Apaga y vámonos

¿Es el político un profesional?

En el debate que enfrenta en la actualidad a los partidos políticos que han tenido responsabilidades de gobierno y aquellos otros que pretenden tenerlas un tema concita la simpatía de la gente hastiada de la corrupción política y es afrontado desde la periferia del sistema con una gran frivolidad y simplismo pero con comprensible contundencia: se dice a un tiempo que la política debe estar en manos de gente con experiencia y que en ella nadie debe eternizarse, que no puede por tanto ser una profesión. ¿Cómo se hace eso compatible?

Admitamos como punto de partida que en general nos gustaría que la política fuese para todos sus protagonistas un pasar; así la envidia en quienes la tuvieran sería mucho más llevadera, cuando el sujeto envidiado fuese variando con el paso del tiempo; así sería también más fácil eso que en otros países es la norma y es la irrelevancia pública, el anonimato mediático de la mayor parte de quienes se dedican a ese menester que consiste en la gobernanza de la cosa pública. Sin escándalos, con discreción, con eficacia… y con un sueldo, permítaseme discrepar de la mayoría, a la altura de sus responsabilidades, sobre todo porque entre éstas sin duda se deben encontrar las que tengan que ver con un nivel de honestidad por encima de la media.

La cuestión que hoy me ocupa no es la del sueldo, pues sé que resulta harto difícil justificar sueldos importantes para nuestros gobernantes en un momento como el presente, de palmaria destrucción de las clases medias, de demostración incontestable del grado de corrupción en que pueden llegar a sumirse miembros de nuestras instituciones y de patética falta de formación intelectual y profesional en buena parte de quienes ostentan cargos de alta responsabilidad en la estructura del Estado. Pero baste preguntarse por un momento, si no se concitarían dinámicas bien distintas en todo ese devastado panorama si el contexto fuera de prestigio, valoración y alta retribución de los cargos, a la altura de lo que se les pide.

En cualquier caso, el tema de los sueldos de los políticos me sirve para traer a colación el que realmente está en la base de la distinción entre los viejos y los nuevos partidos: en aquéllos el relevo sólo se produce, salvo muy contadas ocasiones, de forma generacional, y no debe distraernos el hecho de que Aznar y Rodríguez Zapatero hayan estado sólo dos legislaturas como presidentes de Gobierno: el primero ha seguido moviendo los hilos de su partido durante años, y el segundo no ha sido otra cosa que una desgraciada anécdota rodeada de seres inconcretos cuyo último objetivo se circunscribía a la sedimentación y confort de sus propias economías. Por la fuerza de los partidos noveles, que irrumpen obviamente con caras nuevas a su frente, el PSOE ha hecho ver que se renovaba encumbrando a un casi perfecto desconocido; pero no nos engañemos, su vida, la de Pedro Sánchez, como la de Rajoy o la de Felipe González y la de la mayoría de los presidentes autonómicos, buena parte de los ministros y algunos otros altos cargos, ha estado siempre vinculada a la acción política, haciendo de las profesiones que rotulan sus currícula una mera coartada para que nadie los pueda tildar de una Bibiana Aído cualquiera.

La profesión de toda esa gente y tanta otra, por supuesto también la de una ya experimentada Rosa Díez, y por el mismo camino va ya su rival Albert Rivera, es la política; en algunos casos sin posibilidades de llegar a gobernar, por lo que tal vez un día lo tengan que dejar, pero en ninguno de ellos nada ajeno a eso les ha interesado o interesa. Como son seres humanos, su capacidad de reciclarse al cabo de lustros de dedicarse a una tan absorbente actividad es pequeña, por lo que la práctica ahora tan criticada de la puerta giratoria hacia el mundo empresarial en posición de inútiles con rica dieta no es otra cosa que la alternativa a la indigencia, si no eran ricos antes de entrar o no se han enriquecido durante su paso por la política, más si, como se pretende, deben tener sólo el sueldo de una secretaria media.

No nos engañemos más: excepto los funcionarios, cuya plaza está, hasta la fecha, asegurada, ¿quién puede dedicarse a la política y volver al cabo de los años a su puesto de trabajo? Sólo personas suya cualificación profesional, dicho con todo el respeto del mundo, sea baja, e incluso así, en un contexto actual como el de crisis, los únicos que tienen asegurada la reincorporación son los altos liberados sindicales. Un químico como Rubalcaba podrá dar clases a los de primero de carrera en la universidad (donde por cierto tenía previamente la plaza asegurada), ya que es profesor, pero incorporarse a un laboratorio le resultaría harto complicado; cualquier abogado que deje su despacho durante diez años, ya puede olvidarse de la cartera de clientes que hubiese acumulado, pero también de los conocimientos que adquirió y practicaba, sobre todo si es laboralista o fiscalista, donde todo cambia a la velocidad del rayo (¡gracias a los políticos!). La ciencia, la confianza profesional, la experiencia son incompatibles con una carrera truncada por un pasar por la política tal y como la gente querría que se produjera. En algunos casos, el paso bree dio margen a convocarse una plaza de funcionario de un cierto nivel para cubrirse las espaldas…

¿Puede hacerse una cosa y la otra?  La opción de dedicarse part time a la política tiene ventajas para gobernantes y gobernados: aseguran los primeros su libertad, mientras los segundos pueden tener por cierto que el enquistamiento de aquéllos en el cargo será menos probable. Pero hay también que tener cuidado con tales dobletes, si consisten en ser arquitecto o constructor en un municipio y responsable de urbanismo en el pueblo de al lado, pues ya se ha visto que el mejor lugar para enterrar las mejores convicciones morales está siempre cercano a un terreno urbanizable.

La cuestión, por tanto, no tiene tan sencilla solución como podría pensarse a simple vista. Cuando los recién llegados hablan de regeneración democrática, lo hacen en abstracto y por ende las soluciones a los problemas que aquí planteo son todo menos verosímiles. A la vista de tanto analfabeto al mando del Gobierno y tanto profesional de prestigio encogiéndose de hombros y eludiendo echar una mano en la defensa de una patria (la de aquí, la de allá) con la que tantos se llenan la boca, creo que la única manera de evitar que nos gobiernen chalanes sin escrúpulos o charlatanes de cafetería universitaria pasa por elaborar con cara y ojos un plan de formación para que quien sienta la vocación política pueda asumir la mínima formación imprescindible (teórica y práctica, operativa y ética), a partir de la cual dedicarse con el sueldo merecido al servicio de la comunidad, cobrando como en todo trabajo debe cobrarse el sueldo; con dignidad. A partir de ahí quienes critican lo que ocurre tienen una triple responsabilidad: votar en conciencia, controlar a sus gobernantes, y exigir la máxima responsabilidad en quienes incumplan sus responsabilidades. Como en cualquier profesión, sin más (ni menos) heroicidad que la del trabajo bien hecho. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba