica bajo el brazo, cuántos socialistas que, con arcadas, fueron capaces de traicionar sus posiciones de izquierda por el asunto de la “barretina” (véase alianza con ERC) de José Montilla, abandonarán esa esquizofrenia en esta ocasión.

Al final, mucho más tarde, constataremos que se puede autodeterminar un pueblo o una parte de él, o una persona, pero que la independencia es otra cosa, y que el ser humano sólo puede soñarla, se llame Rajoy, Borbón o Pérez. El miedo a la libertad forma parte de la esencia del ser humano, y en el fondo, buscarse una nación, siquiera sea rechazando otra, no es más que la forma política que adopta el miedo a estar solo, a no tener identidad, a quedarse sin referentes grupales. Es tan legítima (o no) como la primera, las zarigüeyas no tienen naciones y la tribu, tan denostada por algunos intelectuales, es sencillamente el grupo de humanos en el que uno o una, con mayor o menor fervor (grado de patriotismo...) se siente identificado.

Al imperio por la aniquilación de los estados

A los políticos profesionales (los que llevan toda la vida y con dificultades encontrarían acomodo digno fuera del sistema si no es porque antes de irse o de llegar el riñón ya lo llevan forrado) esto que digo les importa bien poco, pero debería empezar a importarles. A Mas la onda expansiva de la manifestación que, viéndola venir, engordó y capitaneó, le puede pasar por encima, si cree que las consignas ya grabadas por décadas en el imaginario colectivo catalán le van a permitir culebrear como hasta ahora (“pujolear”, le llamaba a eso hasta que el President se jubiló). El tiempo se ha radicalizado, los matices se han perdido (por eso y por su contumaz incapacidad de hacerse la pregunta hamletiana a tiempo) el PSOE (y su PSC) perderán votos a raudales. CiU y el PP estarán así muy contentos, por más poses alarmadas que ponga éste y más aires épicos que asuma aquél, pero les aseguro que éste es el final de un tiempo, entre otras cosas porque ese interés abriga Europa, que en este juego libra una partida importantísima.

Y aquí va lo que propongo a la consideración de mis generosos lectores (incluidos los críticos): construir la Unión pasa por deshacer soberanías que entorpecen el poder a los grandes. Hay que desmontar la estructura en la que vivimos desde el siglo XV, y alemanes y (con desconfianza comprensible) también franceses están dispuestos a jugarse el nombre de la cosa por ganar el futuro del Imperio. Saben que lo mandarán, que nadie en él será independiente, que a lo sumo, el diálogo del mundo multi-polar se dará entre colosos, y que la nueva identidad (europea) sólo puede ser la suma de identidades individuales, con sus libertades civiles más o menos consagradas y con unas estructuras de Estado reducidas a la mínima esencia administrativa y desdibujadas desde el punto de vista del poder político y económico.  De ahí que Viviane Reding no quisiera afirmar que una Cataluña independiente hubiera de salir por ello del euro y de la Unión. Por el contrario, deben de estar pensando, vengan de una vez los desmantelamientos de las viejas estructuras, a ver si así alumbramos  de una vez la siempre abortada del imperio nuevo.

Lo dicho, como ven, nada es si no lo mueve la esperanza.


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