Apaga y vámonos

¡Un planazo!

Llegó y se fue, pero nadie fue capaz de escuchar una palabra sobre el plan que había dicho que tenía, ese planazo que iba a resolver, después de meses de “no quiero, pero es que tampoco puedo”, la mayor crisis a la que se ha enfrentado España desde la transición.

Llegó con la cohorte de sonrisas de suficiencia de los de siempre y las de algunos que no son nuevos (ni nuevas), pero que han medrado convenientemente a la sombra de lo que llaman “Nuevas generaciones” y que a mi juicio (ahora me voy a ganar muchos amigos) deberían ser dinamitadas en todos los partidos políticos. Una cohorte formada por ese diez por ciento real al que suman un noventa por ciento de mentira para decir que en Cataluña el PP tiene 30.000 militantes (esa falsedad de datos que también practican las demás formaciones, no vaya a ser que alguien empiece a dudar de su falta de legitimación como de la de los sindicatos). Y así se dio el enésimo baño de masas (es un decir; baños de esos, Beyoncé), ese ritual para propios, aislado de la realidad, al que sólo se accede por rigurosa invitación no fuera que se colase un indeseable de los que afean la fiesta colando en las redes una imagen no prevista, un abucheo sin más.

Habló mejor que nunca. El intelectual formado y culto que le elabora los discursos se esmeró, debo reconocer que quizás lo alabo más porque la frase “España no es negociable” fue también mía diez años antes, en una de las jornadas de FAES en Navacerrada, a la que fue invitada como constitucionalista. Admito que esa frase me ha producido añoranza por los tiempos en que me emocionaba. Y es que fue verdad una vez, España había sido innegociable para una mayoría consistente aquí y allá, y en cambio ahora, a fuer de no negociar nada o de engaños y trapacerías de todo tipo, ya no hay negociación prohibida, ni cuestión que no pueda ser puesta en tela de juicio, y para muestras ahí están el punto de descrédito institucional, o una intromisión mediática en la vida de Hollande que jamás fue pensable cuando Mitterrand ocupaba el cargo. Ahora describir lo que la norma dice o establece está bien en una clase, pero no arregla nada en la vida, porque la vida se ha ido nutriendo durante estos años con datos que bordean el derecho, con esos datos que de tanto erosionar las orillas de las leyes acaban por cambiarlas, ya sea por las buenas… o por las mejores.

Y es que fue verdad una vez, España había sido innegociable para una mayoría consistente aquí y allá

Habló pero no escuchó. No pudo, porque no transitó más que por el salón de sus discursos, el túnel de los jaleadores y el comedor de una de esas comidas de “la sociedad civil” en las que nadie se insulta por lo que pueda perder y en las que poco se dice por lo que haya que ganar. Pero tampoco quiso escuchar, porque cree que ya sabe bastante de lo que se cuece en Cataluña gracias a las versiones de Jorge Moragas, Jorge Fernández y José Piqué, sin preguntarse por un momento qué porcentaje de personas (no de dinero) pueden verse representadas en esas versiones y cuántas de las que quedan fuera están dispuestas a no dejarse amedrentar por las amenazas, los dosieres, las inspecciones y las falsas (o verdaderas) acusaciones; no son conscientes de cuántas de esas personas, abocadas por la amenaza cumplida a no tener nada que perder, se pueden convertir en auténticas kamikazes que, aun a costa de volver a montar una igual de gorda y putrefacta, se carguen la actual estructura de poder sólo por el gusto de ver su cara de pasmo. Es decir, que tal vez deban tener cuidado quienes amenazan, no vaya a ser que en el presente se convierta en un arma de doble filo que se lleve por delante las manos que las arrojan. Si fomentan el miedo, y el miedo debe ser combatido, puede ocurrir que en el combate pierda quien lo generó.

¿Un plan? Tras la cortinilla de la ley del aborto se avista una medida que sin duda habrán creído ingeniosa: (ayudar a) montar VOX para centrarse ideológicamente y reconducir los votos de los críticos que estaban huyendo hacia UPyD. Pero una cosa es el plan del PP y otra el plan de Rajoy. En una frase del dirigente se esconde el único plan que soy capaz de advertir más allá de lo de siempre: mientras yo sea presidente, la consulta no se celebrará, España no se disgregará (gloso); ergo, sin Rajoy podría ser que se diera. Coincide la idea con la de Herrero: hay que buscar una solución en la que nadie sea considerado vencido; sin duda una medida interesante podría ser el cambio de interlocutor, podría ser la desaparición de la intransigencia.

No lo sé, mientras tanto la convención celebrada en Barcelona parece serlo a mayor gloria de una presidenta que emprende rumbo hacia Europa tras haber adoptado el papel del hombre al que sustituye en esa lista del cementerio de los elefantes a coste muy alto que es el Parlamento Europeo, un papel en el que la idea central es equiparar el independentismo catalán con el vasco. Pago ignominioso de la hipoteca pendiente, y puerta abierta a la ignominia que desde aquí venden algunos de que la convención escogió por fecha la de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona. Fantástico plan, lo dicho, todo un planazo…


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