Apaga y vámonos

El papel del poder judicial en la regeneración democrática

A pesar de los pesares, el poder judicial sigue siendo el único independiente. Nunca otro lo fue, pues la contaminación que se produce en España entre poder legislativo y poder ejecutivo, como fruto del enorme poder adquirido por los partidos en treinta años de democracia, existe también en mayor o menor medida en otros países. Bien es verdad que aquí raya lo absurdo, siendo estructuralmente difícil y funcionalmente imposible distinguir entre partido político en el gobierno, aspecto gubernamental del poder ejecutivo y grupo parlamentario en el poder. La patética e incómoda situación a la que se ven abocados los diputados, incluso los más creídos de su relevante papel institucional, cuando tienen que votar al alimón de lo que dice su portavoz en la cámara legislativa, no es el resultado de un sesudo debate ideológico y político en el seno del grupo, sino el resultado de una llamada de teléfono a la sede del partido correspondiente. La hilarante situación en la que se encuentran ahora mismo en el PP sus dos mujeres principales, la secretaria general del partido y la vicepresidenta del Gobierno, no es sólo la muestra de la guerra que libran por la sucesión e Rajoy, sino sobre todo la imposible voluntad de ser por separado, consiguiendo con ello el desconcierto de la opinión pública, ya demasiado acostumbrada a que sean una y la misma cosa.

Van de la mano pues el legislador y el gobierno, más aún, peor si cabe cuando el partido en el gobierno ha obtenido en las elecciones una mayoría absoluta, y ya en el colmo de la absurdidad política cuando hacen ver que eligen por libre consenso de los representantes del pueblo a las altas instituciones del Estado: tribunal de cuentas, defensor del pueblo, tribunal constitucional, consejo general del poder judicial… eso sin hablar de nuevo, porque ya cansa, de la triste figura del fiscal general del Estado y todo su jerárquico despliegue vertebrando una supuesta defensa de la legalidad en aquellos rincones de la jurisdicción en los que jueces y tribunales se las tienen con la libertad de los ciudadanos o con su estatus político.

Así el asunto respecto de esos dos poderes, es imposible cambiarlo sin desmontar partes esenciales del sistema político: modelo electoral, separación de circunscripciones electorales y entes administrativos, recomposición del esquema de nombramiento de las altas instituciones, control de la democracia interna de los partidos políticos en todas las esferas esenciales de su actividad, acometida del reto de lo que haya de significar el Senado... No sé cuántas cosas más podrían decirse aquí, pero quizás baste un ejemplo práctico para trasmitir la idea de que es nuestra dejadez y responsabilidad personal la que ha llevado el todo a extremos tan alucinantes.

Vivimos estos días el cachondeo por las primarias de pega del PSOE en Andalucía. Yo viví algo parecido el año 2008 cuando se me ocurrió la peregrina idea de presentarme a unas elecciones supuestamente democráticas para optar a la presidencia del PP en Cataluña; baste decir que el presidente del Comité electoral era además candidato a secretario general en la otra candidatura, la llamada “oficialista”. Sólo ese adjetivo ya debería ofender a quien es así calificado, pero no, sirve en cambio para que la candidatura opuesta no tenga acceso a información relevante, ni disposición sobre la sede del partido para llevar a cabo ruedas de prensa o reuniones con militantes; sirve también para que los delegados (compromisarios se llamaban en nuestro caso, pero el papel es el mismo) se amontonen en la lista de quien ha sido bendecido por las altas instancias del partido. En el caso del PP para más inri la apuesta de los delegados por uno u otro candidato había de ser pública y única. ¡Y dile que “no” al candidato oficial! Triste constatar el miedo (comprensible), triste haber oído en altos dirigentes del partido, hoy en horas bajas y clamando por una democracia interna que nunca defendieron, decir: “tengo que votar a Alicia, no puedo hacer otra cosa”. El resultado lo dice todo: que un delegado avale a un candidato en público y luego en el secreto del voto (secreto relativo, pues para amedrentar en el último round se dividía por urnas territoriales la supuestamente secreta votación) lo haga por el otro candidato, dice hasta qué punto es sobre todo miedo, es antes que nada servidumbre el estiércol que corroe el sistema de representación. Nada bueno puede salir de ahí, nada bueno podremos ver en los días venideros en lo que a los partidos se refiere.

Por lo demás, que hubiera sobresueldos en ese partido de democracia de pega que es el PP, como es de pega la de los otros, se llenen la boca con la grandilocuencia que quieran (basta con echar al díscolo por un motivo compilado en los estatutos) es lo de menos: al final ¿quién se cree que con tal funcionamiento vaya a subirse mayoritariamente al partido lo mejor de cada casa? Y si lo hacen cuadros profesionales de relieve ¿se van a conformar tales “patriotas” con el sueldo de miseria que la demagogia populista dicen que deben cobrar de los presupuestos del Estado? Nadie dirá nada de las astronómicas cifras de un jugador de fútbol, de una celebridad de un cuarto de hora, del último escandalizador de la moral y el buen gusto. Pero el político, se dice, debe cobrar como el último obrero, aunque gestione la principal empresa de un país, y así, inspectores de hacienda, abogados del Estado, registradores de la propiedad (y todos sus adláteres) se suben al carro con el sueldo oficial y uno de complemento, que llegando al poder se hace difícil dejar. Eso es en parte lo que apuntaba Bárcenas; pero la parte esencial que debería indagarse es la del pagano, la del que obtenía los encargos astronómicos cargando sobre todos nosotros el sobrecoste del sobre. Y ahí pueden llegar los jueces.

¿Y los jueces? La sensación que la ciudadanía suele tener es que en el caso de los jueces también se quiebra el principio de la separación de poderes, basilar en el Estado de Derecho. No son independientes de su ideología, algunos ni tan siquiera pretenden aparecer como tales. Nombres como el de Santiago Vidal, con sus declaraciones en tertulias mediáticas a favor de los ocupas y de un referéndum de autodeterminación para Catalunya le harán simpático ante ciertos colectivos, pero hacen flaco favor a esa necesaria independencia. Algo parecido sucede con Enrique López, conocido por sus diatribas contra el PSOE en alguna tertulia. Con ambos he compartido debate en los medios de comunicación y hago esta crítica de su postura desde el respeto que debo a sus cargos y a sus responsabilidades y desde la consideración a su persona, pero discrepando de sus posiciones. Da igual sobre qué hablen, creo que no deberían hablar.

Porque su papel, sobre todo el de la justicia ordinaria, pues veo difícilmente recuperable el prestigio del Tribunal Constitucional desde los tiempos en que su presidenta se dejó apabullar en público por una vicepresidenta del gobierno, es nuestra última esperanza para mantener la fe en un sistema que se va a pique por momentos sin que sus principales protagonistas quieran dar su brazo a torcer, demasiado ofuscados en seguir poniendo trampas a compañeros de partido y adversarios políticos. Es el tiempo en que la justicia se debe quitar la venda para que, sabiendo que no es verdad que seamos iguales en otra cosa que en valor humano, ampute, queme y cure la gangrena que se extiende a ritmo exponencial sobre nuestro espíritu, antes de que sea tarde.


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