Apaga y vámonos

¿Qué podría hacer Rajoy?

Dice que no puede hacer nada. Hay en la argumentación jurídica de la cohorte de funcionarios del Estado que pueblan hoy el Gobierno de España, registrador de la propiedad a la cabeza, una verdad de fondo incontestable por más que se empeñen algunos en buscarle a la letra de las palabras un espíritu distinto del que las anima: la Constitución española no permite referéndums sobre la autodeterminación. No se trata de que no tolere que existan posiciones ideológicas que incluso sean antidemocráticas; la gloria y la miseria de la Constitución española es que a su amparo pueden existir partidos fascistas y partidos que propugnen la dictadura del proletariado y la sociedad sin clases, y a todos ellos, incluidos los que tienen ideología no democrática, sólo les pide que su estructura y funcionamiento lo sean. Pero eso no implica que quepa un referéndum por el que su población decida si quiere dejar de ser una democracia, entre otras cosas por la fundamental de que la omnipotencia (la democracia puede votar lo que quiera) tiene a mi juicio, dos límites ontológicos: la entidad moral de lo que se decide (por ejemplo, eliminar el derecho a la vida) y su no reducción al absurdo (como decía Ignacio de Otto, es como si Dios aprovechara su omnipotencia para autodestruirse). Además, y no es menor, una tal decisión obligaría a generaciones venideras, si decidieran reinstaurar la democracia, a la ruptura constitucional o un rompimiento con la legalidad dictatorial parecido al que se hizo durante la transición: de la ley a la ley, saltándose su espíritu.

Visto, pues, desde la perspectiva normativa, el juego de los artículos 1 y 2 del texto constitucional (la soberanía es una; el Estado, indivisible) no deja lugar a equívocos, y es verdad que Rajoy no puede aceptar la consulta tal y como se ha planteado (incluye una pregunta sobre la autodeterminación). Ahora bien, es una obviedad el hecho de que las leyes tienen un recorrido que se inicia con su promulgación, en el que no siempre lo escrito y prescrito se corresponde con lo que pasa. La ciudadanía está más que harta de ver con qué cinismo violan los gobernantes (y los aspirantes en cuanto pueden) las reglas fundamentales de juego: la igualdad, la justicia, el pluralismo, la prohibición de mandato imperativo, la democracia interna de los partidos, la prohibición de arbitrariedad en decisiones sobre la buena marcha de la economía… en fin, la lista es de tal calibre, incluso sin meter en ella los delitos, que siendo misericordiosos, sólo cabe decir que la realidad política es tozuda y tiene sus propias reglas, entre las que no es menor la propia condición humana. Jugando en esa liga, en la de la realidad política, en el momento presente Cataluña ha puesto sobre la mesa una cierta pregunta (algo incierta, la verdad) para formular un cierto día (no un día cualquiera) del año 2014 (un año simbólicamente muy concreto); el Gobierno catalán además ha presupuestado una cantidad dineraria para su celebración, y dicen que se empieza a elaborar un censo al efecto.

La ciudadanía está más que harta de ver con qué cinismo violan los gobernantes las reglas fundamentales de juego

Todo ello ha lanzado una pelota al tejado del Gobierno central, la de la proyección internacional del conflicto, como no podía ser de otro modo: una manifestación más o menos multitudinaria es algo que sucede en el mundo día sí, día también; pero que un país europeo se encuentre en una tesitura como la planteada por Cataluña es algo nunca visto, y por ello y por sus implicaciones políticas, noticia mundial. Por las buenas o por las malas; o mejor dicho, por referéndum o por elecciones plebiscitarias, Cataluña será preguntada por la forma política que quiere adoptar a partir de ahora. Y si esa pregunta se plantea aquí, y si es verdad que todo empieza con aquel Estatuto maldito que luego fue copiado por media España, quizás tenga sentido preguntarse (políticamente hablando) a cuántos españoles les interesa seguir jugando la regla del juego que en 1978 se alumbró. Porque si algo está claro es que, como está, no funciona, siquiera sea en un rincón no menor de la total estructura.

Imaginemos que se tratara de una escuela (el símil de la pareja en crisis no me gusta, porque plantea una relación bilateral entre el Gobierno central y Cataluña que ambas partes reconocen que no existe, aunque una la quiera), y que en esa escuela unos cuantos estudiantes de una clase estuvieran día sí, día también, quejándose de la situación del centro; imaginemos que el maestro amenazara con castigos, trabajos extraescolares, incluso multas. Por supuesto la incomodidad trascendería el aula, e incluso el propio centro escolar, el profesor no podría mirar eternamente hacia otro lado. Está claro que en el símil, lo único que no puede hacer es expulsarlos del centro, porque eso es justamente lo que el grupito díscolo parece querer. ¿Qué solución se puede dar al caso en un mundo en el que se ya no cabe pegar a los alumnos?

El buen gobernante, como el buen maestro, es un ejemplo permanente de diálogo, empatía, y visión del escenario en que el problema se soluciona o cuanto menos, se mitiga. El buen gobernante, si ama el país que gobierna, no impone soluciones drásticas más que a los malos, que son esos que distinguiendo entre el bien y el mal, optan por lo segundo, lo hemos dicho ya muchas veces. Pero en la tesitura de seguir siendo un país o hacer de él más de uno, no hay principio moral en entredicho. La historia de los pueblos es una continua diáspora y reconstitución de comunidades, y en este rincón del mundo en el que las soluciones ya no se imponen a cañonazos, la decisión no puede ser fruto de la imposición. Eso es lo que la Constitución debería necesariamente reconocer; que España será una “unidad de destino” (ésa es la expresión con la que se concibe a sí misma la Alemania federal), si quiere, pero no por imposición. Porque no hay nada más fuerte que el sentimiento nacional, y nada más frágil que una comunidad que carece de él. Cataluña tiene un sentimiento nacional incontestable y creciente, y si España lo tiene, en Cataluña el sentimiento nacional español tiene una muy débil manifestación. Quizás es que se dio por sobreentendido que existía y no se cultivó.

Que un país europeo esté en una tesitura como la planteada por Cataluña es algo nunca visto

Quizás todo tiene que ver lo que reconocen ahora los socialistas: su vergonzante rechazo durante años a hacer suya la bandera de España, al aceptar la usurpación que hizo el franquismo de los símbolos que eran de todos; el error de adoptar la bandera republicana como símbolo de España, como si la bandera pudiera tener bando. Hace años le dije al presidente Aznar que la que ondea en la plaza de Colón de Madrid llegaba tarde. Y así ha sido; no podía llegar a imaginar que el mismo partido que la desplegaba sería el principal factor para la movilización catalana en pro de la independencia, tanto como para haber colocado a personas que jamás se sintieron independentistas ante la triste conclusión de que la independencia de Cataluña es ya el mal menor en todo este desaguisado.

No puede hacer la consulta, pero tiene que querer encontrar la solución, siquiera sea la de preguntar a todos los españoles si les sigue convenciendo el sistema que nos dimos hace 35 años, observando con especial interés la respuesta catalana, y abriendo, con los resultados en la mano, una eventual revisión total de la Constitución, en la medida en que tuviera que incorporar el derecho de los pueblos que la integran a seguir en libertad dentro de la unión. No sé si debe llamarse “derecho a la autodeterminación”, pero en todo caso se resume en que sólo desde la libertad es posible la unión.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba