Apaga y vámonos

¿Qué precio pagamos por saber?

Con su proverbial habilidad para mirar algunas situaciones desde lugar diverso, dice Javier Pérez Royo en su manual de Derecho constitucional que la intimidad es un derecho de creación muy moderna, y esa idea me parece extraordinariamente valiosa para reflexionar sobre dos temas que estos días traen de cabeza a la opinión pública, a los gestores políticos y a cualquier ciudadano de a pie con inquietud social y ética: el espionaje multilateral y la corrupción política. Ambos están relacionados y sean o no cortina de humo de la crisis, requieren de una aproximación muy seria, porque ponen en juego lo que somos, cuánto nos respetamos y, por tanto, qué respeto podemos exigir que por nosotros tengan los demás.

Hay que convenir con Pérez Royo que la intimidad no se daba en aquellos tiempos en que las comunidades eran exiguas, todo el mundo se conocía y el control social se ejercía por ende menos desde las instituciones que desde los propios vecinos. Incluso entre la más alta alcurnia, las actividades más íntimas formaban parte de lo que toda la corte podía ver; todo el mundo tenía derecho a saber, aun cuando ese derecho fuese sectorial y al espectáculo de las abluciones matutinas de un aristócrata no pudiera abonarse cualquier plebeyo.

Si nos detenemos un instante a calibrar el alcance de la intimidad nos damos cuenta de que efectivamente no cabe más que cuando se generan las aglomeraciones urbanas de personas que, viviendo muy juntas, no se conocen, ni se saludan, ni se miran más que de reojo. Es entonces cuando las personas se transforman en gente, pueden sentirse ocultas en la masa y, como consecuencia derivada de una nueva consideración de la dignidad humana, empieza a apreciarse, reconocerse, exigirse y protegerse lo que en el ámbito anglosajón de forma mucho más evidente y sonora se denomina la “privacy”. La intimidad es tanto mayor y mayormente exigible cuanto más grande, homogéneo y denso sea el colectivo en el que la persona vive, incluso hasta el grado del hacinamiento, pues en ese supuesto extremo una indigencia anónima en Calcuta sería más íntima que la vida palaciega de María Antonieta.

El penúltimo reducto de la época anterior, la época de la corrala y el común conocimiento de la vida del prójimo, es la portería. Las fincas con portera (más que con portero, porque una biología condicionada por los hechos hace a las mujeres más propensas a reunirse para hablar) han significado la posibilidad de saber de los aconteceres de los vecinos hasta que el portero electrónico ha sumido la mayoría de las comunidades de vecinos en el pozo del misterio. Pero querer saber de los demás es un interés muy extendido en la condición humana, y el ciberespacio ha puesto a nuestro alcance un mentidero de proporciones galácticas donde un friki universitario como Mark Zuckerberg pudiese devenir millonario gracias a la dialéctica “ver-exhibir” en la impúdica exposición pública de nuestros dimes y diretes que es Facebook. Podemos aseverar, por tanto, que la cabra tira al monte, aunque se le quieran poner puertas al campo.

Por supuesto si por medio se cruza la noticia de que el investigado es un corrupto evitamos la crítica de nuestra tendencia voyeur; así estos días hemos visto cómo cuantos han sido pillados utilizando los servicios de la agencia de detectives en solfa justifican su indagación en alguna razón ineludible: la corrupción urbanística del municipio, la seguridad de mi local, las consecuencias que la forma de vida de un jugador pueda tener para su rendimiento deportivo, a las que hay que añadir otras menos confesables, como la rivalidad dentro de un partido político, la necesidad de saber cuánto conoce la gente sobre alguien que en nuestro equipo sabemos corrupto…; nada nuevo, pues el fraude en el ámbito laboral o en el régimen económico matrimonial ya habían justificado mucho antes que la profesión de detective (que se inicia justamente cuando empieza a reconocerse el derecho a la intimidad) tuviese un largo recorrido. Así que estamos de nuevo en la corrala de antaño, conscientes, debemos serlo, de que el precio primero que pagamos por estar ahí es nuestra intimidad, que nunca más estará a salvo porque siempre podrá un tercero, Estado o privado, justificar el sacar a la luz nuestra parte más oscura.

Y es que pagamos una tasa mayor que nuestra joven intimidad por el levantamiento de las alfombras que tapaban los detritos que ahora inundan con su pestilencia todas las pantallas que tenemos encendidas, haciendo indistinguible la televisión basura da la otras, y es reconocer que cuanto acontece al otro también pasa en nosotros. Al mirar de soslayo o sin pestañear las miserias de un rey, o de un tesorero, o del secretario general de un partido, ¿qué vemos? Vemos nuestro silencio, ese que ahora se traduce en un “todo el mundo lo sabía” que si no es tan culpable como la cooperación necesaria, sí se queda en el ocultamiento; y a él se añaden en fila los compañeros de partidos que miraban hacia otro lado, los jueces a los que no llegaba la “noticia criminis”, los fiscales que tenían demasiado trabajo para encargar a la policía investigaciones a fondo… Para vergüenza de todos, este tipo de casos suelen estallar cuando a algún “mindundi” no le dan su parte, se cabrea y “canta”.

Pero nuestro silencio es también mimesis personal de la situación que criticamos: ¿quién de cuantos se rasgan las vestiduras ahora por el tráfico de influencias de la casa real o de alguna de sus dependencias no habría hablado con algún capitoste para colocar un hijo, obtener una contrata, evitar un papeleo, colarse en la lista de espera de algún servicio? ¿Es que alguien alguna vez alzó la voz por los regalos que en forma de barcos, palacetes, o trabajos relajados han recibido a lo largo de los años quienes ahora son lanzados a los perros? ¿Cuándo se había planteado alguno de los medios de comunicación que ahora destrozan al yernísimo que no debían pagarse sus servicios y que sus servicios consistían esencialmente en ese parentesco? Como decía Sor Juana Inés de la Cruz, no seamos fariseos, que es tan culpable quien peca por la paga como quien paga por pecar.

En el fondo de los fondos, el precio mayor y más dramático que acabaremos pagando por todo ello es la construcción de un axioma básico: quien nada tiene que esconder no padece por la violación de su intimidad, porque la intimidad no puede servir para ocultar delitos. Y ahí empieza el drama que conduce directamente a la postulación de un sistema totalitario donde el ojo del Gran Hermano sirva de vigilante extremo que excluye cualquier tipo de inseguridad. El visionario siempre poco reconocido que es Steven Spielberg (nos corroe la envidia de que el Rey Midas pueda existir sin peligro para sí mismo) lo describía en la inquietante Minority Report hace ya más de diez años. Y en una muy próxima edición del Mobil World Congress nos presentarán, sin que movamos una pestaña, la novedad que para algunos no lo será tanto: el Departamento de Pre-Crimen, la anestesia definitiva, el golpe de gracia a nuestra culpable, patética y complaciente renuncia a la libertad.


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