Apaga y vámonos

¿En qué se parece Crimea a Cataluña?

Aceptémoslo: Crimea es el tema de discusión de la semana, pero sólo se trae a colación en clave interna, sea la interioridad Cataluña, de España o de Europa; también Barack Obama tiene su cruz en el hecho cierto de navegar cojo en su segundo mandato y en la sospecha cada vez más verosímil de que se trate, como algunos decíamos, del presidente estadounidense, pertrechado detrás de un novedoso color de piel, con más palabras que determinación y con tantas promesas incumplidas como cualquier otro.

Crimea no es, por tanto, sólo Crimea, ni su avatar ha concitado la simpatía o la animadversión porque sí. Como no es tampoco un hecho neutro y aislado el cambio de régimen producido en Ucrania, ni de forma antecedente la descomposición de la antigua Unión Soviética. De hecho para quienes vivieron de cerca la perestroika y el modo en que se llevó por delante a quien, muy a pesar suyo, la propició, Gorbachov, la participación de Rusia en todo el affaire airea reminiscencias de la guerra fría, del telón de acero, del enfrentamiento de los dos modos de entender la libertad y la igualdad, aunque los resultados nunca hayan sido del todo satisfactorios en uno y otro lado de su praxis. Pero más allá de esa clave mundial, e incluso al margen, si es que se puede, de las consecuencias que la geopolítica de los recursos energéticos tiene para la supervivencia de la especie humana, los acontecimientos que de forma vertiginosa se vienen sucediendo a poco más de tres horas de avión de nuestra plácida ubicación no son abordados de forma inocua en ningún caso y en una de las posibles formas de abordarlo aparece también el parangón de Crimea con Cataluña a cuenta de la eventual consulta sobre la independencia que en ésta pueda llevarse a cabo.

También para ese caso nada es inocente. ¿Habría sido la misma reacción del Gobierno central (ése que se empeña en hablar sobre Cataluña desde el Ministerio de Asuntos Exteriores, dándole así al asunto la proyección internacional que el Gobierno catalán tanto desea), si la valoración internacional del referéndum crimeo hubiese sido positiva, o cuanto menos neutra? ¿Habría entonces comparado Cataluña con Crimea? Y del otro lado, ¿habría Cataluña negado con rotundidad que el proceso catalán se parezca al crimeo, si ante los aplastantes números presentados como resultado del referéndum Europa hubiese callado, diciendo que el tema era, como dijo para el caso catalán, un “asunto interno”? De hecho, la pregunta subsiguiente y trascendente para el proceso es: ¿seguiría la Unión Europea diciendo que lo de Cataluña es un asunto interno, si la consulta se produjera y el resultado fuese tan aplastante como el de Crimea? Porque en el fondo, y valga la redundancia, ¿es algún asunto de esta naturaleza meramente interno?

Como paisaje de fondo de cualquier discusión, por supuesto, siempre queda decir que todo ha sido manipulado, y lo digo sin negar que efectivamente la manipulación se pueda haber producido. Como ya se hizo en Argelia para rebatir el resultado pro islamista favorable al FIS en 1991, siempre queda la posibilidad de anular el proceso, de darlo por no válido. Pero ¡ah!, hete aquí que en el caso de Crimea su valedor no es un país cualquiera y aunque algunos apunten ya a la debilidad del gigante eurasiático (gigante en extensión, en poderío energético y, todavía, en población con capacidad de resistencia a prueba de todo), lo único que hasta la fecha se ha derivado de este proceso son proclamas histéricas (“nunca aceptaremos el resultado”) y sanciones mantecosas (“los funcionarios de cuarto nivel en el departamento de defensa ruso no podrán usar sus residencias estadounidenses este año”), proclamadas con voz tonante por Barack Obama, premio nobel de la paz, mientras Vladimir Putin, el acariciador de leopardos, reconoce la independencia de Crimea (algo que los crimeos no han votado) y prepara la anexión de esa parte del territorio anhelado sobre la base de una consulta en la que la respuesta era tarde o temprano la misma: sí.

La pregunta sobre si ha habido o no manipulación en el referéndum de Crimea es retórica. Algunos dicen que incluso los números comunicados sobre el resultado chocan con la realidad pues el 95 por ciento favorable de entre el 80 por ciento que votó son muchos más que los pro-rusos que habitan en Crimea, y en efecto es alta la probabilidad de que, rodeados de soldados rusos “de incógnito” y pertrechados de grandes papeletas sin sobre, incluso los tátaros musulmanes hayan aceptado la anexión sin rechistar. Si se acepta ese dato, comparar Crimea con Cataluña debería avergonzar al ministro Margallo, incluso aunque crea que el proceso catalán es el resultado de un adoctrinamiento de treinta años (como si no fuera eso al menos en parte y siempre la construcción de una nación).

La discusión sobre el alcance de la manipulación de los movimientos que se están produciendo en la zona van más allá de Crimea, y cuando menos en el presente se extiende a Ucrania en general. ¿Es un golpe de Estado, como afirman los intelectuales de izquierda por aquí sin haber pisado aquel suelo, o se trata de una revolución, como recientemente señalaba la eurodiputada socialista portuguesa Gomes, testigo directo de los hechos el día en que el primer ministro Víctor Yanukovich fue depuesto? Quizás la diferencia de criterio estriba en el interés de la Unión Europea en justificar su nulo papel (como no podía ser de otro modo para un ente que por no tener no tiene ni política energética común, esencial en un asunto como éste) en la resolución del conflicto. Aunque hay que decir que quienes critican la debilidad de la Unión por sus concesiones a pactar con países no democráticos, olvidan que tiene pocas opciones de no hacerlo, atendido el estado de la democracia en el mundo y las necesidades de las economías globalizadas de hacer negocios hasta con el diablo.

Los hechos corroboran, por tanto, que la postura adoptada en los conflictos internacionales depende del particular interés de quien los enjuicia, que la espontaneidad popular se admira y se respeta sólo cuando coincide con nuestra visión del mundo; nada que ver, tristemente se constata, con hacer honor a la verdad, o cuanto menos con buscarla. Los grandes Estados se deshacen mientras la economía conspira por fusionarse y simplificar sus actores; quizás una cosa va con otra: mientras se eliminan a mansalva pequeños medios de comunicación y bancos de poco pelo, mientras Facebook se come Whatsapp y Vodafone absorbe Ono, Europa juega a unirse y Putin sueña con recuperar todas las Rusias, pero lo cierto es que en un siglo han nacido más Estados que desde la acuñación del concepto por Maquiavelo hasta anteayer.

En ese panorama que recuerda a tiempos no tan lejanos, el Presidente bluf, Barack Obama, con su vergonzante omisión, con sus sanciones de pega, con sus declaraciones vacuas, arriesga pasar a la historia como vergüenza del país del orgullo, más aún, como aniquilador del sistema que, a pesar de sus ocasionales extremismos, es símbolo y paradigma de occidente. Ése y no otro debería ser, a mi juicio, el centro de nuestra discusión sobre Crimea. 


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