Apaga y vámonos

Hasta que el paro baje al 20 por ciento

Con voz engolada y solemne lo anunció hace unos días el Presidente del Gobierno desde el quinto infierno (sus pocas ruedas de prensa siempre se dan desde el parapeto de la distancia, no fuera que, y no se lo deseo, le lanzaran un zapato a la cabeza): se prorroga el subsidio; una nueva infracción de su programa electoral, una nueva contradicción con la chanza hecha al adversario cuando estaba en la oposición, un nuevo golpe en la credibilidad de la política, aunque esta vez, hay que decirlo, la herida que abre en la fe ciudadana sirve para vendar otras más físicas y sangrantes.

El Presidente dice (lo que no significa nada, ya que puede cambiar mañana de opinión, y siempre cabe recurrir a lo de que las circunstancias han cambiado) que va a mantener la prestación que llaman “Prepara” hasta que el paro esté por debajo del veinte por ciento. No hagamos leña con el nombrecito del subsidio, pues no querría que la legión que sincera y desesperadamente busca cualquier trabajo para restañar heridas del honor y remendar rotos del bolsillo creyera que me burlo de su penosa situación, pues nada más lejos de mi ánimo. Hay que decir sin embargo que no está concebido más que para preparar a quien lo recibe en la dura tarea de la alienación laboral, pues cuando la gobernanza no es capaz de generar las oportunidades para que el trabajo exista, la alternativa es la nada, la mano esperando la limosna, pues aunque se vista con ropajes de derecho, no deja de ser el dinero recibido a cambio de…nada.

La razón del cambio de actitud es a la par el miedo a un estallido social que algunas organizaciones ya han alertado que puede producirse y el hecho de que ni la vicepresidenta compungida hablando de desahucios, ni el Presidente silente que hace treinta años que transita por los pasillos de la política, tienen puñetera idea de qué van a hacer para mejorar la situación. Dicen que nadie lo sabe, y puede ser cierto; quizás no queremos aceptar que este final de ciclo requiere empezar de nuevo, y a quienes deberían hacerlo la tabula rasa les es costosa porque saben que les llevaría por delante. Así que la promesa más grande que pueden anunciar nuestros gobernantes (y nadie en eso les llevará la contraria) es no tocar el “Prepara” hasta que el paro esté en el veinte por ciento. Parecen desconocer que, enquistado como está el desempleo regular en buena parte de la población (ese porcentaje inmenso que hace más de un año que no encuentra empleo) cuando lleguen los desempleados a ser, si es que lo vemos, sólo un veinte por ciento, todo él requerirá ya ese “Prepara”, porque el subsidio derivado de sus años de trabajo se habrá sin duda esfumado.

Quizás no queremos aceptar que este final de ciclo requiere empezar de nuevo

Más aún, en el hecho cierto de la falta de alternativas laborales, lo que en realidad anuncia el Presidente es que el subsidio de paro tendrá duración ilimitada en el tiempo, aunque cada vez más limitada en la cantidad; y razonablemente se reduce, pues a medida que el número de subsidiados aumenta, la carga sobre los aún productivos se va haciendo más y más insoportable, de modo que van cayendo nuevos individuos en el mismo agujero negro hasta generar la duda en todos sobre el momento en que les sucederá lo mismo.

Pero lo peor no es eso. Lo peor es el efecto colchón que desde el punto de vista psicológico genera ese anuncio. Es alivio, por supuesto, para cuantos mañana iban a ver desaparecer la única ayuda que les permite seguir respirando, y no dudo que colocada yo en su tesitura, también recibiría la noticia como un bálsamo. Pero el efecto colectivo es letal: porque el veinte por ciento puede acabar siendo visto como “el porcentaje de paro estructural en España”, un concepto éste que incluso en épocas de bonanza se cifraba en el diez por ciento (¿Alguien lo entiende, si no es por el hecho de que siempre ha habido una economía sumergida de delirio?) Y digo que es letal porque en todas partes cuecen habas, lo que en el ámbito laboral quiere decir que, si hubo quien no empezó a buscar trabajo mientras no vio acercarse el final de sus dos años de paro, ahora para aquellos que haciendo cuentas hacen de ese dinero el complemento para su economía “en B”, la espiral que ennegrece y oculta la realidad de nuestro tejido productivo puede llegar a hacer justificable esa prima de riesgo instalada por encima de 300 puntos básicos sin que nadie se escandalice (venimos de tanto más arriba…!!)

Mientras tanto, me entero de que tres magistrados de la audiencia provincial de Barcelona vuelven a sacarnos los colores a la cara, porque han decidido buscar debajo de las piedras responsables de los bombardeos de la aviación italiana de 1938 que todavía sigan vivos. El 5 de enero de ese año, entre las ruinas de un edificio que se erigía en ahora Plaza Nueva, frente a la catedral de Barcelona, yo perdía a parte de mi familia paterna. Mi padre, que entonces estaba a punto de cumplir cinco años, nunca olvidó ese momento, y su memoria es la mía; pero en tiempos de “Prepara”, en tiempos de repensar un Estado más eficiente, transparente y justo, buscar alguna momia para cantarle la caña por aquel indudable horror, se me antoja la última cosa que yo hiciera persiguiendo el equilibrio. Una de cal y otra de arena. No somos fantásticos, pero podemos hacerlo mucho mejor. Por eso vámonos, sí, pero esta vez pienso que quizás sea mejor no apagar la luz.


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