Apaga y vámonos

Todos los prismas de Suárez

Ella es todos los Estados y yo todos los Príncipes, Nada más existe. (John Donne (1572-1631)

Un día de aquel bachillerato (portentoso, inigualable, cantera y razón de cualquier logro intelectual que yo haya podido nunca atribuirme) que cursé en el Instituto público “Montserrat” de Barcelona, nuestra profesora de literatura nos hizo analizar los múltiples sentidos de esa frase de Donne en su poema La salida del sol. El arrebato amoroso que es central en la pieza no desaprovecha la ocasión para arremeter contra el sentido de entonces y eterna naturaleza de la política: “Príncipes hay, pero nos engañan” dice a renglón seguido del verso que encabeza este post, acuñando una primeriza postura de escepticismo político, apuntando a lo que en tiempo de democracia sería sin duda la abstención.

He estado horas dándole vueltas al modo en que dedicaría este post a Adolfo Suárez. Porque no podía ser que no lo hiciera y porque se ha dicho tanto, ahora que la muerte ha alcanzado su carne, previa aniquilación de su memoria, que dar una nueva opinión, llegada de quien como yo a duras penas recuerda en persona la Transición, carecería del menor sentido. Y, sin embargo, ninguna casualidad existe, llevo varias semanas a vueltas con una visión concreta del personaje, la de Javier Cercas en su Anatomía de un instante, y de pronto me he dado cuenta de que la suya, magistralmente conducida en círculos, perfecto guión para una película de autor, es a su vez resumen de mil visiones leídas o escuchadas. Así que yo no daré una más, sólo hablaré de las mil vueltas, de todos los prismas. Porque nada más existe.

Ambición y soberbia, son el punto de partida y el veneno aniquilador de cualquier animal político. Sin esas dos manifestaciones del ego, la acción decisiva, el instinto de la modernidad y lo caduco, el arrojo rayano en lo temerario, no serían posibles. Hay que añadirle una necesaria falta de escrúpulos, porque el fin puede justificar los medios (y no lo digo con ironía, sino asaltada por la duda) y un cinismo bien medido, porque ganar la simpatía del votante futuro, sin perder la fe del actual y desactivando la inquina del adversario puede obligar a transitar terrenos que en otras circunstancias tal vez se evitarían. Pero debe el animal político reunir todo eso junto a una clara visión del objetivo, porque si falta algún ingrediente o no existe finalidad en la acción, crece la planta de forma mediocre, y entonces se abre el camino al triste y desolador paisaje actual, donde todo es nada, ningún Estado, ningún Príncipe.

Una vacuidad porosa, una potente inteligencia emocional. Lo que se pide al emprendedor de éxito en la actualidad son los ingredientes en que se fraguó el éxito de Suárez, la razón por la que fue escogido por quienes creyeron que podrían usarlo hasta el final y luego asistieron perplejos a la rebelión de la herramienta. Y es que en el fondo ésa se antoja haber sido la tarea de Suárez, poner en marcha una empresa, no gestionarla, no hacerla crecer, no consolidarla. Todos los prismas de Suárez apuntan a la idea genial de Cercas sobre su capacidad de poner de pie el caballo de Troya del franquismo y su debilidad para empujarlo murallas adentro, o más aún, su tremenda falibilidad, colocándose a sus pies y siendo machacado por su creación. Y debemos admitir que cuadra perfectamente con el modo en que la política, la férrea maquinaria de los partidos, el engranaje entero del sistema se comporta con quienes no son ante todo y para todo unos supervivientes: pañuelos de un solo uso, desechables en cuanto se ensucian. Y así fue, no podía ser de otro modo; él y los otros dos traidores de la loba capitolina que los amamantó: como Suárez respecto del Movimiento, así Gutiérrez Mellado respecto del Ejército franquista y Carrillo para con el comunismo en el que él y Pasionaria habían reivindicado la dictadura del proletariado. Los tres cortando amarras, los tres a la deriva de su barco, los tres aniquilados por su gesta. El más visible llevó la peor parte.

Luego vino el dislate. Lo que estaba sólo hilvanado para que en el patrón del vestido pareciese que cabía casi todo fue luego mal cosido por sastres de tres al cuarto, presidentes sin agallas para rematar el cuadro, profundizar la democracia y conciliar los corazones más allá de las manos estrechadas en las fotos. Zapatero en este desaguisado de Presidentes ha sido sólo la nota más estridente, pero entre su “conjunción planetaria” (Pajín dixit) y la deriva por los siglos, que también se antoja sideral, con que García-Margallo amenaza a Cataluña día sí y otro también bajo el silencio cómplice de Rajoy y el aparentemente crítico de los partidos oportunistas y de la nada-oposición socialista, han acabado de poner punto final a la esperanza de que se entendiera que el patrón diseñado era sólo una maqueta que había que consolidar a fuerza de renuncias y no sobre la arena de la corrupción, el arribismo, las barricadas ideológicas y una mal entendida y peor gestionada memoria histórica.

Una ética de valores mínimos, ésa era la única posible en la agenda de Suárez, una agenda para tiempo de frontera, como la de los padres fundadores de esa América que tan salvaje y soberbiamente describe Scorsese en Gangs de Nueva York, incuso Leone en Érase una vez en América. Valores mínimos,  como los de la Constitución americana, imposibles de plasmar en España en espacio tan breve por la conciencia de cualquier estadista, y en ese sentido intuitivo y primario Suárez lo fue, de que aquí se acumulaban fantasmas y agravios, ajustes de cuentas ocultos en los armarios; y sobre todo, la envida, el veneno que corroyó el invento del Estado de las autonomías desde el instante cero. En los prismas de Suárez no hubo un lugar para la envidia, no había tiempo para eso, y ese fue el error de su visión, creer que aquello de lo que carecía tampoco anidaría en el alma de sus contemporáneos.

Y así los buitres de la envidia también crecieron en su entorno. Envidia por lo atesorado, envidia por la habilidad de su baile sobre los cadáveres de sus padrinos, envidia por eso tan nuestro de “¿y por qué no yo, si él puede, siendo yo más que él, sin duda alguna?” Y es verdad que quizás casi todos los Príncipes hubieran sido más que él: más cultos, más escrupulosos, más capaces de organizar equipos y de delegar en ellos, más pacientes, más leales… Y tras la envidia y los demás pecados, el remordimiento de la culpa, tan humano, tan occidental, tan nuestro, con su paradigma en el Alfonso Guerra de la peor diatriba, del sarcasmo más hiriente, y, también en eso el de la mayor y más expresa contrición. Me cuentan que durante los años de la insania paulatina de Suárez quincenalmente se acercaba a visitarlo, y puedo imaginar con qué heridas auto infligidas por el arrepentimiento se ha quedado ahora sin el cuerpo presente de su penitencia.

Y así se ha cerrado el tiempo de la transición. Suárez, en compañía de lobos, hilvanó un sistema que después no hemos sabido coser, y ahora cualquier apelación a aquel consenso es falsa, se hace desde la propia trinchera y llega tarde. Quizás es que sólo en momentos cumbre surgen los héroes, del mismo modo en que en general suelen ser vislumbrados cuando ya no están, porque sólo hacia atrás y hacia adelante nuestra mirada parece ser capaz de distinguir el oro; o de creerlo. Sea como sea, si la Transición fue por él o con él, ahora que ya no está, podemos dar por cierto que se acaba. Aunque lo pensamos mucho tiempo, su final no estuvo en la aplastante victoria socialista de 1982. Creímos vislumbrar el final cuando los vencidos asumieron el poder, pero el paso de estos años nos ha acabado demostrando que la inconsistencia incipiente no fue apuntalada después. El obituario de Suárez lo ha venido preparando durante años esa fiel radiografía de lo que fuimos que se teje en televisión sobre la familia Alcántara: Cuéntame es así el arquetipo explicativo de tantas familias españolas, de su prudencia pequeñoburguesa, del modo en que todo se fue disimulando mientras todavía subía y bajaba el ascensor social. Hoy, cuando la crisis económica simboliza y resume todas las crisis que llevamos dentro, se acerca de nuevo el momento de personas que no vengan de trinchera alguna, nacidas para imaginar todos los colores del prisma. Príncipes nuevos para los nuevos Estados.


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